Manuel Fontán del Junco

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Doctor en Filosofía. Director del Instituto Cervantes de Lisboa

El ex libris de A.F.

Llego tarde al homenaje a Antonio Fontán en este número de Nueva Revista (al de este número: a Fontán le homenajean implícitamente a diario sus cientos de amigos, discípulos y admiradores, entre los que, afortunadamente, me cuento); pero no tan tarde como para que el director no cuele amablemente esta pieza, modesta y republicana, a modo de tributo a Antonio Fontán.He escrito «modesta» y he escrito también «republicana»: es modesta porque es breve y porque se refiere, a su vez, a un tipo de texto (o de texto iluminado) que suele tener pequeño formato: el ex libris. Sólo por eso, porque, para uno, todo lo que se refiere a Fontán es grande, gigánteo. Lo único pequeño en la vida grande de Antonio Fontán es su ex libris, que no debe de tener más de cuatro centímetros de largo por tres de ancho.Y he escrito «republicana» usando la feliz expresión que uno de los miembros más distinguidos del consejo editorial de Nueva Revista —Paco Cabrillo— dedicaba a los originales nada originales, o sea, a los textos que cuando llegaban a la mesa del editor —la mesa de Antonio Fontán, como la del rey Arturo, también es grande y está llena de notables— ya habían sido impresos en algún otro sitio, de modo que publicarlos era re-publicarlos.Porque el caso es que, hace un par de meses, la inconsciente amabilidad de dos expertos exlibristas provocó que me pidieran que prologara un magnífico libro, que se ocupaba de rastrear la influencia cervantina y quijotesca en los ex libris desde 1770. Yo poseo libros, pero no tengo ex libris. Tampoco conocía la obra, sin duda interesantísima, de los exlibristas. Y de ese arte, como de las aficiones que le supongo familiares —encuademaciones, dedicatorias, coleccionismo de intonsos, de princeps, de primeras ediciones e incluso de erratas— no tenía más conocimiento que cualquier lector muy curioso que tenga, además, un par de maestros y.amigos bibliófilos —o, como es mi caso, más bien «bibliófagos»—. En fin: que mi desconocimiento de ese mundo mágico de los ex libris era y es oceánico.Entonces recordé el ex libris de alguien admirable por sabio, por latinista, por político, por periodista: el del maestro de maestros e insuperable tejedor de amistades que es Antonio Fontán. Durante una época frecuenté muchos libros suyos (suyos en propiedad y suyos, sobre todo, porque los había escrito él, que es lo que tiene mérito), y casi todos ellos tenían, adherido, su ex libris, un pequeño sello con un hexámetro en letra gótica. Y el ex libris de Antonio Fontán me sacó del apuro del prologuista tan limpiamente como el propio Fontán me ha sacado otras veces de otros apuros.Después, superado el trance, me volví a olvidar de esa curiosa afición o arte. Pero algo había aprendido de la prueba, y algo también rememoré con ella, algo que viene a cuento en este número de homenaje al hombre grande.Caí en la cuenta de que el ex libris entrevisto en los libros de Antonio Fontán era distinto a...
Nueva Revista

Futurosaurius rep, el nuevo Berlín

He notado que las ciudades gustan con seguridad a dos tipos de personas muy diversas: a los turistas, que descansan de su ciudad en una ciudad que no es la suya, y a los fabricantes de rompecabezas, razón por la cual las ciudades han sido siempre uno de los motivos favoritos para puzzles. La misma palabra «puzzle» le sugiere a uno casi de inmediato una caja de cartón con la panorámica de una ciudad en la tapa: el skyline de Nueva York, Delhi hormigueando de masas, la imagen nocturna de Madrid partiéndose entre Alcalá y Gran Vía como un fotograma de Fritz Lang —o Londres o París o Praga o Lisboa o San Petersburgo—. Abres la caja del rompecabezas y encuentras la imagen de la tapa partida en mil piezas, y el jugador sabe que esa imagen es, al mismo tiempo, el modelo para construir el rompecabezas y el resultado de su construcción. Los turistas, por su parte, suelen orientarse con mapas.

