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Las lecciones de otoño de 2005 se grabaron para una serie de televisión de doce episodios, Justice: What’s the Thing to Do?que puede verse en YouTube y que ha alcanzado la astronómica cifra de treinta millones de visualizaciones. Basta ver un rato una de ellas para comprender que estamos ante un planteamiento didáctico muy original, inspirado en el clásico método socrático y, aunque no se dice, en el sistema judicial anglosajón. Sandel propone a sus estudiantes complejos casos de la vida real, no exentos de un cierto morbo, que funcionan como gancho. Les pide que se olviden (aportando el positivismo de un manotazo) de las soluciones legalistas, propone que resuelvan el fondo del asunto según su sentido de la justicia, escucha con atención y confronta las soluciones sugeridas, reduciendo al absurdo las propuestas de compromiso para evitar conclusiones falsas y/o fáciles.

Todo funciona con la perfección de un ballet. Primero, por las prodigiosas dotes mayéuticas de Sandel. Segundo, porque considera, de acuerdo con las últimas investigaciones pedagógicas, que la dispersión es el gran mal de nuestro tiempo y prohíbe taxativamente durante sus clases teléfonos u otra conexión a internet. Hay una tercera explicación soterrada del éxito: el trabajo previo de sus alumnos, que leen los grandes clásicos de la materia y que, por tanto, saben de lo que hablan. Por fuera, se rinde tributo al método socrático, por supuesto, pero, por debajo, hay un sólido trabajo académico. Este equilibrio entre la aptitud del maestro, la atención intensa y el estudio concienzudo hace de las clases de Sandel un implícito homenaje a la idea de la universidad.

Justicia. Portada de Nueva Revista número 168
Justicia. Portada de Nueva Revista número 168

Rápido y Mordaz

Nada de eso evita —sino todo lo contrario— que las clases resulten llamativamente divertidas. En el episodio 10, The good citizenpor ejemplo, un alumno objeta a Aristóteles la falta de libertad que conlleva su tesis teleológica y pone el ejemplo de que para el Estagirita un hombre con pata de palo, barba hir-suta y parche en el ojo tendría que ser pirata aunque quisiera ser banquero. Rápido y mordaz, Sandel sugiere que tampoco hay demasiada diferencia entre ambas vocaciones.

También sabe corregir sabiamente. El caso más sutil acontece en el episodio 11, The claims of communityDiscuten la existencia o no de obligaciones sin un contrato previo, y Sandel propone el caso de los deberes filiales: ¿concurren incluso cuando uno ha tenido malos padres? Una alumna afirma que no puede responder, puesto que no ha tenido padres malos. Sandel no replica por respeto a esa confesión de amor filial, que hasta parece emocionarle un poco, pero dejando claro, con su silencio, que no esperaba una contestación tan poco académica. Disipa, apenas con media sonrisa, uno de los males de nuestro tiempo: la falta de abstracción, el biografismo extremo.

El equilibrio entre la aptitud del maestro, la atención intensa y el estudio concienzudo hace de sus clases un implícito homenaje a la idea de la universidad.

Otras veces es más explícito. En la clase 12, Same-sex marriageuna alumna pregunta a un alumno que se ha manifestado en contra del matrimonio homosexual si él se masturba. Sandel interviene enseguida. No para reñir, sino para alabar el tono general de las discusiones hasta ahora, a pesar de los temas tan polémicos y valientes que se han debatido, y para reconocer el argumento de la alumna, pero pidiéndole que no personalice jamás, que haga cualquier pregunta en tercera persona. Enseña las buenas maneras del pensamiento y el debate.

No sorprende que este curso sea el más demandado de Harvard, hasta el punto de que los asistentes a sus clases se tienen que elegir por sorteo, porque no caben en el aula. Los aspirantes se cuentan por miles. También se cuentan por miles sus alumnos: tras veinte años de curso, suman alrededor de quince mil. Su fama se ha alzado aquí. Luego, ha hecho giras multitudinarias por Asia. En Corea ha llegado a llenar estadios como una rock star.

Pero ¿se queda en la fachada de la filosofía política y el show, como denuncian algunos críticos? No. De vez en cuando toma la palabra y explica, con concisión, pero sin concesiones, los principios esenciales de la justicia política y a sus autores más relevantes. Simplemente, para ganarse el derecho a hablar, ha escuchado antes a sus alumnos, del mismo modo que estos, para ganarse su derecho, han reflexionado y estudiado a los maestros. Con todo, para entender hasta qué punto no todo es fachada hay que revisar los planos de su pensamiento teórico. Eso será en el siguiente apartado de este artículo, donde nos ocupamos del libro.

