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¿Cuál es la situación actual de la literatura marroquí?

Antes de la independencia (1956) no podíamos escribir, ya que eran pocos los marroquíes que superaban la enseñanza primaria. Esa partir de los sesenta cuando se empieza a hacer una literatura moderna, pero persiste un mal endémico. En Marruecos, tenemos buenos poemas y buenas novelas, pero no tenemos grandes poetas ni grandes novelistas. El escritor occidental, por el contrario, tiene una acumulación de varios siglos cuando empieza a escribir, y eso se nota. La última literatura árabe que mereció la pena se hizo en España, pero esa etapa tenninó cuando Boabdil abandonó Granada, exactamente con la frase tan teatral que la tradición atribuye a su madre: «No llores como mujer lo que no supiste ganar como hombre». Han sido, por tanto, más de cinco siglos de hibernación.

¿Cuáles son, en su opinión, los autores marroquíes más destacados?

Me interesan especialmente Mohamed Khair Ibn, ya fallecido, y E! Jatimi. También Tahar Ben J dio un, que es el más conocido, incluso fuera de Marruecos, pero también el más criticado. Tiene buen estilo, pero sus textos son discutibles. El Tercer Mundo quiere temas comprometidos, que reflejen con fidelidad los problemas en que están inmersos. Al lector árabe le gustan especialmente las autobiografías, porque piensa que en ellas va a encontrar la historia de su tiempo, aquella que no ha sido escrita todavía en los manuales. La historia del pueblo la escriben los literatos, por eso, en casi todas las novelas hay algo de autobiográfico. En el mundo árabe no hay más de cuatro ó cinco autobiografías que merezcan la pena, pero están escritas en un estilo muy burgués. Sus autores se tomaron muy en serio aquello de que la meta del arte es embellecer lo feo.

¿Cómo puede haber tanta poesía en la descripción de las situaciones tan dramáticas que aparecen en su obra?

El arabista japonés que tradujo a su lengua El pan desnudo. quiso conocer los escenarios donde transcurre la novela, y al visitar la alberca en que se baña desnuda Assía, mientras yo la contemplo encaramado a una higuera, se llevó una gran decepción. El entorno no le pareció tan bello como se describe en el libro. El escritor debe llevar la realidad sobre la que escribe bacía una sublimación. En Diario de un ladrón, por citar un autor y un libro que admiro, Jean Genet escribe sobre la basura humana con un estilo poetizado. La escritura no es un reportaje, no deben contarse las cosas tal y como se han vivido. Absorbemos una realidad cotidiana y debemos transformarla. Esta es la misión de los poetas. Y también de los profetas.

¿Le inspiran especialmente la miseria, el dolor y el sufrimiento humanos?

Sin duda. Conozco también la vida burguesa. He visitado pequeños palacios de amigos saudíes y marroquíes, pero pienso que es una vida muy aburrida la que se desarrolla en ellos. Me siento mejor cuando estoy con las clases populares, aunque éstas tienen también sus defectos. Piensan que estoy comercializando sus vidas. Unos me insultan; otros, por el contrario, me besan. Todos creen que gano mucho dinero. En los barrios «morunos» de Tánger estoy poco menos que proscrito. Si voy al Zoco Chico tengo que dar importantes propinas a las personas que he conocido, pero yo no puedo salvara toda la gente que quiero. Es cierto que ahora vivo mejor que muchos de ellos, como también lo es que algunos editores me han robado. De éstos, sólo puedo decir que son hijos de sapos y ranas, auténticos vampiros, Paul Bowles jamás me enseñó los cheques que le daban por traducir mis obras al inglés, para mí sólo tenía propinas. Y era mi amigo.

¿Se valora en Marruecos la opinión de los intelectuales tanto como en Europa?

En una y otra parte están en cabeza la economía y la política. La cultura literaria ocupa un lugar secundario, además, sufre cambios importantes en breves períodos de tiempo. No se puede negar, sin embargo, su influencia. Cuando el gran Dostoyevski escribió La casa de los muertos, donde describe la penosa situación en que vivían los presos en las prisiones de Sibéria, se dice que al zar se le cayeron las lágrimas, y ordenó algunas mejoras en el sistema penitenciario. ¿Por quién doblan los campanas? también influyó en las guerrillas, Pero en cualquier caso, los cambios que introduce la literatura no son inmediatos. Además, si la literatura se politiza, pierde su jugo. Su papel debe limitarse a señalar dónde está el mal, la injusticia.