Sobre la basura (cultural)

En 1962, el escritor alemán Wofgang Hildesheimer publicó un volumen de relatos breves cuyo título podría traducirse así: Leyendas sin cariño. El librito ha conocido (y merecido) veintidós ediciones. Un colega me envió hace unos meses un ejemplar, con una dedicatoria autógrafa en la que llamaba mi atención sobre el tercero de los relatos, sentenciando: "De obligada lectura para todos aquellos que se dedican a la gestión cultural". Su título -"1956: un año Pilz"- no era muy elocuente; su contenido, en cambio, apenas si puede tener más pertinencia. 1956: UN AÑO PILZEl cuento levanta acta de la legendaria existencia de un cierto Gottlieb Theodor Pilz, nacido en 1789 en una oscura ciudad del norte de Alemania y fallecido en Hamburgo, en el transcurso de una cena con literatos, el año 1856. Escribe Hildesheimer:"El año 1956 está a punto de irse, y con él el recuerdo de los días del nacimiento o de la desaparición de tantas figuras inmortales, con cuyas celebraciones uno se ha ido topando durante todos estos meses: Mozart, Heine, Rembrandt, Julio César, Freud. Conferenciantes, jefes de Estado y el cuerpo diplomático apenas si han podido disfrutar de unos minutos de descanso. Sin embargo, una figura ha sido olvidada por casi todos: Gottlieb Theodor Pilz, que murió el doce de septiembre de 1856."Hildesheimer apunta a continuación que "la importancia de Pilz está hoy infravalorada", y añade:"... no es extraño, pues Pilz, más que un creador, fue un impedidor. Su  aportación a la historia de la cultura occidental consiste en la inexistencia  de obras; de obras que, gracias a su valiente y arrojada intervención, jamás llegaron a consumarse. No constituye sorpresa alguna que la posteridad, tan acostumbrada a valorar a los grandes espíritus por su creaciones y no por sus omisiones, no recuerde las de Pilz".Las siguientes páginas resumen la fascinante biografía de Pilz, cuya familia se traslada a Hamburgo en 1798; el joven Gottlieb Theodor, con apenas nueve años, entra en contacto con los ambientes cultos de la ciudad, cuyos proceres visitan regularmente la casa familiar. Uno de los invitados habituales es Klopstock, que suele leer en voz alta pasajes de su Mesías durante las veladas. Pilz, aprovechando la miopía de Klopstock, le sustrae durante las cenas odas enteras del poema; el poeta no nota las faltas.Terminados sus estudios escolares, Pilz es enviado a Italia, país en el que reside entre 1807 y 1809. Anota Hildesheimer:"...ya por entonces aparecen los rasgos que serán característicos de Pilz, los que marcaron su personalidad: durante su estancia en las tierras del Sur, que se prolongó dos años, no escribió ningún diario. No hizo dibujos.  Ni bocetos. No nos legó sus impresiones de Italia y de su cultura en ninguna de las formas conocidas. Ni una sola palabra de él nos ha llegado".Como diría Borges, durante esos años Pilz "se abstuvo enérgicamente" de escribir (o dibujar). Pero, gracias a los diarios de August Wilhelm von Schlegel y de Mme. de Stäel, sabemos que, en 1808, Pilz está viviendo en Roma. Durante un...

De damas del arte y mujeres muy fin de siglo

¿Tienen "género" las temporadas artísticas? El otoño y el invierno de 1996 parecían tenerlo, tanto en la capital de España como en Londres o en Paris, a saber : femenino. Y plural, porque Madrid ha recibido un par de visitas importantes protagonizadas por mujeres.

