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El palacio de Godoy, un edificio de ladrillo contiguo al del Senado, en la plaza de la Marina Española, es una joya arquitectónica en mitad del Madrid señorial que se asoma a la plaza de Oriente. Construido en el reinado de Carlos III, a finales del siglo XVIII, por sus lujosos salones ha pasado mucha Historia. Lo ocuparon varios secretarios de Estado, y hasta el Murat invasor en 1808, pero ha sido Godoy, que lo reformó e hizo de él su residencia particular, el que le ha dejado su rótulo definitivo. Fue Biblioteca Real, Ministerio de Marina y Museo Naval. Ahora es la sede del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

En una España en la que abundaban los pobres y escaseaban los ricos (los dos solos linajes que hay en el mundo, el de tener y el no tener, según explicó Sancho Panza en las bodas de Camacho), don Manuel Godoy y Álvarez de Faria, aquel ambicioso y poderoso extremeño que fue el valido de Carlos IV, era lo que, antes de que surgieran los Amancio Ortega, se conocía como un rico. Un rico de verdad. El «Príncipe de la Paz», que ostentó el sobrenombre de «Generalísimo» antes que Franco y tuvo infinidad de títulos, propiedades y cargos a la sombra de aquella monarquía de un padre y su hijo enfrentados, sufrió, tras el Motín de Aranjuez y su caída en desgracia, la rapiña de sus muchos bienes. El duque de Wellington se quedó con sus casas de Granada y el palacio de Buenavista; la National Gallery tiene ahora su Venus del espejo, de Velázquez; su mesa de trabajo ha acabado en el Museo Lázaro Galdiano; las Majas vestida y desnuda, que él encargó pintar, están en el Prado; el retrato que le hizo Goya se fue a la Academia de Bellas Artes. Y su palacio, que él comunicó subterráneamente con el Palacio Real, se lo ha quedado, de momento, Benigno Pendás, letrado de las Cortes, doctor en Ciencias Políticas, catedrático de Ciencia Política en la Universidad CEU-San Pablo y miembro del Consejo de Estado, que me recibe en su solemne despacho, un día de sol y palomas, mientras este país nuestro vive una de esas horas en las que parece que la política se ha ido de vacaciones.

Pendás, que ha escrito un libro titulado Teorías políticas para el siglo XXI, ha asumido el encargo del Gobierno del PP para queeste centro, que en el franquismo se llamó Instituto de EstudiosPolíticos, acometa, en sus análisis y propuestas, la necesariaregeneración política.mangel.jpg

      Benigno Pendás (dcha.) y Miguel Ángel Gozalo,foto de Ana Ávila

—Esta casa se está ocupando de la regeneración política, pero viene de los tiempos oscuros de la Dictadura. ¿A qué se ha dedicado históricamente?

—El centro, con su nombre de Instituto de Estudios Políticos, nace en el marco de la Guerra Civil. Durante el franquismo es el lugar donde se generan ideas para el régimen. Con una peculiaridad muy interesante: que sirve también de oasis académico para algunos personajes que no estaban bien vistos. Aquí trabajaron, en ese tiempo, Manuel García Pelayo, cuya biblioteca nos vamos a traer, Enrique Tierno Galván, el propio Javier Marías, que tenía dificultades con el régimen en la Universidad… Es decir, que el Instituto, estando inequívocamente volcado hacia el Movimiento, tuvo, sin embargo, una trayectoria de excelencia académica muy notable, y por aquí pasaron los mejores, Díez del Corral, Maravall, Truyol… La nómina de maestros de la casa es impresionante.

  Foto de Ana Ávila

— ¿Por qué se está disolviendo el espíritu de la Transición? ¿Es que los políticos de ahora no tienen memoria o es que son peores?

—Yo creo que esa es un poco la clave de nuestra situación actual. La Transición fue un momento de una enorme ilusión colectiva porque España tenía, en términos orteguianos, un proyecto sugestivo: llegar a ser como Europa, que es lo que éramos y lo que queríamos ser.[[wysiwyg_imageupload:2440:height=56,width=150]]

Nuestra generación lo hizo, lo conseguimos, llegamos a la meta, llegamos muy bien. Yo creo que, con todo, la España constitucional merece una valoración positiva. Por eso a mí me duele mucho el desafecto, de los jóvenes sobre todo. ¿Qué ha ocurrido? Ha ocurrido que han pasado dos generaciones y eso, históricamente, es tiempo. La crisis económica introduce un factor fundamental. Aristóteles decía que la democracia se basa en la estabilidad de las clases medias. Si las clases medias se empobrecen, si los jóvenes no tienen empleo, si, al no tener empleo no tienes un proyecto de vida, no se te puede pedir que te integres en una ciudadanía activa, dinámica y positiva. La gente está irritada con la situación. Además, nuestra democracia ha generado un método de selección de la clase política que no hace atractivo que mucha gente interesada pueda participar. Otra de las estrategias futuras de la regeneración democrática que vamos a trabajar aquí va a ser una participación mayor de los ciudadanos en la política. Es decir, buscar fórmulas como que haya ciudadanos colaboradores de los partidos, que a lo mejor no quieren un cargo, ni ser políticos, pero sí estar ahí, dar su opinión, reunirse y tener una relación directa con sus representantes. Hay que procurar que también grandes profesionales estén en las instituciones, bien en las directamente políticas, bien en todo ese mundo de organismos reguladores en el que tenemos que conseguir que estén los mejores: el Tribunal Constitucional, el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal de Cuentas, la Comisión Nacional del Mercado de Valores… En fin, hay que evitar el partidismo y conseguir que los profesionales más acreditados estén presentes.

