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Shirley Williams es una de las mujeres más emblemáticas de entre las que se dedican a la política en el Reino Unido. En la década de los ochenta, su popularidad entre los estudiantes de Oxford sobrepasaba a la de Margaret Thatcher. Williams ha sido una mujer pionera entre las que hoy son elegidas representantes en los parlamentos o forman parte de los ejecutivos europeos. Ha luchado como pocas por la igualdad de oportunidades y la incorporación de la mujer a ámbitos de poder antes reservados solo a los hombres. A diferencia de muchos políticos profesionales, Shirley Williams tiene un amplio bagaje cultural, es una apasionada de las ideas y conoce muy bien los grandes debates intelectuales de su tiempo. Infatigable viajera y mujer cosmopolita, ha dedicado tiempo a la enseñanza universitaria, siempre desde una perspectiva práctica y animada por la enorme sensibilidad social que forma parte de su identidad católica.

Shirley Williams pasó su infancia rodeada de dos mujeres muy destacadas en la Inglaterra de los años treinta: su madre, la autora pacifista Vera Brittain y la escritora Winifred Hotby, íntima amiga de su familia. Estudió Filosofía, Política y Economía en el Somerville College de Oxford y Economía en la Universidad de Columbia, en los Estados Unidos. En Oxford se sumergió en el ambiente hiperpolitizado de la posguerra y dedicó mucho tiempo al teatro. Fue la primera mujer presidente del Oxford Union Labor Club. Tras un breve paso por el periodismo y un año como profesora de Economía en Ghana, se consagró del todo a la política. Elegida miembro de la Cámara de los Comunes en 1964 por el Partido Laborista, conservó su escaño hasta 1979. Ocupó altos cargos en los Ministerios de Sanidad, Trabajo, Interior e Irlanda del Norte y Educación. En este último tuvo que hacer frente a las barricadas de estudiantes en el año 1968. Fue nombrada Ministra de Consumo y Precios en 1974 y Ministra de Educación y Ciencia en 1976, cargo que desempeñó hasta 1979.

En 1981, junto a David Owen, Roy Jenkins y Bill Rogers fundó el Partido Socialdemócrata, luego fusionado con el Partido Liberal. Fue presidenta del nuevo partido hasta 1988 y ganó el primer escaño del SPD en la circunscripción de Crosby. En 1988 aceptó la cátedra de Servicio Público y Política Electoral de la John F. Kennedy School of Government, en la Universidad de Harvard, donde ha impartido cursos sobre Mujeres en la Política Electoral, Integración Europea y Políticos y Política Electoral. En 1989 fundó la Project Liberty, una organización que asesora sobre reformas institucionales a países en transición a la democracia y prepara a sus funcionarios para esta tarea. La Project Liberty ha desempeñado una importante labor en Europa del Este, Rusia, Ucrania y Sudáfrica. En 1992 recibió el título de Baronesa Williams of Crosby y fue elevada a la Cámara de los Lores, donde representa a los liberales-demócratas, sin que por ello haya dejado su actividad docente en Harvard.

El prólogo a esta entrevista es un largo paseo por el Parlamento británico. No es día de sesiones y recorremos una por una todas las estancias en las que se ha forjado buena parte de la historia del Reino Unido. Shirley Williams me hace de guía y me explica cómo son los debates en las dos cámaras, me cuenta recuerdos y anécdotas y me lleva a ver la inscripción que, en Westminster Hall, recuerda a su admirado Tomás Moro. Williams está muy alerta ante los cambios que Tony Blair ha introducido en el ideario laborista, reformas por las que ella ha luchado desde los años sesenta, defendiendo una actitud más constructiva hacia Europa, la limitación del poder de los sindicatos, la descentralización regional y el fortalecimiento de los mecanismos de defensa de las libertades y los derechos fundamentales. Desea prestar especial atención al proceso de reformas constitucionales que empezará tras una probable victoria laborista esta primavera. Sigue también muy de cerca la evolución de los grandes “dossiers” europeos.