Walker Percy y el otro héroe de la novela postmoderna

Walker Percy nació el 28 de mayo de 1916 en Birmingham, Alabama. Tuvo una dura primera infancia: su padre se suicidó y, poco después, en un accidente de tráfico, moría su madre. Fue adoptado por su tío William Alexander Percy, el autor de Lanterns on the Levee, las deliciosas memorias del propietario de una extensa plantación en el sur de los Estados Unidos. "Uncle" Will era un gentleman culto, honorable y en el buen sentido de la palabra bueno; vivía en Greenville, Mississipi, y allí se llevó a Walker y a sus dos hermanos. Con su pasión por la música y la literatura clásica y su ejemplo de escritor transmitió a su sobrino una educación que éste consideró siempre como "una deuda impagable".Percy se licenció en Medicina en Columbia. Mientras hacía prácticas en un hospital neoyorquino enfermó de tuberculosis. Pasó una larga temporada en un sanatorio, durante la cual no se limitó pasiva y pacientemente a no fallecer, sino que decidió hacerse escritor, convertirse al catolicismo, casarse con Mary Bernice Townsend y trasladarse a vivir con ella a Covington, Louisiana. "Técnicamente hablando -escribirá— Covington es un no-lugar con una cierta relación a un lugar (Nueva Orleans), una relación que evita los horrores de estar totalmente situado, los de no estar situado en absoluto y los de estar mal situado".Desde esa ideal nonplace, seis novelas y decenas de artículos le han situado en una plaza de lujo en la cultura norteamericana reciente. Miembro, entre otras, de la American Academy of Arts and Sciences, fue nombrado Jefferson Lecturer en 1989 por el prestigioso National Endowment for the Humanities (sucediendo a figuras de la talla de Lionel Trilling o Saul Bellow). Publicó en revistas tan distintas entre sí -en público e intereses ideológicos— como pueden serlo Esquire o The Journal of Philosophy, Harper's o Thought, Commonweal o The Southern Review y la Vartisan Review o The New Scholasticism: todo un record para un escritor de convicciones, pero su indudable arte hace interesante su  obra a públicos plurales hasta la disparidad. Pues Percy es un antimodelo para escritores complacientes.Sus artículos se ocupan de temas variados: desde el presente y el pasado del Sur natal (New Orleans Mon Amour, The American War), hasta la ética (A View of Abortion, with Something to Offend Everybody) y la religión (The Holiness of the Ordinary), pasando por los que dan muestra de su conocimiento, serio y profundo, de la ciencia, la filosofía, el misterio del lenguaje y la literatura (Is a Theory of Man Possible?-, Naming and Being, The coming Crisis in Psichiatry, From Facts to Fiction). A su olfato literario se debe el descubrimiento de John Kennedy Toole (el autor de las fantásticas La conjura de los necios y La Biblia de Neón) y el redescubrimiento de A Canticle for Leibowitz de Walter M. Miller Jr. (una novela de ciencia ficción que no necesita de Independence Days o de inacabables coreografías de mulantes para, haciendo presente el futuro a base de convertir el presente en pasado,...

Como un pintor extranjero en la fiesta de las vanguardias

Luis Rodríguez Gordillo nació en Sevilla en 1934. Hoy se llama simplemente Luis Gordillo y lleva unos cuarenta años siendo -complejamente- pintor. Entre otras muchas distinciones, Premio Nacional de las Artes Plásticas en 1981, aunque a estas alturas insistir en premios, o en que Luis Gordillo es un gran pintor, viene a ser como decir que un Cadillac es un buen coche, una obviedad. También lo sería ponerse a explicar el porqué de esta entrevista, si no fuera por el recuerdo de la definición terrible de "entrevista a la española" que daba César González Ruano: "es la necesidad al servicio de la vanidad -escribió-. Casi nadie ha ido a hacer una entrevista a nadie con ganas, sino por ganarse unos duros con la colaboración de un tío conocido que el ochenta por ciento de las veces, a la juventud naturalmente iconoclasta del que hace la entrevista le parece una especie de memo afortunado. Este tipo de entrevistas no puede quedar bien nunca, como no puede quedar bien nada que no se haga con amor". Pero Ruano no era infalible: con Gordillo es muy fácil que siempre quede bien, porque ha pintado mucho (y lo que le queda), ha dicho mucho y todavía tiene mucho que decir. "A mí me gustaría ver mi obra como un mapa -ha dicho en otra entrevista-. Es decir, en el futuro, si alguien se refiriera a mi obra preferiría que más que fijarse en un cuadro concreto lo hiciera en la obra entera, como si fuera un mapa". El mapa pictórico que ha levantado Gordillo es amplio y se mueve como si estuviera vivo, porque hay muchas simpatías entre ese mapa y nuestro tiempo. Por ahí se nos fue esta conversación. Su columna vertebral es eso que resulta irrenunciable en el pintor Luis Gordillo: qué pinta un artista en estos tiempos que corren.Luis Gordillo (L.G.)— Me gustaría decir algo para empezar: a mí, en conversaciones como ésta, me interesa lo que puede aparecer de nuevo, la sorpresa. Siempre se escurre algo nuevo, y eso me parece más importante que lo conocido y lo preparado en frío...Manuel Fontán del Junco (M.F.J.)— De acuerdo. Aunque yo pensaba empezar por algo tan conocido para Vd. como Vd. mismo: por sus principios, los biográficos, me refiero. Por cómo empieza Vd. a ser pintor, por esa conciencia dramática que ha acompañado a su idea de la pintura... L.G.— Pues para mí eso apunta a las relaciones entre el artista y el hombre corriente... tengo una especie de "teoría" sobre eso. Yo diría que, a lo largo de los años, el artista va creciendo a costa de la persona, del individuo... y al final le usurpa, le sustituye del todo, incluso en el nivel...neuronal, a escala microscópica, vamos, en el DNA. A lo que me refiero con esa teoría es a que aparece otro modo de percibir la realidad; uno tiene, como cualquier individuo, su sistema de percepción, pero con el tiempo se va acoplando al del otro, al...

