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Conforme se acercan fechas electorales y en ocasiones ya mucho antes, los candidatos tratan de ganarse al electorado de muy diversas maneras, sin saber que un buen político debe serlo en la vida cotidiana, desde que se levanta hasta que se acuesta, y no debe tener la necesidad de demostrar en todo momento de puertas afuera una perfección que resulta casi siempre artificial y como tal es percibida por el ciudadano.

A finales de diciembre verá la luz una nueva edición de El político de Azorín (Francisco José Martín, Madrid, Biblioteca Nueva, 2007), de cuyos artículos publicamos a continuación una selección que muestra la variedad temática y de registros del libro. En los mismos, Azorín hace una descripción de lo que en realidad debe ser un político, del estilo de vida que debe caracterizarle, de los temas que le preocupan y cómo debe afrontarlos, etc. Esta reedición llega en un momento en que la sociedad demanda un cambio importante en la actitud de la clase política para evitar la desconexión total entre ambos mundos. Quizá los textos de Azorín sirvan para abrir los ojos a algunos de ellos.

En cuanto a la edición, sin querer ser académica, el autor no ha renunciado al rigor y a la seriedad del estudio. Ha pretendido más bien abrir una brecha para poder recuperar sucesivamente el pensamiento político. Llama la atención que en la operación editorial más reciente de Azorín, las Obras escogidas de Espasa Calpe en tres gruesos volúmenes, no haya ni rastro de sus escritos políticos. Ello es coherente con esa imagen de Azorín que el canon parece querer imponer: el escritor puro, el esteta preocupado por la perfección de la página. Pero es que Azorín, en realidad no fue nunca eso, sino un intelectual comprometido con su tiempo. Fue, entre otras muchas cosas, cronista parlamentario y comentarista político, diputado y subsecretario de Instrucción Pública. Pero no sólo, sino que fue también un teórico de la política. El político es, entre otras cosas, un intento de dar solidez teórica al reformismo maurista.

Más adelante, en las páginas dedicadas a la Miscelánea cultural, incluimos la introducción del libro elaborada por el autor de la edición, Francisco José Martín, a quien junto a la editorial Biblioteca Nueva, agradecemos la cesión por adelantado de los textos.

 

I. HA DE TENER FORTALEZA

La primera condición de un hombre de Estado es la fortaleza. Su cuerpo ha de ser sano y fuerte. El tráfago de los negocios públicos requiere ir de un lado para otro, recibir gentes, conversar con unos y con otros, leer cartas, contestarlas, hablar en público, pensar en los negocios del Gobierno. Y sobre todo esto, se requiere una naturaleza muy firme, muy segura, para no dejarse aplanar en aquellos momentos críticos, de amargura, en que nuestros planes y esperanzas se frustran.

Sea el político mañanero; acuéstese temprano. Tenga algo en su persona del labriego; este contraste entre la simplicidad, la tosquedad de sus costumbres y la sutilidad del pensamiento, servirá para realzarle. Ha de comer poco también; sea frugal; tenga presente que no es el mucho comer lo que aprovecha, sino el bien digerir. En sus comidas tome espacio y sosiego; coma lentamente, como si no tuviera prisa por nada.

Para estar sano y conservar la fortaleza, ha de amar el campo; siempre que pueda húrtese a los cuidados de la corte o del Gobierno, y vaya a airearse a la campiña. Ame las montañas; suba a ellas; contemple desde arriba los vastos panoramas del campo. Mézclese en la vida menuda de los labriegos y aprenda en ella las necesidades, dolores y ansias de la nación toda.

 

II. ARTE EN EL VESTIR

El fin que persigue el arte en el vestir es la elegancia. Pero la elegancia es casi una condición innata, inadquirible. No está en la maestría del sastre que nos viste está en nosotros. Está en la conformación de nuestro cuerpo; en los movimientos; en la largura o cortedad de los miembros; en el modo de andar, de saludar, de levantarse, de sentarse. Un hombre que tenga ricas ropas y vista con atuendo, puede no ser elegante; puede en cambio serlo un pobre y arruinado hidalgo de pueblo envuelto en su zamarra y en su capa.