En una antesala de la Cámara de los Comunes, relata con orgullo cómo cualquier ciudadano británico puede entrar hasta ahí y pedir que su representante le reciba, algo a lo que el miembro del parlamento está obligado. No oculta su convencimiento de la mayor excelencia de los políticos elegidos sobre los designados para puestos en la administración y la importancia de que los parlamentos limiten el poder de los Ejecutivos, tanto en el plano nacional como en el europeo.

Muchos de los rasgos mejores de la democracia británica -la capacidad de debate, el respeto a los electores, la sensibilidad históricaadornan la personalidad de Shirley Williams, que atiende a las preguntas de NUEVA REVISTA con la misma viveza con la que lo haría si estuviera siendo preguntada por la oposición en sus tiempos de ministra.

José M. de Areilza¿Por qué terminó dedicándose a la política? ¿Cómo empezó su andadura en la vida pública?
Shirley Williams— Mis padres tuvieron una gran vocación política. Mi madre era escritora y mi padre profesor de Ciencia Política. Participaban mucho en la vida política de su tiempo, en vez de mantener una distancia “académica”. De hecho, mi padre se presentó a las elecciones en 1931 y en 1935, dos momentos de predominio conservador en el que un candidato del Partido Laborista, como era él, tenía muy poco que hacer. Nunca fue elegido, pero yo recogí su entusiasmo por la política y desde mi juventud empecé a ser activa en este campo. Despues de la guerra fui portavoz de las Juventudes Laboristas y, aunque estaba en la universidad, pasé algún tiempo en Alemania, ayudando en la organización del Partido Socialdemócrata. Al poco tiempo me presenté a una elección especial en la que se disputaba un escaño y no salí elegida. Pero como era mujer y joven, la más joven que nunca se había presentado a una elección, recibí muchísima publicidad. Ése fue el primero de mis tres intentos de llegar a la Cámara de los Comunes.

Recuerdo que en sus clases en Harvard, al discutir sobre la motivación de los políticos para entrar en política, contaba algunas anécdotas sobre su motivación personal, que tenía que ver con algunas experiencias de su infancia…
—Mis padres eran lo que se podría llamar entonces muy progresistas y quisieron que pasara un tiempo en un colegio público, uno de los que tenía a su cargo la Iglesia anglicana, algo muy inusual para gente como ellos de clase acomodada. Allí conocí a varios niños que tenían que turnarse para ir a clase con sus hermanos porque compartían un solo par de zapatos. Cuando me enteré de esto, le pregunté a mi madre cómo se explicaba que yo tuviese seis pares y ella me dijo: “es un mundo injusto”. Fui a otros colegios también, pero esa vivencia me llevó a desarrollar un gran interés por la política. Otra experiencia que me marcó y que me puso al tanto de la dimensión internacional de la política fue el que mis padres estuvieran en la lista negra de la Gestapo durante la guerra y que discutieran mucho en casa sobre la amenaza que suponía Hitler

—¿ Cómo fue su educación ? ¿ Qué vivencias o lecturas le influyeron más a la hora de saltar a la política?
—La verdad es que tuve una educación poco convencional. Con nueve años fui enviada junto a mi hermano a Estados Unidos porque mis padres querían estar en el Reino Unido en caso de que se produjera una invasión alemana, pero no que sus hijos sufrieran por esta decisión suya. Así que fui al colegio durante unos años en Estados Unidos, en St. Paul, Minessota. Luego, cuando el riesgo de invasión había desaparecido, mis padres decidieron que volviéramos, pues pensaban que, si no vivíamos el final de la guerra en Inglaterra, no seríamos niños de nuestra generación. Mi hermano volvió primero y yo tuve tiempo después una vuelta muy accidentada. El barco en el que viajaba era portugués y sufrió mucho por un ciclón, tuvo que ser reparado en Madeira y retrasó su llegada a Lisboa, por lo que no pude coger el avión que me habría llevado a Londres. Estuve confinada en Estoril junto a otros niños con los que me escapaba a Lisboa, hasta que el gobierno portugués decidió que estábamos fuera de control y nos envió a Inglaterra. Allí fui a un colegio británico típico, donde reinaba una enorme disciplina, era muy estricto. Yo me sentía mucho mayor que la gente de mi clase, por haber vivido en el extranjero y pasado por tantas experiencias.