Diez Epigramas de Joaquín Gurruchaga

p>Don José Ortega escribió en algún lugar de su copiosa obra que "hoy (por ayer) es una obra de misericordia no publicar”. Joaquín Gurruchaga (San Sebastián, 1910), hubiera encabezado la galería orteguiana de misericordiosos hasta 1995, el año en que su primer libro, Últimos Poemas (Ed. Calambur, Madrid) ha pasado por las prensas. Aunque no han sido los últimos: hace unas semanas, la misma Editorial ha publicado El tiempo, el humo, el pasado. El caso es que desde que en la primavera de 1936 la guerra truncara lo que habría sido su primera publicación poética -acordada con Manuel Altolaguirre para la mítica colección "Héroe"-, Gurruchaga ha persistido en su silencio. Es importante anotar que voluntariamente: Franz Xaver Kappus, que pasó a la historia por ser el joven que escribía a Rilke pidiéndole consejo sobre si debía ser poeta, recibió como respuesta de éste que no le preguntase a él, que preguntase a la necesidad: "pregúntese: ¿debo escribir?¿me moriría si no escribiera?".Hoy, a la vista del panorama, quizá le hubiera dicho: "pregúntese: ¿debo escribir? ¿me moriría si no publicase nada de lo que escribiera?".Alguien que conoce bien a Joaquín Gurruchaga nos pasa un par de hojas escritas a mano con tinta azul: cuentan la historia de un despacho que escondía "cuadernos con poemas escritos a lápiz... con lápiz blando de dibujo y trazos gruesos, que se iban poco a poco borrando, según él decía, porque nadie tenía acceso a ese mundo suyo secreto. Nadie los había leído excepto él". En esas mismas líneas se cuenta que en 1992 le convencieron para que "fuese dictando tranquilamente sus poemas a un pequeño magnetófono de bolsillo" (como en París, Texas, la película de Wenders). Más tarde, "una inmensa máquina de escribir alemana, de los años treinta, fue la encargada de la transcripción". Bautizaron a la máquina con el nombre de "Champollion". El resultado del trabajo de desciframiento de Champollion, "un paquete de folios", fue a parar a "un arcón de madera, que cerró su pesada tapa guardando nuevamente los poemas secretos... En el verano del 94 le pedimos permiso para sacar los poemas del sarcófago... En el otoño del 94 los leímos por primera vez".Cualquier otro final menos feliz de esta pequeña historia hubiera sido inmisericorde con los lectores de Joaquín Gurruchaga, NUEVA REVISTA añade ahora a sus dos libros llenos de espléndida poesía ("¿Qué quieres que te diga?/N o se. /Algo como el viento,/de noche.": Últimos Poemas, pág. 82), estos epigramas inéditos. Son diez, como diez minúsculas obras de misericordia. Y el "grande" de don José Ortega hubiera estado de acuerdo. Manuel Fontán del Junco. IAtardece. El día termina en un cielo azul, oscuramente azul. Sombras profundas atraviesan estrellas lejanas. La gente deja de pasar por la calle. Oigo coches aislados. Hace frío. Todavía luces brillantes en las tiendas que se cierran.24 de diciembre, 1984IIEn la juventud amamos como un golpe de viento, como una ola en el mar, como el rayo que convierte en ceniza los árboles. Más tarde, amamos como la nieve,...

Pero…es ésto crítica

Hay dos secciones en la prensa periódica muy parecidas  entre sí por el común desmentido que suelen ejercer sobre lo que uno esperaría encontrar bajo sus títulos: "Sociedad" y "Crítica de arte". La primera abunda en tragedias familiares, crímenes pasionales, inesperados secuestros a manos de parientes, atroces vejaciones, separaciones y desaparecidos -o sea, justo en los sucesos más asociales de todos-. Las  segundas parecen tratar de arte y de artistas, pero ... ¿dónde está la crítica?

Mente y cerebro

José Luis González Quirós,
Mente y cerebro
Iberediciones, col. Parteluz 5
Madrid, 1994, 329 págs.