La primera regla, sin embargo, de la elegancia, es la simplicidad. Procure ser sencillo el político en su atavío; no use ni paños ni lienzos llamativos por los colores o por sus dibujos: prefiera los colores opacos, mates. No caiga con esto en el otro extremo de la severidad excesiva. Una persona verdaderamente elegante será aquella que vaya vestida como todo el mundo y que, a pesar de esto, tenga un sello especial, algo que es de ella y no de nadie. Joyas no debe usar ninguna: ni alfiler de corbata, ni cadena de reloj, ni menos sortijas. No ponga en su persona más que lo necesario, pero que lo necesario sea de lo mejor: así el paño de los trajes, el lienzo de las camisas, el sombrero, los guantes, el calzado. Si acaso, si el traje fuera negro o de color muy oscuro, matice y palíe la impresión de severidad con una cadena de oro, delgada, breve, sin dijes, en alongados eslabones. Jorge Brummel, el gran elegante inglés, tenía en su atavío una simplicidad suprema, pero sobre el oscuro fondo del traje, ponía esta línea refulgente y casi imperceptible de oro. Véase también el efecto de este matiz y paliativo, en el retrato que figura en nuestro museo, del magistrado don Diego de Corral, pintado por Velázquez.

El calzado merece mención especial; por él se conocen los hábitos y carácter de la persona; un excelente y elegante calzado realza toda la indumentaria. Tenga abnegación bastante para desechar un calzado que está todavía en buen uso. Digo abnegación, no mirando a la economía, sino pensando en que nada hay más cómodo y dulce que un calzado que se ha familiarizado ya con nuestro pie.

Hay otra cosa también que separa en dos bandos a los que tratan de vestir bien: el bando de los irreprochables y el de los que tienen alguna mácula. Este algo es la ropa blanca. Sea inflexible en la limpieza de su camisa; llévela siempre, en todos los momentos, nítida, inmaculada. Sobre la nobleza un poco severa de la vestimenta, la nitidez indefectible de la camisa resaltará y pondrá una nota de delicadeza, de buen gusto y de aristocratismo.

Cosméticos y olores deben estarle prohibidos en absoluto. Si no llevara barba ni bigote, ponga especial cuidado en ir siempre rasurado perfectamente: que no hay nada más desagradable que ver una barba sin afeitar, aunque sea de poco tiempo. Sencillez y naturalidad: esta es la síntesis de la elegancia. Y ahora, como apostilla, la última recomendación: no dé a entender, ni por el aire de su persona, ni por su gesto, ni por su actitud, ni por sus maneras, que él sabe que va bien vestido y es elegante. Si lleva sencilla y buena ropa, y si tiene ese don indefinible de que hablábamos al principio, ese no sé qué, ese como efluvio misterioso que emana de toda la persona y que no se puede concretar y definir; si se halla en estas condiciones, repito, será elegante.

 

XVI. EL LEÓN Y LA VULPEJA

El león representa la fortaleza; la vulpeja simboliza la astucia. El león es fuerte, grande, magnífico; la vulpeja es hábil, ligera, discreta.

Nicolás Maquiavelo quiere que el político sea como el león y sea como la vulpeja. Maquiavelo fue un político muy notable; intervino en multitud de asuntos diplomáticos; conoció y trató íntimamente a hombres insignes y príncipes; luchó ardientemente por la libertad de su patria; sufrió el olvido y la pobreza. Durante estos días amargos de escasez -que él soportó ligera y tranquilamente- escribió el diplomático florentino su libro Il Principe.

El político ha de ser fuerte y hábil: esta es la doctrina de Maquiavelo. El león y la vulpeja le suministran un ejemplo para hacer patente, resaltante, su idea. Es necesario -dice Maquiavelo- ser vulpeja para conocer los lazos y ser león para espantar los lobos: bisogna essere volpe a conoscere i lacci, e lione a sbigottire i lupi. El león y la vulpeja son dos animales famosos en la historia de la política. Cicerón, en su obra De los Oficios, libro I, escribe que «de dos modos se puede hacer injuria: o con la fuerza o con el engaño; la fuerza parece propia del león, y el engaño de la vulpeja». Ya mucho antes que el orador romano, Plutarco decía en sus Vidas paralelas, al relatar las gestas de Lisandro, que una de las máximas que profesaba este general lacedemonio era la de que «lo que no se puede conseguir con la piel del león, debe alcanzarse con la de la vulpeja».

