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El texto que sigue corresponde a la introducción del libro de Johan Norberg: “Progreso: Diez razones para mirar al futuro con optimismo” (Deusto, 2018), que reproducimos con permiso de la editorial. El joven ensayista sueco se ha convertido en un representante destacado de lo que se ha dado en llamar la corriente de los «nuevos optimistas», compuesto por pensadores de distintas ideologías entre los que sobresale la figura de Steven Pinker. Norberg sostiene en este texto que la población mundial ha experimentado, en los últimos cincuenta años, una mejora sin precedentes en su nivel de vida.

“Si hablamos de lo bien que iban las cosas antes es porque tenemos mala memoria” (Franklin Pierce Adams).

Johan Norberg: "Progreso. Diez razones para mirar al futuro con optimismo"

«Catástrofes y desastres por todas partes». Así respondió una mujer cuando una emisora le pidió que describiese cómo va el mundo. Terrorismo, guerra, crímenes, asesinatos, tiroteos, hambrunas, fenómenos climatológicos extremos, pandemias, calentamiento global, crisis, pobreza, refugiados… Eso es lo que nos encontramos cuando vemos las noticias y, por tanto, cabe pensar que así se resume la época que nos ha tocado vivir. Recuerdo un titular del Financial Times publicado la Nochevieja de 2014: «Golpeado e inestable, el mundo está en una situación límite». Estas percepciones alimentan el miedo y la nostalgia.

En Estados Unidos lo vemos en la campaña presidencial de Donald Trump. En el Reino Unido, en el hecho de que el 58 % de quienes votaron a favor del Brexit lo hicieron desde el convencimiento de que hoy se vive peor que hace treinta años. Y en mi país, Suecia, también ha calado el pesimismo. En 1955, el 13 % de la población veía «intolerables» ciertas situaciones sociales. Ese porcentaje supera hoy el 50 %, a pesar de que durante el último medio siglo hemos vivido una notable expansión de las libertades, un progresivo crecimiento de los sueldos, una importante reducción de la pobreza, una continuada mejora en el campo de la salud….

Numerosos expertos y personalidades respaldan esta visión. En Estados Unidos, el general Martin Dempsey, jefe del Estado Mayor, compareció ante el Congreso y declaró: «El mundo nunca ha sido tan peligroso como ahora». Por su parte, el papa Francisco afirma que la globalización ha condenado a millones de personas a morir de hambre, «aunque, en términos generales, la riqueza ha crecido, la desigualdad y la pobreza también han ido a más».

«El riesgo de sufrir una guerra, morir en un desastre natural o vivir bajo una dictadura ahora es más bajo que nunca antes».

En las filas de la izquierda, Naomi Klein afirma que la civilización «está abocada a un golpe inminente» e insiste en que «desestabilizamos las bases que sustentan la vida en la Tierra». En la derecha, el filósofo John Gray define al ser humano como «el homo rapiensuna especie depredadora y destructiva que se acerca hacia el final de la civilización». Yo también compartía esa visión pesimista. Cuando empecé a formar mi criterio sobre el mundo, en Suecia, durante la década de 1980, me resultaba difícil digerir las dinámicas de la civilización moderna. Me deprimían las fábricas, las autopistas y los supermercados. El trabajo me parecía una auténtica esclavitud. Me disgustaba la sociedad global de consumo y la encontraba culpable de los problemas y conflictos que veía en las noticias. Como alternativa, soñaba que la sociedad llegaría a ser capaz de dar marcha atrás en el tiempo y volveríamos a vivir en armonía con la naturaleza. Nunca se me ocurrió pensar que, antes de la Revolución Industrial, la gente vivía sin medicinas, sin antibióticos, sin agua potable, sin comida suficiente, sin electricidad, sin sistemas de saneamiento… Lo que yo me imaginaba era algo así como una excursión al campo.

Como parte de mis estudios, tuve que leer libros de Historia. También empecé a viajar por el mundo. Y poco a poco me di cuenta de que, cuanto más conocía el pasado, menos motivos tenía para mantener una visión romántica de aquellos tiempos. En la Suecia de mis ancestros, hace ahora ciento cincuenta años, la calidad de vida estaba a la par de lo que hoy vemos en el África subsahariana. Pobreza masiva, esperanza de vida reducida, niveles elevados de mortalidad infantil… Poco a poco comprendí que nadie se beneficiaría si diésemos marcha atrás en el tiempo. Aquellas épocas pasadas que idealicé en su momento fueron, en realidad, un horror.