Su obra Justicia

La lectura del libro Justicia (que desarrolla la materia del curso de Harvard) desvela lo poco que Sandel deja al albur. Los debates de sus clases siguen muy de cerca la milimétrica planificación de su pensamiento. Repite incluso los ejemplos y las bromas, con la humildad propia del profesor de raza que, curso tras curso, prioriza la eficacia pedagógica al prurito de originalidad. Hasta en una charla TED (febrero de 2010) repite casos ya estudiados y tampoco renuncia, fiel a su método, a demorarse invitando al público a intervenir. En el libro expone el programa que, exacto, sigue el curso: «Hemos explorado tres maneras de enfocar la justicia. Una dice que la justicia consiste en maximizar la utilidad o el bienestar (la mayor felicidad para el mayor número). La segunda dice que la justicia consiste en respetar la libertad de elegir, se trata de lo que realmente se elige en un mercado libre (el punto de vista libertario) o de elecciones hipotéticas que se harían en una situación de partida caracterizada por la igualdad (el punto de vista igualitario liberal.) La tercera dice que la justicia supone cultivar la virtud y razonar acerca del bien común. Como ya habrá imaginado llegados a este punto, me inclino a por una versión del tercer enfoque».

Uno de los objetivos de Sandel es recuperar la filosofía para el debate democrático cotidiano y recuperar así la democracia gracias a la filosofía para todos.

¿Resultan entonces las clases un tanto teatrales o tele-dirigidas o disimuladamente prefabricadas? En absoluto. Y eso por dos razones. Una, porque Sandel, dando una auténtica libertad a sus alumnos, lo que demuestra es, precisamente, que, con un debate profundo y contrastado sobre las grandes cuestiones y los maestros fundamentales, cualquiera llega a las mismas conclusiones que él con sus análisis y reflexiones. Dos, porque Sandel defiende que el debate es un elemento esencial de la sociedad y para la democracia: «Una más decidida implicación pública en nuestras discrepancias morales proporcionaría un fundamento más sólido, no más débil, al respeto mutuo. En vez de hacer caso omiso de las convicciones morales y religiosas que nuestros conciudadanos llevan consigo a la vida pública, deberíamos tratarlas más directamente, a veces poniéndolas en entredicho y plantándoles cara, a veces escuchándolas y aprendiendo de ellas». En las clases, propicia ese debate de un modo ejemplar. Pero ¿hasta qué extremo su propuesta del debate público va en serio hasta sus últimas consecuencias? Lo veremos en el siguiente apartado, donde nos ocupamos del reciente documental.

El documental de cinco episodios que se emite en Filmin se entiende mucho mejor tras analizar el alzado y el plano de Sandel. La serie responde a su interés pedagógico por impulsar el método socrático y por poner los grandes temas filosóficos y morales en el debate cotidiano. Quizá confunda el prestigioso escenario: las hermosas ruinas de un templo griego parecen remitir a un ámbito muy académico. En la serie deben de haberlo visto como yo, pues la ya comprometida segunda temporada se rodará en la bulliciosa estación de trenes de Haarlem (Holanda).

Filosofía en la estación

La estación captará mejor el verdadero espíritu del documental, que traza el perfil que Sandel quiere darnos. Los grandes temas han de estar al nivel de la calle. Por eso, los participantes no han hecho un estudio previo ni tienen nivel universitario. Se han seleccionado con la intención de representar lo más fielmente posible toda la diversidad de un mundo variado y cosmopolita. En total libertad, dicen lo que sienten sobre temas de rabiosa actualidad. A veces cambian sobre la marcha de postura. No hay referencias a libros de texto. El debate pierde amplitud, pero gana compromiso. Sandel ha aprovechado su prestigio como profesor y sus años de estudios, sólidamente expuestos en sus libros, para cumplir con uno de sus objetivos: recuperar la filosofía para el debate democrático cotidiano y recuperar así la democracia gracias a la filosofía para todos. En el documental, Sandel no da lecciones (no es ya el profesor), ni tampoco es ya el escritor que traza, como en sus ensayos, las líneas maestras de su pensamiento. Deja y hace hablar, tras plantear las cuestiones más candentes, enfatizando la empatía y el interés personal por sus jóvenes interlocutores.

No extraña que Michael J. Sandel haya citado con veneración al Michel de Montaigne que confesaba que la conversación es «el más fructífero y natural ejercicio del espíritu», hasta el punto de mostrarse dispuesto a perder antes la vista que el oído o el habla. Él ha visto que sin cimientos morales el mercado no puede salvaguardar nuestra dignidad ni la justicia puede cumplir su misión. Lo sostiene en sus libros y ha sabido transmitirlo a sus alumnos de Harvard. Pero quiere más. Por eso el documental: Sandel aspira a que lleguemos juntos a esa conclusión y, además, que todos la practiquemos. ¿Cómo? Participando, oyendo y hablando, sin cortapisas ni prejuicios, en el apasionante debate de la gran comunidad humana.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.