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Sociedad humanizada, hábitat «familiarizado»

«La familia es el espacio natural donde el hombre se desarrolla». Con estas palabras Juan Pablo II comenzaba su discurso del jubileo de la Familia en el año 2000. La familia como marco natural donde el hombre se desarrolla, donde la persona se hace persona y aprende a «aprender». Y es que no puede haber empresa natural más productiva, económicamente rentable, con resultados más positivos y acciones bursátiles más baratas como es la familia.

Hemos sido testigos en estos últimos años de cómo uno Gobierno ha atentado contra la institución familiar con medidas [[wysiwyg_imageupload:916:height=158,width=150]]que la han minado desde dentro. Estas políticas tangenciales han llevado a plantearnos y cuestionarnos cuál es la sociedad que se ha pretendido construir. Una sociedad desmembrada, sin referentes paternos, psicológicamente inestable, débil en lazos afectivos, «animalizada» y deshumanizada. Y por otro lado, políticas demagógicas como el cheque-bebé, permisos de maternidad y paternidad, etc. ¿Qué política hay de fondo? ¿Qué se ha pretendido con estas medidas aparentemente enfrentadas?  Nada. Es otro ejemplo más de medidas que son fruto de la improvisación.

Todos somos conscientes de que cuanto más arraigada ha estado la familia en la sociedad, ésta ha tenido una mayor esta-bilidad, ésta ha tenido una mayor estabilidad, mayor cultivo cultural, y se ha avanzado más seriamente y con mayor optimismo hacia el futuro. Hacer un breve análisis social de la familia generada por políticas como las descritas anteriormente ha llevado a incertidumbres y violencia en las aulas, a generar una sociedad inestable y sin rumbo.

Como muy acertadamente se dice en el artículo que comento («La familia, prioridad política», Concepción Dancausa, Nueva Revista, n° 115, págs. 14-20) hemos de optar por políticas de la vida y no de la muerte. No habría que cuestionarse tanto por el aborto si se optara por políticas de educación serias, no desde las modas falaces. «La familia es la primer escuela de las virtudes sociales que todas las sociedades necesitan». (CVII Gravissimum educationis, 3). Y es que cuando  la educación o incluso la vida se hacen un show, ésta genera actores, no personas.

Apostar por políticas de la persona pasa por fomentar los ambientes naturales donde ella se desarrolla, generar espacios y hábitat naturales en los que el hombre se desarrolle como tal y pueda mirar al futuro (…). Una sociedad pensada desde y para la persona lleva implícito el desarrollo en familia.

Pablo M. Millán Millán

Filósofo y arquitecto

 

La carencia del político de hoy en día

Tras leer el artículo de Azorín (Nueva Revista, n° 114, págs. 8-15), mis recuerdos me han llevado a momentos y circunstancias vividas como hijo de político de la transición y no he podido menos que compararlos con los que ahora, a mis treinta y nueve años, percibo. A diferencia de entonces, hoy en día, el acento de «político» se pone en los líderes de los principales partidos (esto es Zapatero y Rajoy) y no en el grupo de hombres y mujeres que los conforman. No sé si esto es debido a la influencia presidencialista del sistema americano o a una simplificación originada en el marketing de dichos partidos, pero lo cierto es que echo en falta la clase de político idealista y familiar que pude conocer durante mi infancia y mi adolescencia. Indudablemente, Adolfo Suárez era la cabeza visible, pero muchos eran los políticos quede tú a tú se trataban entonces, sabiendo que la jerarquía se debía a una cuestión de eficiencia y no de autoridad. En una de las ocasiones en las que, como niño, pude hablar con Suárez (en el cumpleaños de uno de sus hijos en Moncloa) recuerdo que nos enseñó las salas de reuniones y despachos diciendo «Aquí nos reunimos…». Entonces no me di cuenta, pero con los años, ese lenguaje y esa forma de expresarse ha tomado, para mí, especial importancia, ese nos no era una cuestión meramente gramatical, ese nos indicaba igualdad, respeto e incluso admiración a los que en esas salas se reunían. Los políticos valoraban a los políticos al igual que lo hacia la sociedad de entonces.[[wysiwyg_imageupload:917:height=133,width=150]]

Hoy en día no es así. Bien es verdad, que los tiempos son otros, pero también la clase política tiene mucho de culpa y no es por no seguir las recomendaciones «del buen político» de Azorín. La política son ideales, sueños, visiones, como el famoso «I had a dream…» de Luther King, y si ésta carece de ellos, su función es ornamental, formal, y se convierte en un tipo de trabajo cuya eficacia es cuestionada por la sociedad. Y entonces se llena de políticos mediocres, empeñados en ganarle la mano al contrario con el único fin de sacar pecho, los ideales se convierten en cifras más o menos convincentes y el poder algo a mantener a toda costa. Si Azorín escribiera hoy en día sobre cómo debiera ser el político, estoy seguro que pondría el acento en su preparación profesional y académica (que antes se daba por hecho), en su capacidad de comunicación en otros idiomas y con otras culturas (que antes no eran tan necesarias) y en su grado de influencia en la sociedad como ciudadano trabajador.

Arturo Moya Fernández

Ejecutivo


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