Estuve más tarde en un colegio muy prestigioso de chicas, St. Paul Girls School, tremendamente intelectual y totalmente dedicado a que sus alumnas consiguieran becas para estudiar en Oxford. El colegio fue bombardeado; yo, de todas formas, estaba ya harta de ir a clase. Al poco tiempo, conseguí una beca para el Somerville College, en Oxford; rompí las reglas y no terminé el curso. Tenía diecisiete años, pero decidí que antes de ir a la universidad debía trabajar un año para ver cómo vivía la gente. Trabajé como camarera en un pequeño hotel del norte de Inglaterra; mi acento del sur me ayudó a no revelar que venía de una familia acomodada. Trabajábamos sin descanso y nos alimentábamos de té y patatas fritas, una dieta que entonces se suponía de lo más adecuada. Las chicas que trabajaban conmigo, de 16 ó 17 años, carecían de posibilidades reales de prosperar y esto alentó aún más mi vocación política y mi rabia. Después fui a Oxford. Algunos de los libros que más me influyeron fueron la obra histórica de Braudel, algún libro de Maritain, los escritos de Whitman (aunque éste último luego no lo aprecié tanto), Keynes y, por supuesto, Hotby. También leí mucha poesía y literatura. Desde niña fui entusiasta de Dickens y de la poesía de Thomas Hardy y William Butler Yeats, los poetas de la Primera Guerra Mundial -de ambos lados-, Goethe y, en general, los poetas alemanes. Y de las hermanas Brónte, más que de Jane Austen.

Observando su trayectoria, se puede decir que ha mantenido siempre un interés por las cuestiones teóricas, a pesar de haberse dedicado a fondo a la praxis política. Su caso es algo excepcional en nuestros días, en los que parece que la teoría política difícilmente guarda relación con la práctica.
—Hace unas décadas no había tal grado de especialización en el lenguaje de los teóricos de la política, algo que hoy es muy llamativo, especialmente en todo lo relacionado con los aspectos económicos. Hoy, para reflexionar sobre la política, con frecuencia nos encontramos ante un lenguaje particular y oscuro, como el que utilizaron los autores escolásticos en los siglos de decadencia de su escuela para reconocerse entre ellos. Muchos elementos de la política se reducen a externalidades que no están comprendidas en los modelos económicos. Es cierto que algunos autores están empezando a revisar estos modelos; por ejemplo Jeffrey Sachs en Harvard que, como sabe, ha iniciado una corriente para que la teoría económica tenga en cuenta las consecuencias sociales y políticas de sus modelos, pero su caso es una desviación de la tendencia general.

Cuando empecé mi vida política la teoría y la práctica parecían más cercanas. Permítame un ejemplo. En 1960 fui la primera mujer que ocupó el puesto de Secretario General de la Fabian Society, un think tank tremendamente respetado en la izquierda democrática del Reino Unido, con mucha influencia en la formación de las ideas y programas. Grandes políticos del laborismo trabajaron en la Fabian Society y su colección de estudios orientó las grandes políticas de la década siguiente. Pero mi dedicación teórica no me impidió estar muy en contacto con la política electoral y me presenté a las elecciones en esos años porque no había dejado de estar en plena relación con el mundo práctico.