Al contrario de lo que escuchamos en los medios de comunicación o de lo que nos dicen nuestros líderes, la gran noticia de nuestro tiempo es que somos testigos de una mejora sin precedentes en los niveles de vida de la población mundial. La pobreza, la desnutrición, el analfabetismo, la explotación laboral, la mortalidad infantil… se reducen a mayor velocidad que nunca antes en la historia de la humanidad. La esperanza de vida al nacer ha crecido dos veces más durante el último siglo que en los doscientos mil años anteriores. El riesgo de sufrir una guerra, morir en un desastre natural o vivir bajo una dictadura ahora es más bajo que nunca. Hoy damos por hecho que cualquier niño vivirá hasta más allá de su jubilación, cuando hace apenas unas generaciones la esperanza era que lograse llegar más allá de su quinto cumpleaños…

“Nunca se me ocurrió pensar que, antes de la Revolución Industrial, la gente vivía sin medicinas, sin antibióticos, sin agua potable, sin comida suficiente, sin electricidad, sin sistemas de saneamiento”.

Las guerras, los crímenes, los desastres y la pobreza son una realidad dolorosa. Durante la última década, los medios de comunicación internacionales nos han hecho ser más conscientes que nunca del efecto que tienen. Podemos seguir todos estos problemas casi en directo, sin salir de casa, con retransmisiones prácticamente ininterrumpidas. Estas amenazas siempre han estado ahí, aunque antes no eran tan visibles. En cualquier caso, la gran diferencia la marca el hecho de que estos males están reduciéndose a un ritmo veloz. Lo que ahora vemos es la excepción y no la norma, al revés de lo que sucedía antaño.

Este progreso empieza a desarrollarse con la Ilustración y sus grandes avances intelectuales, que se dan entre los siglos XVII y XVIII y nos ayudan a examinar el mundo a través de las herramientas del empirismo. Poco a poco aumenta el escepticismo ante las autoridades, las tradiciones y la superstición. El corolario político de este cambio es el liberalismo clásico, que rompió las cadenas del autoritarismo, la esclavitud y los privilegios. Y, no lo olvidemos, la Revolución Industrial transformó la economía a lo largo del siglo xix y ayudó decisivamente a vencer la incidencia del hambre y la pobreza. Estas sucesivas revoluciones bastaron para liberar a gran parte de la humanidad de las duras condiciones de vida que, hasta entonces, eran habituales. Más recientemente, en las últimas décadas del siglo XX, la globalización ha contribuido a que estas ideas, libertades y avances tecnológicos se extiendan por todo el mundo, ampliando y acelerando el alcance del progreso.

“La gran noticia de nuestro tiempo es que somos testigos de una mejora sin precedente en los niveles de vida de la población mundial”.

Los seres humanos no siempre somos racionales o benevolentes, pero, en general, la mayoría aspiramos a mejorar nuestra vida y la de nuestras familias. Cuando contamos con un grado razonablemente amplio de libertad, nos esforzamos para lograr esos objetivos. Cada paso que damos en esta dirección genera riqueza y conocimiento. Y, como hoy en día se tolera más que nunca la innovación y experimentación, constantemente somos testigos de nuevos avances. Por tanto, nuestras aportaciones individuales se suman a las de miles de millones de personas, creando un círculo virtuoso.

(…) Sería un error pensar que el progreso está garantizado. Seguimos padeciendo muchos problemas y no son pocos los movimientos y corrientes sociales y políticas que aspiran a destruir los pilares del desarrollo: la libertad individual, la apertura económica y el progreso tecnológico. Las amenazas a la sociedad abierta vienen de fuera (terrorismo, dictaduras, etc.), pero también están dentro. Hay un resentimiento creciente hacia la globalización y la economía moderna, que pone de acuerdo a los populistas de derechas y de izquierdas. Además, a la vieja hostilidad hacia las sociedades urbanas, cosmopolitas y dinámicas (propia de fuerzas conservadoras y reaccionarias ante el cambio), hay que sumarle ahora un discurso que presenta al resto del mundo como un lugar cada vez más peligroso y que llama a levantar muros (en sentido figurativo, pero también en sentido literal) para aislarnos del exterior.

Hay un riesgo real de que estas tensiones alimenten una peligrosa reacción nacionalista. Se ignora el progreso logrado y se buscan chivos expiatorios a quienes endosar los problemas que aún hoy seguimos sufriendo. A veces parece que estamos dispuestos a tirar los dados y probar suerte con cualquier demagogo que nos ofrezca soluciones rápidas y simples para recuperar el esplendor perdido. Nacionalizar empresas, cerrarse al comercio internacional, expulsar a los inmigrantes… Si pensamos que nada malo vendrá de este tipo de ideas es porque tenemos mala memoria.

Por eso debemos recordar el increíble avance logrado gracias a un desarrollo progresivo y espontáneo, que se explica porque millones de personas tienen hoy más libertad que nunca para mejorar sus vidas, lo que a su vez beneficia a todo el mundo. Y ningún líder, ninguna institución y ningún gobierno ha decretado ese progreso.

Estamos, sin duda, ante grandes conquistas sociales. Y los frutos podemos encontrarlos por todo el mundo, solo hace falta echar un vistazo. Por eso, quiero terminar este texto con la inscripción del epitafio de sir Christopher Wren, arquitecto que construyó la catedral de San Pablo en Londres: Si monumentum requiris, circumspice«Si estás buscando un monumento, mira a tu alrededor».


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