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En septiembre de 2015, el ministro de Educación japonés, Hakubun Shimomura, dirigió una carta a las 86 universidades públicas de esa nación en la que les urgía a dar pasos activos para cerrar (o reorientar hacia áreas que sirvieran mejor a las necesidades de la sociedad) sus centros de humanidades o ciencias sociales. No es fácil saber qué se entiende en Japón por ciencias sociales, algunas de las cuales, en la consideración usual de Occidente, tienen una evidente utilidad en el pensamiento economicista que, sin duda, está tras la impactante directriz del ministro nipón. Pero no creo que por humanidades entiendan algo muy diverso de lo que entendemos en esta parte del mundo, es decir, en Europa y en los Estados Unidos (en los que es frecuente referirse a ellas con el término medieval de «artes liberales»), que son quienes marcan, principalmente, las pautas que adoptan el resto de las regiones occidentales en sus sistemas universitarios.

La gran iniciativa del Espacio Europeo de Educación Superior, que ha logrado amoldar casi cincuenta sistemas estatales universitarios con regulaciones previas diversísimas sin la necesidad de un instrumento internacional de obligado cumplimiento, como es un tratado, no tiene entre sus logros la promoción de las humanidades, sino más bien lo contrario. La insistencia en el objetivo de la empleabilidad (vocablo que una complaciente Real Academia Española no ha tardado en incluir en el Diccionario, que va camino de perder su carácter de canon para adquirir el de herramienta de constatación de uso por los hablantes, lo cual puede dotar a nuestra lengua de todo menos de esplendor) ha hecho un flaco favor a estos saberes que, si se caracterizan por algo, es por no dotar a quien los posee de una destreza para hacer cosas con valor económico, al menos inmediato. El humanista, el hombre de letras, no hace casas, ni puentes, ni objeto alguno. Tampoco es diestro en organizar eficientemente empresas, ni siquiera un departamento o un negociado de una administración pública. Ni siquiera es competente para medir su rendimiento o analizar sus «indicadores». Es, como su saber, un perfecto inútil. De ahí que, salvo algunas empresas o empresarios especialmente perspicaces, la mayoría de ellas no los contraten.

¿Qué es lo que enseñan entonces las humanidades y por qué sería un despropósito dejar de cultivarlas y de enseñarlas?

Aunque dar un concepto preciso y que resulte de aceptación pacífica de las humanidades dista de ser fácil, sí parece que no suscitará un rechazo generalizado uno que se presente como aproximado y que las considere como el conjunto de saberes que tienen por objeto el hombre y su actuar. Estos saberes se diferencian de los denominados científicos, en primer término y radicalmente, por su objeto de estudio y, en segundo término y operativamente, por el método con el que se cultivan. Efectivamente, las ciencias tienen por objeto la realidad material que rodea al hombre y el método propio es el experimental, que se basa en la mensuración de los fenómenos estudiados y permite la repetición de esos mismos fenómenos y, por tanto, la verificación de los nuevos conocimientos alcanzados. La medida de los fenómenos materiales comporta que los conocimientos científicos se expresen, en última instancia, en términos matemáticos, lo que les confiere, junto a la exactitud, un necesario grado de abstracción y les resta todo elemento de subjetividad. Debido a ese motivo, por un lado, los saberes científicos no tienen carácter polémico y, por otro, los avances en el conocimiento científico son ordinariamente progresivos: las nuevas investigaciones toman como base las inmediatamente anteriores; es muy raro que en bioquímica, en física del estado sólido o en microbiología se tomen en consideración trabajos de investigación que no sean muy recientes. Sería del todo insólito que un cultivador de esas áreas citase un trabajo no ya de siglos anteriores, sino que no fuera de los últimos decenios.

Es evidente que el método experimental no puede ser aplicado para estudiar al hombre y su actuar. Ni la dignidad del hombre, ni la libertad que rige sus actos lo permiten. El método propio de las humanidades es el hermenéutico: se trata de interpretar el actuar de los hombres (de los otros hombres) para llegar a conocer mejor qué o quién es el hombre, cómo obra, si hay una manera de actuar mejor que otras, etc. La interpretación necesariamente pone en juego las personales características del intérprete. Cada quien interpreta desde sus propias convicciones y conocimientos y desde su personal punto de vista que, necesariamente, es único: nadie comparte con otro u otros por completo su personal e irrepetible posición en el mundo. Congruentemente, los nuevos conocimientos en el ámbito de las humanidades, salvo que se trate de la transmisión de nuevos datos objetivados (como es el caso de las nuevas fuentes documentales, por ejemplo), se tratan de nuevas interpretaciones que pueden resultar más certeras —o no— que las anteriores. De ahí que naturalmente el cultivo de las humanidades sea polémico y que no tenga necesariamente un carácter progresivo. Un filósofo o un filólogo o un historiador, puede tomar en consideración trabajos de varios o muchos siglos atrás (y con frecuencia eso le resultará más provechoso que el manejo de gran número de ensayos o escritos recientes). El método hermenéutico también comporta que raramente funcionen en humanidades, propiamente hablando, los trabajos de investigación realizados por equipos (salvo para determinadas tareas como pueden ser la edición de fuentes o el tratamiento más o menos uniforme de datos contenidos en esas fuentes).