¿A quién cree que hacen más caso los marroquíes, a los ulemas o a los intelectuales?

En general, pienso que a los intelectuales. Los que se mantienen más apegados a las tradiciones hacen más caso a los ulemas, pero las nuevas generaciones se fían más de los intelectuales no islamistas, porque tienen un programa para ta evolución social del que aquellos carecen. Los islamistas no dicen jamás el porqué. Ocurre con ellos lo mismo que con la literatura politizada, que no perdura. Jamás volvería a leer una obra de Ilia Ehrenburg, por citar un caso, ni El talón de hierro, de Jack London. Esta literatura muere con la época en que se escribió. Acepto la tolerancia en religión y política, pero rechazo la violencia que propugnan los integristas.

¿Goza Chukri en su país del mismo reconocimiento que fuera de él?

Pienso que sí, porque se han vendido en Marruecos más de cuarenta mil ejemplares de El pan desnudo. Y el resto de mis libros, que no son tan populares todavía, van por el mismo camino. Aun así, tengo enemigos fanáticos que quizá no descansen hasta terminar conmigo.

En 1989, Mohamed Chukri fue amenazado de muerte por el régimen de Jomeini; y en la década siguiente, sus libros se prohibieron en Egipto. Mientras hace estos comentarios, muestra al entrevistador una navaja de dimensiones considerables, que saca de uno de sus bolsillos. Curiosamente, en la empuñadura de nácar está grabada la bandera americana. «Si me atacan, no pienso hacer solo el viaje hasta el paraíso», sentencia.

¿Qué le impulsó a salir de la miseria donde vivió instalado tanto tiempo?

El aprendizaje, la cultura. Son la única potencia para los pobres, aunque vivan en la miseria. En Marruecos hay muchos licenciados en paro. Yo estoy contra la desesperación que esa situación pueda causarles. El hombre estudia para cultivarse, por si acaso algún día encuentra trabajo. No se debe estudiar para conseguir un oficio, sino para tener valores humanos. En 1956, cuando tenía veinte años, yo vendía tabaco, kif. Y me tocó elegir: ser un contrabandista o estudiar magisterio en Larache para enseñar a tos marginados. Hasta ese momento, yo era un analfabeto que firmaba con el pulgar. Gracias a mis primeras lecturas empecé a entender los símbolos del mundo. Ahora, si estoy en un buen restaurante, no me privo de nada que me apetezca, ni me avergüenzo por comer en él. No he firmado un contraro con la miseria.

¿Qué opina del estado actual de las relaciones España-Marruecos?

Es una pregunta politizada. La política, para los políticos. Y la religión, para los teólogos. Yo soy un hombre de letras. En la mayoría de los casos, la política es un juego sucio. He conocido personalmente a Felipe González y a José María Aznar, pero no he hablado con ellos de política, sino de un porvenir cultural entre los dos países. No existe odio entre España y Marruecos, sólo malentendidos. Y añadiré una cosa más. El simple hecho de que se levantara la prohibición sobre mi obra y la de otros autores marroquíes, debería llevar a la reflexión a los países de la Europa comunitaria. La evolución política y social de mi país es indudable. La marcha es lenta todavía y largo el camino, con obstáculos importantes, pero todo se andará.

¿Y de la amistad, en general?

Bueno, eso forma parte también del capítulo de valores que se están perdiendo. La amistad de ayer no es la amistad de hoy. La de hoy, como otras muchas cosas, está muy materializada. No perdura, no es sólida. Algunos amigos me han defraudado. Hace años tuve un accidente y vino a visitarme un amigo. Era domingo. Le pedí que fuera a comprarme medio litro de leche y ya no volvió. Fue muy doloroso para mí.

No pasó lo mismo con Mohamed Sebagh, poeta simbolista que orientó algunas de sus lecturas cuando empezó a estudiar en Larache. Tampoco con Mojtar El Hadad, el joven ciego, ya muerto, al que homenajeó en Tiempo de errores: «Era mucho más inteligente que yo. Siempre he creído que los minusválidos suplen sus deficiencias con más sabiduría».


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