Ne quid nimis: huyamos de los extremos. No consideremos al león como usador arbitrario de su fuerza; no tengamos a la vulpeja como tramadora de engaños. El león puede enseñar al político la fortaleza noble; la vulpeja puede adiestrarle en la habilidad discreta.

 

XXXII. LOS HOMBRES DE MAÑANA

Preocúpese el político de la cultura y enseñanza: los niños de hoy son los hombres de mañana. Si nosotros tuviéramos entre nuestras manos un tierno intelecto (como el escultor tiene entre sus manos el barro) y tuviéramos que irlo formando poco a poco, ¿qué es lo que haríamos? ¿Qué dirección imprimiríamos a esta conciencia virgen y qué camino señalaríamos a estos pies que están impacientes por entrar en el gran camino del mundo? He aquí unos graves problemas. Nosotros, ante todo, tenemos un invencible horror a la pedagogía; todo método, todo canon, toda pauta marcada de antemano nos inspira una aversión irremediable.

La vida es una cosa sutil, irregular, multiforme, y ella escapa a toda reglamentación y encasillamiento. Nosotros no aplicaríamos a nuestro amigo ninguna pedagogía, sea cualquiera el nombre que tuviere; no pondríamos en su cerebro ninguna cosa abstracta; no le haríamos aprender nada de memoria; nuestro único cuidado sería hacerle ver la realidad y apartar de su cerebro todo momento de tedio y de tristeza. La tristeza y el tedio: aquí tenemos los dos grandes enemigos del hombre. ¿No habéis observado estos instantes durante los cuales, en un salón de estudio, en una visita o en un casino -mientras los hombres graves charlan-, un niño se aburre? ¿No habéis visto sus ojos sin luz, su cara larga, sus labios contraídos y su entrecejo arrugado? Dad lugar a que estos breves instantes se repitan; no saquéis a este niño de este colegio uniformado y tétrico; no le apartéis del lado de estas señoras vestidas de negro y suspiradoras con quienes vive; no le proporcionéis, enfrascados vosotros en vuestros negocios o en vuestros placeres, esta alegría, esta distracción continua, este ejercitar ameno y no interrumpido de la comprensión que él necesita, y al cabo de unos años todos estos breves, fugaces minutos de tedio habrán entenebrecido su espíritu y pesarán para siempre, a lo largo de toda su vida, como una abrumadora e insacudible losa de plomo. La deformación del carácter se habrá efectuado irremediablemente: habréis matado a un hombre que continúa viviendo. Y tendréis en lugar de un espíritu sereno y ecuánime un romántico enamorado del misterio; tendréis un sentimental; tendréis un hombre que cuenta sus dolores, que se queja y que pone a cada momento una honda tribulación en estos seres queridos que le rodean en el hogar; tendréis un hombre que ante la adversidad se juzga postergado, no comprendido; tendréis un hombre que cree en la injusticia de las cosas (como si las cosas en sus combinaciones ciegas pudieran tener justicia o injusticia); tendréis un hombre que reniega de su tiempo y tiene fe en reparaciones milenarias; tendréis, en fin, un hombre que en vez de vivir en su época, plenamente adaptado a las circunstancias del presente, buenas o malas, gozando como puede de ellas, sin plañidos y sin añoranzas, forcejea por vivir en una vida que no es la suya, hace esfuerzos dolorosos por apartarse del ambiente que le rodea, se entristece, lanza súplicas y gemidos, sacrifica, en resolución, todo su presente a un ideal inasequible o a un devenir remoto.

No; que ninguno de estos niños, que han de ser los hombres de mañana, siga este camino. Hagamos cuanto nos sea dable por apartarlos de él. Sepan los que pretendan reconstruir un pueblo, y sepamos todos, que el primero, el más hondo y fundamental de nuestros deberes como hombres es la alegría. Y no entristezcamos nunca a los demás con nuestros dolores, que debemos siempre ocultar bajo una faz serena.