Los conocimientos científicos repercuten directa e inmediatamente en la economía, porque pueden dar lugar a nuevas formas de producción de bienes o de prestación de servicios, o a la mejora de las ya existentes. A principios del siglo XX, como expresó hace ya cincuenta años Joseph Ratzinger en su magistral Introducción al Cristianismo, se da un cambio en el modo de entender las ciencias y de considerar el conocimiento humano, al imponerse la visión según la cual, dejando atrás el verum quia factum de la modernidad y más aún el verum quia ens medieval, prima el verum quia faciendum, esto es, el primado de la factibilidad. Tal «orientación cambia radicalmente la situación: la techne no queda confinada en los sótanos de las ciencias, o, mejor dicho, el sótano es también aquí lo propiamente decisivo, ante quien la parte superior del edificio puede parecer solamente una residencia de pensionistas aristocráticos. La techne se convierte en la auténtica posibilidad y en el auténtico deber del hombre. Lo que antes estaba subordinado, ahora prevalece».

El siglo XX abrió la era tecnológica en la que nos encontramos, al parecer, tan a gusto quizá porque nunca antes como ahora hubo tantas personas en la Tierra con un nivel de bienestar tan alto. El hombre actual rinde culto a las tecnologías, sobre todo a aquellas que puede usar en su vida diaria. Ya no nos sorprende ver fotografías de personas que pasan una noche haciendo cola ante un establecimiento comercial para ser los primeros en adquirir un nuevo modelo de teléfono móvil o de tableta, o que ese mismo modelo, que resulta muy caro, sea adquirido por personas con un nivel de renta relativamente bajo que, a buen seguro, habrán de renunciar a otros bienes más importantes y que podrían cubrir sus necesidades básicas de comunicación con un dispositivo mucho más barato.

Sin embargo, la tecnología resulta cada vez mucho más efímera. Los equipos informáticos se quedan obsoletos en muy pocos años y se tornan prácticamente inservibles para realizar tareas que sí hacen con soltura los modelos más recientes. Pero lo efímero de la tecnología, en realidad, no es una característica de la época actual. Siempre lo ha sido. Desde la prehistoria. De los siglos de esplendor de Grecia y de Roma o del Medievo, por lo general, sus artefactos no han pervivido. El cómo hacían las cosas aquellos predecesores nuestros no nos aporta ni nos enseña apenas nada, aunque pueda poner de manifiesto, en ocasiones, no poco ingenio. Tenemos la seguridad de que nuestra manera de intervenir sobre la naturaleza es mejor y que nuestros artefactos son más eficaces. Sin embargo, sus creaciones artísticas y literarias, sus especulaciones filosóficas sobre el hombre, Dios o la naturaleza, nos siguen enriqueciendo muchos siglos después o nos siguen sirviendo de inspiración o de solaz. En esto no cabe sino reconocer que las grandes obras de los saberes humanísticos
o las creaciones artísticas no resultan efímeras como lo son los ingenios tecnológicos. La razón está en que aquellas obras se centran en los qué o en los para qué que interesan a toda persona que haya superado el umbral de la rudeza intelectual. Los modelos humanos que nos propone la gran literatura de todos los siglos o los modos en que esta o el arte explican los anhelos de toda persona o aportan algunas pistas clave sobre el sentido de la existencia hacen a esas obras imperecederas.

Ahí radica el valor de esos saberes inútiles para lo que se refiere a la transformación de la realidad física que nos rodea: aportan claves para la comprensión del hombre y del mundo y sobre el sentido de la existencia. Estos saberes, señaladamente la filosofía y la teología, han incidido más que ningún otro en la configuración de las sociedades humanas. ¿Cómo sería el mundo actual si la Reforma luterana no se hubiera dado?

Desde luego muy diverso a como es ahora y muy probablemente con unas estructuras económicas y unas relaciones comerciales muy distintas. Algo parecido cabe decir respecto de la filosofía ilustrada: ¿cuánto hubiera durado el Antiguo Régimen?, ¿cómo se hubieran entendido las instituciones políticas en la actualidad?, ¿conoceríamos el Estado de Derecho? También se podría especular sobre cuál hubiera sido la faz del siglo XX si en el panorama intelectual del anterior la izquierda hegeliana no hubiera puesto las bases para que irrumpiera el materialismo histórico. Es decir: las humanidades han incidido en la vida de las personas, con sus propuestas de modelos y de ideales muy profundamente a lo largo de la historia.