Para muchas mujeres que querían presentarse a unas elecciones, Vd. ha sido un ejemplo. Además, conoce bien todo este tema, ya que impartió en Harvard durante varios años un seminario titulado Mujeres en la Política Electoral. ¿Se puede hablar de revolución en nuestra sociedad a causa de la incorporación de la mujer a muchos ámbitos antes reservados exclusivamente a los hombres?
—Creo que ha sido una revolución a medias y que todavía hay mucho por hacer. Las mujeres tienen ahora más sitio en lo que es un mundo hecho por los hombres. La segunda parte de la revolución pendiente es crear un mundo hecho a partir de enfoques tanto masculinos como femeninos y eso ya está empezando a pasar. En los negocios, las profesiones liberales, la política, lo académico, etc., poco a poco no solo se abre la puerta a la mujer a un mundo estructurado por los hombres, sino que se avanza hacia otro que reciba bien tanto las aportaciones de los hombres como de las mujeres, deshaciendo las fronteras. Un ejemplo me viene a la mente: en el mundo de las negociaciones, de la resolución de conflictos, la participación de la mujer está empezando a permitir nuevos enfoques y grandes avances. El caso de la transición en Sudáfrica, en el que estuve involucrada, es realmente ilustrativo: se impuso como regla que, en todos los niveles de la negociación, tendría que haber representación tanto de hombres como de mujeres. Las negociaciones no podían emprenderse sin presencia de mujeres; nosotras creamos un caucus en el que estábamos las mujeres de ambas partes y de todas las razas. Lo que se demostró es que esto ayudó mucho para que las negociaciones siguieran y para que hubiera una gran resistencia a que éstas se abandonaran. Esto no quiere decir que no haya situaciones en las que se debe ir a la confrontación, pero hay otras en las que ésta se puede evitar y, con la participación de representantes de dos sexos en vez de uno solo, es más fácil llegar a soluciones apropiadas que solo con representantes de uno. Y no digo esto porque sea una feminista apasionada, ni porque crea que las mujeres son mejores que los hombres (o al contrario). Pero he observado que los hombres y las mujeres tienen enfoques distintos. Esto se ve, por ejemplo, en la manera en la que tratan a sus hijos. Creo que la incorporación de las mujeres a la resolución de conflictos puede ayudar a mejorar los resultados y la política en general y que esta revolución solo acaba de empezar, pues solo ha tenido lugar en los últimos veinte años.

Para promocionar a las mujeres a los puestos de mayor responsabilidad o a puestos normalmente reservados para hombres, a veces se echa mano de políticas de cuotas. ¿ Cuál es su postura sobre este sistema de promoción?
—En parte soy favorable a ellas, pero creo que las cuotas no deben necesariamente establecerse de un modo formal. Una buena manera de hacerlo es el sistema de los dos grandes partidos alemanes, que de hecho presentan listas electorales mixtas, alternando hombremujer y que, por lo tanto, se movilizan para incorporar a más mujeres a sus candidaturas. Otro caso interesante es el de la India, aunque no es bien conocido. La India aprobó en 1994 una enmienda constitucional para reservar un tercio de la representación en gobiernos locales a mujeres de todas las castas. Siendo la India un país en el que las mujeres han estado tan relegadas, excepto si pertenecían a las clases superiores -entonces cabía que apareciese alguien como la Sra. Gandhi- un cierto sistema de cuotas tiene sentido, porque permite que las mujeres desempeñen un tipo de trabajo que antes nunca hubieran pensado que podían hacer. En este caso funciona como una manera rápida de cambiar las situaciones. Pero, aún así, no hubiera sido posible introducir dicho sistema en el inicio de la democracia en la India. Solo porque hay una experiencia de cincuenta años de democracia, se pueden tomar con éxito estas medidas y no aparecen como algo impuesto desde arriba.

Fui observadora de las elecciones en Razjastan, en el Punjab. Pude ir a las áreas habitadas por tribus y sentarme a hablar con sus jefes, que eran los que más se oponían a que las mujeres pudieran ser elegidas representantes locales. Les pregunté qué pensaban del nuevo sistema y me dijeron: “nos parece bien, siempre que elijamos nosotros a las candidatas”. A mí me pareció que merecía la pena que durante unos años esto fuera así, porque en cinco años las mujeres elegidas dejarían de hacer lo que los jefes les mandaban y harían lo que creyeran mejor. Los jefes entonces ya estarían acostumbrados a que hubiera mujeres representantes. Y de hecho así es como las cosas han evolucionado. Por lo tanto, yo no excluiría del todo las cuotas en situaciones en las que hay que dar un gran salto hacia una serie de actitudes bien distintas. Pero creo que no deben ser impuestas, sino que el contexto debe hacerlas posibles. En los Estados Unidos y en Europa tienen menos sentido. Lo que sí daña las posibilidades de la mujer en la política es el sistema electoral mayoritario, que es letal para una mujer candidata. Mary Robinson, Presidenta de Irlanda, fue elegida gracias a que no se siguió este sistema.