 

XXXVI. HUIR DE LA ABSTRACCIÓN

Muchas veces oirá el político que le proponen que se haga en su patria tal o cual cosa que se hace en un país extraño. Son muchos los que claman porque en su país se dé una ley o se implante una institución como las que rigen y se han implantado en otros pueblos; muchos son los que creen que el bienestar de una nación se puede lograr por medio de tales trasplantaciones.

El político habrá de reflexionar despacio sobre esto. Es posible que alguna ley o alguna institución de países extraños convenga al nuestro; es posible también que no convenga. Todos los países no son lo mismo; no es la misma su historia; no es la misma su tradición; no son las mismas sus condiciones físicas; no son los mismos, en fin, sus hombres. Debe proceder, por lo tanto, con mucha cautela el político; él habrá de conocer lo que pasa en los países extranjeros; este conocimiento le servirá de auxilio en sus gestiones.

Pero el político no debe acoger sin estudio, sin una detenida reflexión previa, las leyes, trazas e instituciones de otros países. Esto le puede llevar a gobernar con abstracciones; gobernar con abstracciones consiste en dar leyes sabias, justas, discretas, sí, pero leyes que no se acoplan ni tienen perfecta concordancia con la realidad para que han sido hechas; es decir, que con toda su sabiduría, justicia y discreción, estas leyes sólo lo serán tales en el papel, o, lo que es lo mismo, no serán eficaces.

La labor del político ha de consistir en estudiar bien el país en que vive y gobierna; él ha de conocer cómo viven y piensan sus compatriotas; conocerá la historia de su patria, las tradiciones, las costumbres, las diferencias que existen de unas regiones a otras; conocerá también el grado de cultura del país, sus condiciones físicas, lo que produce y lo que puede producir; estudiará el estado de las industrias y las modalidades y características del arte. Luego, el político, con arreglo a tales datos, a tales estudios, hará las leyes y dispondrá su gobierno. Es posible que los mismos que clamaban por las leyes e instituciones de otros países encuentren que las leyes e instituciones que ha creado el político no sean las que ellos querían; pero el político no se inquiete; él habrá gobernado y legislado de acuerdo con la realidad, de acuerdo con la realidad de su país y el genio de su pueblo, y sus leyes e instituciones serán eficaces.

 

XLVI. ELEGIR EL RETIRO

Si el tiempo o los achaques le hicieren inútil para la vida pública, sepa determinarse a la retirada. Y si la vida cortesana -que es la mejor vida- no le agradare o no le conviniere, sepa también elegir un lugar de retiro.

Tienen un encanto profundo estos viejos pueblos que han sido medio destierro y medio retiro de grandes personajes; estos hombres eminentes han dejado en ellos como un hálito y un perfume de amarguras, esperanzas frustradas y desengaños. En 1426 el infante don Enrique de Aragón se retiró a Consuegra; Ocaña fue el destierro de don Juan de Austria, el hijo de Felipe IV; en Toro, con su colegiata, sus caserones y el noble Duero, paseó sus tristezas, después de veintidós años de mando y de poder, el condeduque de Olivares. Que el pueblo que elija nuestro político sea apropiado a sus gustos, inclinaciones y complexión; no haga en él vida apartada y solitaria; no le falten los ánimos; el condeduque, después de haber sido ministro universal del Imperio español, se allanó a ser corregidor de una corta ciudad. No dé el político en el desvanecimiento de creer que en los pueblos y aldeas los moradores han de ser personajes refinados y sabios; la aldea es la aldea, y la corte es la corte. Confórmese con el trato llano y sencillo; interésese en las labores de la tierra; converse con los oficiales y artesanos. Todo este mundo de los pequeños alhaquines o tejedores, de los peltreros, de los percoceros o modestos plateros, de los herreros, de los carpinteros, tiene su encanto. Las idas y venidas, las ansias y las pasiones son las mismas, pero en otra escala, que las de los grandes. Siga la vida de la ciudad; estudie sus matices, sepa el encanto que tiene un ocaso; aprecie el concierto de la hora con los ruidos de las herrerías, con el canto de los gallos y el tañer sonoro de las campanas; en la primavera vea surgir poco a poco la vida en la campiña; extásiese con los tornasoles del cielo, y escuche -como a viejo e implacable amigo- el tictac del vetusto reloj en la ancha estancia.

 

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