—O sea, que la crisis se va a llevar también la Transición…

—Influye todo ese tipo de circunstancias. También el lógico paso del tiempo hace que no haya esa misma sensación de ilusión, ese sentimiento constitucional, ese espíritu de la Transición. Lo que a mí me parece más preocupante es que en el 75 sabíamos a dónde queríamos ir, pero ahora hay una sensación colectiva de que no nos gusta lo que hay, pero tampoco hay otro proyecto. Hay una tendencia, que a mí me preocupa mucho, que es caer en el pesimismo, en el derrotismo. Es algo muy español, muy del 98. Frente a eso, yo digo: es verdad que nuestra democracia tiene problemas, pero también es verdad que tenemos unas buenas instituciones, una buena Constitución y una sociedad más madura de lo que parece. Comparémonos con otros. Aquí no hay partidos como algunos que hay en Italia: eso algo dice de nosotros. Y, sobre todo, quizá lo que hay que transmitir es eso que en España a veces parece un milagro: la moderación, el sentido común, el hacer las cosas bien, pero sin soluciones mágicas y sin derrotismos absolutos. Esa es la clave, el trabajo bien hecho. Yo no soy pesimista y no es puro voluntarismo: creo que esta es una sociedad más fuerte de lo que parece. Por ejemplo, miremos cómo se vertebra la sociedad española a través de la institución familiar y pensemos cómo sería la crisis, con el paro que hay, si las familias no funcionaran. Todo eso son activos sociales, es capital social, ¿no?

—El Estado de las Autonomías ¿ha sido la solución al problema territorial de España?

—El Estado de las Autonomías está bien orientado para recoger una realidad, que es la pluralidad de España. Ahora bien, hay que tener muy en claro los principios, que están en la Constitución y son los que son. España no es una realidad artificial, España es una gran nación histórica, con una historia, una cultura y un arte equiparables a cualquiera de las grandes naciones del mundo. España es una realidad diversa, que la Constitución recoge incluso distinguiendo nacionalidades y regiones. El nivel de descentralización alcanzado por nuestro sistema es muy, muy amplio. Probablemente, en términos materiales, más que cualquier gobierno federal. Para mucha gente es una sorpresa negativa que no parece que nunca se satisfagan cierto tipo de reivindicaciones. ¿Qué se puede hacer contra ello? Primero, cumplir y hacer cumplir la Constitución, y recordar los elementos básicos: no existe más que una soberanía nacional, que pertenece al pueblo español en su conjunto. Hay que recordar también que, en una sociedad civilizada, se cumplen las leyes y no se rompen las reglas del estado de derecho. Dentro de eso se puede hablar de muchas cosas. Hoy día, la prioridad autentica de los poderes públicos con sentido de la responsabilidad, exige luchar contra la crisis económica, crear empleo y darle un poco de optimismo a esta sociedad. Por tanto, yo no soy partidario en absoluto de poner ahora en marcha un proceso de reforma de la Constitución. En el tema autonómico, mi postura, y la de muchos  es que puede estar bien resuelto así, pero que hay que dejar muy claras cuáles son las reglas para que no se distorsione.

—Además de la corrupción, el soberanismo catalán es otro problema que nos daría para una charla de varias horas. Dígame algo que pueda ser esperanzador, si puede.

—Varias horas y varios días… Yo creo que España es una nación mucho más sólida de lo que a veces pensamos. En muy buena medida, en la gran mayoría de los españoles, entre los cuales incluyo, por supuesto, a la inmensa mayoría de los catalanes, cada uno con sus peculiaridades, no hay un deseo de separatismo y no hay un deseo de independencia absoluta. Hay circunstancias políticas que, en un momento determinado, invitan a buscar caminos que no están en la Constitución y que tampoco son posibles ni deseables en pleno siglo XXI. Caminos que además llevan, entre otras cosas, fuera de la Unión Europea: esa es una cuestión muy clara. Por tanto hay que confiar en que, al final, se impongan el buen sentido y la lógica de la responsabilidad.

Desciendo hacia la salida por la majestuosa alfombra roja de este palacio de Godoy, con cierto optimismo, como los que recogen premios en la ceremonia de los Oscar, pensando que algunas gentes en España saben lo que se traen entre manos. El sol de la plaza de la Marina Española, ese sol que el juez Brandais veía como un desinfectante, hace el resto. _


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Ha sido, a lo largo de su larga trayectoria periodística, director del diario “Madrid” y presidente de la agencia EFE, entre otros muchos cargos.