Desconozco hasta qué punto ha tenido que ver la implantación de los postulados pedagógicos actuales en la educación preuniversitaria con el progresivo arrinconamiento de las humanidades en los planes de estudios de esos niveles, señaladamente del bachillerato (que no está de más recordar que en España, hasta mediados del siglo XIX, constituía uno de los grados universitarios). No les debo atribuir, por tanto, también ese error. Pero con independencia de a quién se le haya de atribuir la responsabilidad, lo cierto es que solo un número muy reducido de estudiantes que acceden a las aulas universitarias conocen algo (más bien poco: solamente dos cursos) de latín. Y que el bagaje filosófico resulta (eso ya no es tan reciente) también muy menguado y que situar en la cronología los grandes acontecimientos históricos, españoles y universales, a una parte muy importante de esos estudiantes les resulta tan arduo como escribir con corrección ortográfica. Se podrá decir que no es tarea de la universidad suplir las carencias de un sistema de educación secundaria deficiente.

Tampoco lo sé. Pero, al menos, debería estar en disposición de hacerlo. Sin embargo, nos encontramos que el diseño actual de las carreras universitarias, tan atento a la adquisición de las competencias transversales y básicas, paradójicamente es por completo reluctante a incorporar asignaturas que no se enfoquen directamente a adquirir las llamadas competencias específicas, que, en realidad, son las que se juzgan como capacitantes desde el punto de vista profesional. Es decir, se pretende que todos los universitarios sean capaces de comunicarse correcta y eficazmente, sin que gran parte de ellos «pierdan el tiempo» leyendo grandes obras de la literatura y que, también, sean capaces de razonar críticamente y de comprometerse éticamente sin tener contacto con las obras cumbre del pensamiento y con los grandes textos religiosos.

Solamente aquellos poquísimos estudiantes que, o bien sus familias tengan los suficientes recursos económicos, o bien estén dispuestos a prescindir de un bienestar futuro y se matriculen en «carreras de letras», tendrán la posibilidad de alcanzar esa formación que puede que sea cada vez más minoritaria. Cabría decir que, al fin y al cabo, la sociedad tendrá, de esta manera, el tipo de universitarios que «demanda». Sucede sin embargo que no resulta tan claro qué es lo que demanda en este campo la sociedad, porque, indefectiblemente, cuando se hace esa pregunta, se la dirige siempre a quienes rigen las organizaciones económicas y empresariales, que, honradamente, contestan diciendo cuáles son sus necesidades, que son las que conocen bien.

Pero las demandas sociales no se centran solo, ni principalmente, en los procesos productivos. Cada vez resulta más patente que la sociedad clama por modelos de conducta decentes, por relaciones sociales más humanas y más justas, por entornos más sanos y más bellos en los que las personas puedan desarrollarse sin estridencias, por actitudes más compasivas y más tolerantes hacia los demás, especialmente hacia los desfavorecidos… y no aprovechar el caudal de sabiduría remansado en las humanidades para dar respuesta a esas necesidades es, a mi juicio, un error mayúsculo.

También lo es para la ensayista norteamericana y premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales Martha C. Nussbaum, que en 2010 publicó un breve libro con un título muy significativo, Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, en el que se expresa con tintas ciertamente trágicas: «Sedientos de dinero, los estados nacionales y sus sistemas de educación están descartando sin advertirlo ciertas aptitudes que son necesarias para mantener viva la democracia. Si esta tendencia se prolonga, las naciones de todo el mundo en breve producirán generaciones enteras de máquinas utilitarias en lugar de ciudadanos cabales con la capacidad de pensar por sí mismos, poseer una mirada crítica sobre las tradiciones y comprender la importancia de los logros y sufrimientos ajenos. El futuro de la democracia a escala mundial pende de un hilo».

No sé si la situación es alarmante hasta ese extremo, pero sí que resulta a todas luces preocupante que se pueda dilapidar el inmenso acervo de civilidad que se contiene en las humanidades. En mi opinión, quienes rigen las universidades actuales deben tener en cuenta ese valor y resistirse con ahínco a que se supriman carreras «poco competitivas», porque eso supondrá, en muy poco tiempo, que, congruentemente, el número de profesores que imparten docencia en esas carreras irá disminuyendo de forma progresiva y que cada vez haya menos personas que se dediquen a cultivar los saberes humanísticos. Seguramente llegarán, esperemos que pronto, tiempos en los que el economicismo materialista actual dejará de ser la cosmovisión preponderante y que, nuevamente, se dé a las humanidades el papel que estas deben tener en nuestras sociedades, porque responden a necesidades fundamentales de las personas, de su proceso, precisamente, de humanización. Las universidades habrán cumplido, entonces, una función semejante a la que tuvieron los monasterios altomedievales en la preservación de la cultura clásica. Ninguna otra responsabilidad de las que atañe hoy día a las universidades me parece más importante.


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CATEDRÁTICO DE DERECHO ECLESÍASTICO DEL ESTADO. RECTOR DE LA UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE LA RIOJA UNIR