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–      ‪Una decena de libros de poemas, y no pocos años escribiendo poesía… ¿Qué le aporta el tiempo al poeta, la poesía acumulada? ¿Qué queda, en el poeta de hoy, del muchacho que se deslumbraba al descubrir los versos ajenos?

–       El adolescente deslumbrado permanece en el tiempo –lo veo leyendo a Rilke en la antología que publicó Austral– y forma parte de un origen, en cierto modo misterioso, que no ha de desaparecer. Si lo hiciera, tengo la impresión –y desde luego ninguna necesidad de comprobarlo– de que desaparecería el poeta también. En cuanto al tiempo, a ese tiempo y al tiempo en abstracto, es, por un lado, uno de los autores del poema –el tiempo escribe mientras el poema cristaliza y el tiempo nos escribe mientras sucede en nosotros– y por otro, es uno de los grandes asuntos de la poesía, como el amor, la muerte o el poema pensándose a sí mismo

 

–       ‪De usted se ha dicho que es un “escritor de gustos clásicos”. A la vez, sin embargo, parece haber en su literatura un cierto afán de rescate de la mejor modernidad. Por ejemplo, no son pocas las referencias a grandezas del siglo XX en La vida distinta. ¿Hay que rescatar para el canon, en las letras y en el arte, un cierto siglo XX opacado por la historiografía literaria y artística?

–       No sé si se trata tanto de rescatar como de conservar. Lo que habría que rescatar es la memoria y dejarse de tanta inmediatez y el empobrecimiento que nos ha traído. El siglo XX es un siglo terrible, pero es un siglo de gran poesía. Sólo con la lírica anglosajona del siglo XX bastaría y hay bastante más. Y se puede ser un escritor de gustos clásicos y un hijo de la modernidad. Creo que no solo se puede sino que se debe: piense en Eliot o en Octavio Paz. Y alguien de mi generación –que es la generación que se estrena en la vida (como sujeto protagonista, quiero decir) en la década de los 70 y los grandes cambios– más aún.

 

–       ‪Europa. Geografía y también patria del espíritu. La mirada europea está presente en su prosa… y también en su poesía. ¿Una rareza en una cultura, como la española, tradicionalmente endogámica? ¿O simplemente un rasgo personal, de escritor insular y, por esa misma condición, observador privilegiado desde su atalaya?

–      Europa, en mi adolescencia y primera juventud, era una carencia y un deseo. Pero teníamos dos cosas muy importantes: la literatura y la música. Y al hablar de música me refiero a la música pop-rock, que por cierto también incide en la poesía como la poesía incidió en su origen y desarrollo. Parte de la memoria de mi generación está en ella, como el jazz en la de la generación anterior. Hablo de lo que conozco y en lo que crecí, claro; de lo demás no sabría decirle. Pero sí es verdad que eso no es tan común y quizá se deba –en parte, claro, sólo en parte– al hecho de haber nacido en una isla del Mediterráneo, donde ha recalado media Europa. Y no me refiero tanto al turismo como a la cultura europea: desde Walter Benjamin en Ibiza a Robert Graves en Mallorca, sin olvidar a Paul Morand, a Albert Camus o a Ernst Jünger. O la misteriosa visita de Bob Dylan a Formentera. No cito más porque no nos bastaría el espacio de la entrevista, pero eso hace que te relaciones con la cultura occidental –y te encuentres inserto en ella– de una manera distinta, me parece a mí. Con cierta normalidad. Y si volvemos a la música, haber convivido con Kevin Ayers o ver a John Lennon o a Jimmy Hendrix por las calles de tu ciudad, pues la verdad…

 

–       Hay una literatura de estirpe clásica –Virgilio, Cervantes, Dickens- que transmite una idea del hombre basada en cierta piedad. Era, quizá, trasunto de un mundo sin sospechas, antes de cierta relectura de nuestra propia identidad vía Freud, Darwin, Marx, y tantos otros. En el XX, según nos explica Jean Clair, no poca vanguardia quiso demoler todo vínculo con aquel pasado, la reverencia a la tradición. Como se vio en la Gran Guerra, aquello iba a ir de la mano de una cierta deshumanización. Y se pudieron ver los resultados. Sin embargo, usted, en las referencias a sus maestros o en las menciones a sus familiares, parece optar por una literatura nuevamente “arraigada” y, en ese sentido, también clásica. Y en prosas y poemas no deja de haber una cierta “meditatio mortis” sobre el siglo XX…

–       No sólo en la piedad, pero sí es verdad que la piedad está muy presente en esa literatura de estirpe clásica. ¿Qué somos sin ella? Usted me habla de la filosofía de la sospecha y sus consecuencias: la instauración de la desconfianza y el descrédito como filtros del pensamiento y la consiguiente deshumanización de la sociedad, cuya primera apoteosis –y espíritu anunciador– fue la Gran Guerra, sí. Se ha bautizado el siglo XX como el siglo de la megamuerte. Las trincheras de la Gran Guerra, los campos nazis de exterminio, la bomba atómica, el Gulag, Vietnam… el panorama no es, precisamente, tranquilizador y ahí, en medio de tanto horror, seguro que muchas de las buenas cosas que nacieron lo hicieron de la piedad, desde la piedad, es decir, desde un sentimiento sobrepasado por la época y los hechos. Un sentimiento y una virtud, podríamos decir, viejos. Fíjese que digo viejos, no antiguos: en la antigüedad también estaba la barbarie. Soy de los que piensan que sin tradición no hay más que vacío y mi literatura es una literatura arraigada, como usted dice, que ha conocido el desarraigo del que habla Jean Clair. Quizá se hubiera podido construir sobre ese vacío –mi generación lo intentó en los 70– pero no suele salir bien: lo edénico acaba siendo una trampa. Al menos lo fue para nosotros. Si no lo era en principio, se convirtió –o lo convirtieron, vaya usted a saber– en eso. 