¿De qué modo la década en la que Margaret Thatcherfue Primera Ministra ha cambiado la política británica?
—Hay cosas buenas en su legado. Por ejemplo, el que quitase poder a los sindicatos británicos, cuya capacidad de influir la política nacional era a todas luces excesiva. Tal vez el nuevo marco legal fue demasiado lejos y ahora probablemente pasa lo contrario y la capacidad de influencia de los sindicatos es demasiado reducida. Thatcher, en general, fue capaz de levantar al país y de darle una dirección y un orgullo, algo que no teníamos antes de que ella llegase al poder. En cosas importantes como la competitividad hizo mucho. Sin embargo, en asuntos como el poli tax provocó la desigualdad. Se trata de un impuesto profundamente regresivo, porque no tiene en cuenta la renta del sujeto para fijar el tipo. Aunque solo servía para financiar los gobiernos locales, era un impuesto ante el que hubo muchas objeciones. Por otra parte, Thatcher se equivocó al no proteger ciertas libertades fundamentales. Y el resultado de las privatizaciones fue desigual. Hay industrias privatizadas en las que la situación es cercana a la de monopolio. Un monopolio privatizado es casi peor que uno público, porque es más difícil establecer límites a su acción. En general, las privatizaciones fueron beneficiosas y estuvieron bien hechas, pero hubo casos en los que no se acertó. Respecto a Europa, hasta el desarrollo del Programa 1992, Thatcher concibió el mercado interior solo en términos económicos y como una manera de llegar a sus objetivos domésticos de desregulación. De lo que nunca se dio cuenta es de que con la integración económica se producía cierta integración política. El legado de Thatcher, por lo tanto, tiene sus luces y sus sombras. Pero desde luego fue y es una mujer extraordinaria. En la guerra de las Falklands, un asunto que comprendo que es especialmente controvertido en España, Thatcher demostró que las mujeres podían dirigir una guerra y que no necesariamente iban a pecar siempre de prudencia excesiva; más bien, ella demostró ser un líder con gran determinación, capaz de tomar una una decisión muy arriesgada: luchar en una guerra a doce mil kilómetros de casa, en unas condiciones de incertidumbre sobre muchos elementos.

¿Cree que Margaret Thatcher debe ser un modelo para las mujeres que se dedican a la política o que desean hacerlo?
—Una de las cosas que Thatcher nunca hizo fue potenciar el papel de las mujeres, al menos desde el punto de vista del contenido de las políticas que defendió. En terrenos como ayudas a las familias, baja de la mujer por maternidad, etc. … se opuso siempre. Yo creo que esto tiene que ver con su origen modesto y su trayectoria vital atípica: se casó con un marido muy rico, un empresario con gran éxito y perdió toda capacidad de darse cuenta de las dificultades de mujeres con menos medios que ella. No aceptó medidas domésticas o europeas a favor de la igualdad de salarios o de las pensiones. Su mentalidad era: “si yo he sido capaz de llegar, otras pueden hacerlo”. Por otra parte, es cierto que su papel de Comandante en Jefe indirectamente ayudó a combatir prejuicios respecto a la mujer, como ya lo habían hecho la Sra. Gandhi o la Sra. Meier. Pero tuvo solo una ministra, Lady Young, y nunca incorporó a un número importante de mujeres a su gabinete; no estaban preparadas, según ella. Los hombres que fueron sus ministros poco a poco empezaron a comportarse ante ella como si formaran parte de una corte, con adulación y cortesía exagerada. Había grandes visires, caballeros andantes y legiones de jóvenes políticos conservadores que hubieran puesto su capa en el suelo para que ella caminase encima, como si fueran Walter Raleigh. Ella se comportó cada vez más como una reina.

