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En el mundo postmoderno de fragmentación social y reconstrucciones particularistas en torno a intereses que un grupo de individuos percibe como comunes frente a otros grupos que defienden otros intereses, parecería políticamente incorrecto y hasta iconoclasta poner en tela de juicio el que las relaciones sociales y el poder que brota de ellas estén basadas en las diferencias de sexo. El discurso feminista entendido como “la teorización de la opresión de la mujer” se asienta precisamente sobre esta premisa: el sujeto humano como objeto de estudio se construye en función de su sexo; de este estado natural de dualidad entre varón y hembra ha brotado la estructura cultural que nos envuelve y que ha ido evolucionando hasta configurar la actual relación de dominio y opresión. La sociología y las ciencias políticas, imbuidas por esta visión, han concretado su enfoque de análisis en cómo la noción de sexo y sexualidad se encuentra plasmada en el tejido de las relaciones sociales que componen la sociedad de hoy, en sus idéas, ideologías e instituciones. Pero, ¿cómo proceder más allá del presente estado del debate político? Este debate, gracias al feminismo, abarca hoy temas que antaño se tachaban de asuntos privados (la tarea doméstica, el cuidado de los bebés, etc.). Sin embargo, se ha vuelto estéril en buena medida debido a la conceptualización de la mujer como categoría de opresión que relega necesariamenteal hombre al papel de opresor.

La serie de trabajos, conferencias y coloquios que Terrel Carver ha elaborado en forma de libro bajo el título Gender is not a synonym for women pone en entredicho las suposiciones sobre las que se erige buena parte de la teoríapolítica actual. Como indica el título, hablar de las relaciones de poder entre los sexos no debería limitarse al espaciovital, social y político de la mujer. La tesis de Carver es que dicho discursoecha sus raíces en un determinismo teórico nada afortunado que parte de lo natural y biológico; supone implícitamente que la anatomía de los individuos define su papel en la contiendasocial: o dominar como hombre o luchar por librarse del yugo de la opresión como mujer. En opinión del autor, este planteamiento sacrifica un conocimiento más agudo acerca de qué es la masculinidad y el individuo en general. Por ejemplo, hablar de la gestación o el aborto es adentrarse en un terreno reivindicado por el feminismo como experiencias que excluyen al hombre por razones físicas. De ahí —señala Carver— que el discurso feminista se perjudique a sí mismo. Pues al afirmar que el hombre no puede alcanzar ciertas experiencias debido a su naturaleza física, estas experiencias, junto con las repercusiones sociales y políticas de las mismas, se convierten en “temas de la mujer” y, por tanto, secundarios, desplazados de alguna manera del escenario político principal.

El análisis perspicaz de la situación que realiza Carver le lleva a la conclusión de que esto favorece al establishment masculino del poder: la teorización sobre un objeto de estudio —el hombre- no es posible si éste ha sido eliminado; cuestionar el comportamiento socialmente aprendido del varón tampoco tiene sentido. Pero, sin embargo, los hombres – o algunos de ellos, como gusta remarcar el autor- sí se sienten implicados en la gestación y el aborto, y no solo como legisladores.

A modo de provocación teórica, Carver expone sus argumentos como requisitos para una teorización política que conciba las diferencias de sexo de manera crítica y no de forma sexista. Sin embargo, esgrime como alternativa una propuesta postmodernista formulada sobre las ambigüedades del comportamiento humano, lo que resulta paradójico de entrada: ¿qué alcance teórico puede tener un análisis que es ambivalente a prior?. El empeño postmodernista en la búsqueda y creación de identidades, empeño que hace suyo Carver, puede entenderse también como la renuncia a cualquier identidad.

El sujeto permanece aislado en su propia autonomía individual. Cualquier cosa que refuerce la autonomía y dignidad del individuo ha de ser admitido a análisis; el que las personas puedan interpretar su propia realidad física no debe, en principio, descartarse. En este sentido, Carver afirma que “aquellas feministas que ven su movimiento como una fuerza que libere a las personas de las trabas de la visión social basada en las diferencias de sexo porque esta visión es una limitación innecesaria, van bien encaminadas”.

Una visión sexista (natural-biológica) de las diferencias de sexo, por contraste, resulta poco útil al individuo, al enterrarle bajo el lodo de los estereotipos.


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