–          ‪“Los bárbaros están entre nosotros”, afirmaba usted en su último libro de poemas. En relación con la mirada europea, y también con la piedad, está la memoria; en concreto, la memoria doliente del horror contemporáneo. Ahí están tantos nombres, de Pasternak a Ajmátova, de Milosz a Eliot o Zagajewski. ¿La memoria como nutrición moral para el presente?

–          Bueno, eso de los bárbaros es Cavafis puro, no importa ni decirlo. Pero quiero insistir en una de las causas de esa barbarie. En mi novela El mensajero de Argel, publicada hace más de diez años, mostraba la preocupación por la desmemoria, por la amnesia y la pulsión de vivir en un presente sin pasado. Esto ha ido a peor. Entre otras cosas porque cuando se habla del pasado, se habla muchas veces de lo que no se ha conocido. A la memoria ahora no sólo se la ataca desde la amnesia, sino desde la deformación o violencia cometida sobre ella. Y sin memoria no somos y sin memoria sólo vamos a la deriva. En La vida distinta, efectivamente, hay un poema que trata del dolor contemporáneo a través de la gran poesía del siglo XX, especialmente, en ese poema, de Ajmátova y su Réquiem y de la presencia de Mandelstham. Pero también es muy importante la celebración y ahí están Milosz o Zagajewski, efectivamente, y muchos de los poemas del libro. De hecho, aunque La vida distinta empieza con otro réquiem por la muerte de un amigo, acaba con una pastoral feliz –pienso ahora en las cadencias de los dos primeros movimientos de la Sexta de Beethoven– en torno a la ciudad de Burdeos, una ciudad que amo y un don inesperado en mi vida.

 

–          ‪Burdeos, París, Lisboa. Las ciudades están presentes en toda su obra, y también en este libro. ¿Una reivindicación del viejo cosmopolitismo, o algo más?

–          Me gustaría que fuera algo más. El cosmopolitismo estuvo muy bien en el siglo XIX y en el primer tercio del XX: el Orientalismo, Larbaud, Loti, Morand y todo eso. Después ha venido el turismo que es otra cosa distinta. Pero la literatura es cosmopolita o no es. No en un sentido colorista o en ese otro de lo multicultural, sino en su sentido universal, ¿verdad? Las ciudades son el humus de la literatura moderna. Y su bosque, también. No hay Baudelaire sin ciudad, no hay gran novela decimonónica –es decir, novela– sin ciudad. Ya no digamos en el siglo XX. Las ciudades son como un tapiz donde se transita por la memoria y la cultura de Occidente –si son ciudades occidentales– o se pisa y respira la Antigüedad, como en las ciudades de Oriente Medio. Esto es lo que somos nosotros y créame que es impagable. Como lo es, del otro lado, el campo. Como lo es el mar. Yo vivo un par de meses al año entre el campo y el mar; lo hago desde niño y no entendería muy bien la vida sin eso. Si antes me refería al tiempo, la vida, el amor y la muerte como los grandes asuntos de la poesía, siempre es el paisaje uno de los dos elementos –el otro es la cultura, en su mismo plano– a través de los que interpreto esos grandes asuntos. El paisaje y la cultura –su vivencia– son su vocabulario.

 

–          ‪“Ni joven ya, ni mayor todavía”. De la memoria colectiva a la personal, ¿el poeta, al final, se encuentra siempre con el tiempo?

–          Es al revés, el poeta no se mueve del tiempo. Y no sólo del que le ha tocado vivir civilmente. El tiempo poético abarca todos los tiempos por los que los hombres nos regimos. En el tiempo poético yo soy contemporáneo de Homero y de John Donne y de un poeta del siglo XXII al que no conoceré. Esta es otra de las grandezas de la poesía. En cuanto al otro tiempo y ese verso que usted cita, piense que Gil de Biedma sólo tenía 37 ó 38 años cuando descubre en su poema ‘No volveré a ser joven’, que envejecer y morir son el único argumento de la obra. Yo tengo veinte más y aún no podría escribir esos dos versos, sean o no ciertos.


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Habitual como firma de periodismo literario, opinión política y dos áreas de su especial interés, la literatura y la cocina, ha publicado sus trabajos en los grandes medios españoles. Ha sido director de la edición digital de Nueva Revista, jefe del proyecto de opinión online de The Objective y articulista en diversos medios. En julio de 2017 fue nombrado director del Instituto Cervantes de Londres. Ha publicado Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa (2014) y de La vista desde aquí. Una conversación con Valentí Puig (2017). Traductor y prologuista de obras de Evelyn Waugh, Louis Auchincloss, J. K. Huysmans, Rudyard Kipling, Valle-Inclán o Augusto Assía, entre otros.