Vd. fue una de las disidentes más señaladas del laborismo. Muchas de sus críticas y sus propuestas de reforma han sido asumidas por el actual líder del Partido Laborista, Tony Blair. ¿ Qué opinión tiene de esta evolución?
—En primer lugar, Blair ha realizado un gran trabajo de reforma del Partido Laborista. El cambio hacia la moderación ha sido algo progresivo en el Partido Laborista. Cuando yo formaba parte del Gobierno laborista, ya se debatían muchas de estas cuestiones, pero entonces había una mayoría en contra de muchas de ellas. Yo no he vuelto al seno del laborismo en parte porque creo en la agenda de reforma constitucional del Reino Unido que defendemos en el Partido Liberal-Demócrata y por las posiciones sobre la Unión Europea del laborismo actual, que no son enteramente positivas. También hay que señalar que estamos ante una conversión muy reciente y que habrá que ver cómo evoluciona. Además, en cuanto a la defensa de las libertades fundamentales y los derechos de los ciudadanos, el Partido Laborista no tiene un compromiso tan fuerte como el nuestro, algo que tampoco muestra el Partido Conservador.

¿Qué puede ocurrir con la actitud del Reino Unido hacia la Unión Europea si en las próximas elecciones británicas triunfa Blair?
—Todas las encuestas dan como ganador por un amplio margen a Blair, pero yo soy de las que no descarto por completo una victoria en el último momento de Major, que tiene una capacidad muy grande de conectar con el elector medio y convencerle de que él es un hombre corriente que entiende sus problemas. Si gana Blair, estaremos ante un líder pragmáticamente europeísta, que será capaz de aceptar el Protocolo Social de Maastricht y de permitir ciertos avances en la integración europea. Pero mucho dependerá de la tensión entre Gordon Brown (probable Ministro de Economía), que es más proeuropeo, y Robin Cook (candidato a la cartera de Exteriores), más escéptico respecto a Europa.

Alguien se refirió hace poco a la relación del Reino Unido con la Unión Europea diciendo que su país siempre va con un tratado de retraso. ¿Es esto una fatalidad?
—Yo diría que el Reino Unido va con dos tratados de retraso; al menos, buena parte del Partido Conservador se ha quedado en el Acta Unica Europea de 1986. La verdad es que el Reino Unido ha tenido una historia política privilegiada, sin grandes traumatismos. Al perder su imperio, enseguida formó la Commonwealth, que le permite creer que todavía tiene un papel mundial propio. Yo creo que esto es una falta de realismo. La relación con la Unión Europea no tiene que ver con decisiones concretas, sino que trata del futuro del Reino Unido.

Por otra parte, hay un doble discurso en el Reino Unido sobre Europa, más escéptico en el ámbito doméstico y más cooperativo en Bruselas, por el control sobre el 70% de la prensa escrita que poseen Black y Murdoch, dos grandes magnates, ambos de nacionalidad no británica y convencidos antieuropeístas. Y en el Reino Unido se leen muchos periódicos y la prensa escrita tiene una enorme influencia.

—Vd. es una de las pocas personalidades públicas en el Reino Unido que ha vivido >’ conoce bien los Estados Unidos, algo que era mucho más frecuente en los años cincuenta, cuando existía una relación especial entre los Estados Unidos y el Reino Unido en pleno desarrollo. ¿Cuál ha sido la evolución de esta relación transatlántica? ¿Cómo se observa Europa desde los Estados Unidos?
—Yo creo que la relación especial entre el Reino Unido y los EE.UU. se ha perdido; los EE.UU. tienen ahora varias relaciones especiales con distintos países europeos, empezando por Alemania. LosEE.UU. se enfrentan en estos años a un gran reto interno, crear una sociedad multicultural, que permita la convivencia de grupos raciales distintos. En este país sorprende la escasez de iniciativas en Europa para tratar el problema de la la diversidad racial en este continente, a pesar de que, por la creciente inmigración, la sociedad europea es cada vez más una sociedad multicultural. En las delegaciones de la Unión Europea en negociaciones internacionales, casi nunca se ven personas con un color de piel que no sea blanco y esto llama mucho la atención en los EE.UU.

Vd. ha trabajado mucho en Europa del Este, a través de su organización Project Liberty, y también ha impartido cursos sobre Integración Europea en Harvard. ¿Cómo le parece que debe tener lugar la ampliación de la UE?
—Para preparar la UE a la ampliación, no es suficiente con hacer solo algunos cambios institucionales. Estos cambios deben ir mucho más allá de la reponderación de votos en el Consejo y de trasladar el voto por mayoría a más áreas. Desde luego, no creo que sea posible mantener la designación de al menos un miembro de la Comisión por cada Estado miembro.

A la vez, es importante llevar a cabo cuanto antes la ampliación, como tarde en el año 2000 o, como máximo, el 2002. Y se equivocan los que quieren que entre solo un número reducido de países. Esto no obsta para que nos tomemos muy en serio la exigencia de requisitos democráticos a los Estados candidatos. La democracia no está bien asentada en muchos de ellos. Ha sido muy llamativo que el Consejo de Europa admita a países como Rusia, en plena crisis de Chechenia, o Croacia, con Tudjman al frente. La Unión Europea debe fijar unas posiciones de principio más exigentes y no debe relajar sus criterios. Países como Rumania o Bulgaria son todavía países que no han dejado atrás su pasado. Debemos apoyar a las fuerzas democráticas en estos países, dejando claro que son requisitos serios para aspirar a entrar en la UE.

—Veo que se refiere a una discusión que condiciona la reforma de las instituciones europeas, la referente al déficit democrático. ¿Qué opina sobre este aspecto de la Unión Europea?
—Al hablar del déficit democrático, uno se refiere por supuesto a la ausencia de suficientes controles parlamentarios en la UE sobre la acción de los Ejecutivos nacionales. Pero también debemos atender al problema más profundo de que los ciudadanos no entienden su relación con las instituciones europeas, en parte porque bastantes de sus medidas se refieren a materias muy técnicas y áreas económicas especializadas. Es necesario volver a pensar cómo reforzar la acción de los parlamentos nacionales y europeo y estudiar la relación entre estos dos niveles parlamentarios, tal vez a través de la COSAC (Conferencias de Comités sobre la UE en Parlamentos Nacionales). Esto no supone avanzar hacia una estructura federal, aunque no soy antifederalista. Pero está claro que algunos comités sobre la UE de parlamentos nacionales de países del Sur hacen un trabajo mucho menos riguroso que otros del Norte. Entre el trabajo del parlamento danés y el del italiano o griego hay una gran distancia y convendría establecer una mayor homogeneidad. El trabajo conjunto de los parlamentos es especialmente importante en áreas como el tercer pilar, en el que se comprometen de forma seria las libertades fundamentales y los derechos del individuo. Sería bueno además llegar a un sistema electoral uniforme en las elecciones al Parlamento Europeo.

—Para terminar, ¿cómo observa el proceso hacia la Unión Económica y Monetaria?
—Creo que el proceso hacia la moneda única debería estar acompañado del tipo de medidas que originalmente Jacques Delors previo en su Libro Blanco sobre el empleo, de inspiración keynesiana. Personalmente, me gustaría también que se tomase más en cuenta el modelo institucional de la Reserva Federal americana, que el Parlamento Europeo tuviese algo más que decir y que se atendiera más a esta generación de europeos con niveles de desempleo tan altos. En fin, aunque yo exprese estos matices, como buena europea, espero que la moneda única llegue a tener lugar.


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José M. de Areilza es Licenciado en Derecho con Premio Extraordinario de Licenciatura por la Universidad Complutense de Madrid, Doctor en Derecho y Master en Derecho por la Universidad de Harvard y Master en Relaciones Internacionales por The Fletcher School of Law and Diplomacy. Actualmente es profesor ordinario en el Departamento de Derecho y en el Departamento de Dirección General y Estrategia de ESADE. Asimismo, desde 2013 es titular de la Cátedra Jean Monnet en ESADE, otorgada por la Comisión Europea. Secretario General de Aspen Institute España.