Manuel Arias Maldonado

18 publicaciones 0 Comentarios
Manuel Arias Maldonado es Profesor profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Málaga. Ha disfrutado de una beca Fulbright en la Universidad de Berkeley e investigado, entre otros centros, en el Rachel Carson Center de Munich y el Departament of Environmental Studies de la Universidad de Nueva York. Sus último libro son Antropoceno. La política en la era humana y La democracia sentimental. Política y emociones en el siglo XXI.

American History X: Obama y el relato postsoberano

Obama ha intentado dar forma a una América postimperial que no renuncia al uso de su poder, pero presenta a éste como una instancia reflexiva y falible.

El dudoso encanto de la abstracción

La democracia incuba dentro de sí misma los resortes para su propio socavamiento, al verse dificultada la discución racional sobre los problemas que está llamada a resolver.

Semántica de la Transición: sobre la vigencia de un mito político

En el caso de España, precisamente, cabe preguntarse si ese relato sigue en pie: si la mitología sobre la que se ha asentado la legitimidad del actual régimen constitucional -la transición a la democracia- ha sobrevivido a las tensiones desencadenadas por la crisis.

Toni Erdmann: un milagro alemán

La película de Maren Ade, Toni Erdmann: un milagro alemán, confirma la extraordinaria vitalidad de un medio artístico -el cine- para el que no dejamos de escribir prematuros epitafios.

Recetario antipopulista

Las recetas que se glosan a continuación están lejos de presentarse como infalibles y, si de recetas hablamos, han de verse como un complejo vitamínico para la acción pública y no como un antibiótico cuya ingesta garantiza la desaparición del virus pasado un cierto tiempo.

Presidente Trump: guía de perplejos

De cómo EEUU, según observó en cierta ocasión Don Delillo, produce más historia de la que sus novelistas pueden absorber.

Dylan o la nostalgia del canon

Digámoslo ya: la sociedad pluralista es extenuante. Siempre hay alguien en desacuerdo, cualquier consenso contiene disidencias irremediables, la discusión pública no termina nunca. Para colmo, la eclosión de las redes sociales ha intensificado este rasgo contencioso: cada teléfono es ahora una potencial unidad de emisión de desacuerdos. De ahí que a veces nos sintamos abrumados por semejante carga de negatividad y experimentemos la tentación del aislamiento. Y es que hace falta mucha paciencia para ejercer la ciudadanía de manera activa. No es así de extrañar que el espacio público suela estar superpoblado por los actores más dogmáticos y radicales, que son quienes más pasionalmente defienden sus ideas y menos se cansan de discutir con los demás: si la fe no mueve montañas, bien podría.Viene esto a cuento de la todavía reciente concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, que ha suscitado una intensa conversación pública y confirmado que la nuestra es una época caracterizada por un intenso conflicto dialógico: los temas cambian, la contienda continúa. Sería ingenuo pensar que el pasado era más pacífico; sencillamente, el ciudadano de a pie carecía de los medios técnicos para expresarse públicamente y el debate consiguiente estaba dominado por un conjunto limitado de voces, representativas -a escala- del conjunto. Pero también es claro que la articulación digital del debate lo ha desordenado y banalizado: basta tener la posibilidad de opinar para que uno crea tener opiniones sobre cualquier cosa. Bob Dylan, entre ellas: ¿cuántos de quienes se manifestaron en contra de la concesión del premio conocerán de veras su obra y serán capaces de entenderse con ella en inglés? A cambio, para no caer en el pesimismo, las herramientas digitales ofrecen la posibilidad de refugiarse en comunidades epistémicas especializadas que responden a nuestros intereses: un foro dedicado al análisis de la obra de Dylan, pongamos por caso. De modo que no se trata de las redes; se trata de nosotros.En cualquier caso, quizá lo más llamativo de esta controversia haya sido la fortaleza aparente de un premio que, en buena lógica, debería carecer ya de toda autoridad. No nos engañamos: muchos hablan del Nobel por hablar de algo. Pero en la ferocidad con que se ha criticado o defendido su concesión a un músico por vez primera se adivina un curioso deseo de jerarquías, una nostalgia del canon que no deja de llamar la atención tras el giro posmoderno de los años noventa. ¿Qué importancia puede tener lo que diga la Academia Nobel, más allá del beneficio que proporciona a los libreros impulsando las ventas del escritor premiado? ¡Es como tomarse los Oscars en serio! Y sin embargo, parece que necesitamos de este tipo de autoridades: para respetar su juicio o para rebelarnos contra él. Sin ellas, sin el propósito de codificación que implícitamente conllevan, no habría manera de evaluar la validez de la candidatura que cada creador -lo busque o no- presenta ante sus contemporáneos.Irónicamente, de hecho, la discusión sobre el Nobel de Dylan concierne menos a Dylan que al...

El regreso de las multitudes

 Pocas fantasías psicopolíticas más instructivas que la fábula del estado de naturaleza. O sea, el relato sobre lo que sucedería si los seres humanos vivieran sin autoridad alguna que los constriñese. En este escenario prepolítico han buscado pensadores de todas las épocas justificación para su idea del ser humano y la sociedad que debe contenerlos: desde el buen pionero de Locke al buen salvaje de Rousseau, de la guerra de todos contra todos en Hobbes al acuerdo entre sujetos razonables en Rawls. ¿Qué pasaría si estuviéramos solos? Ninguno de ellos arranca de esta hipótesis para llegar a una conclusión, claro, sino que todos ellos tienen ya una conclusión y se sirven de la hipótesis para vendérnosla. ¡Hasta los grandes pensadores tienen algo de mercachifles! Ahora bien, lo que interesa subrayar ahora es que cuando nos asomamos a esas narraciones solemos fijarnos en su protagonista individual y no en el hecho, determinante, de su aglomeración. Herencia de las técnicas de la novela, hay que suponer: el lector se ve envuelto en una conciencia y desde ella contempla el mundo. Sin embargo, es la coexistencia forzosa entre seres humanos lo que nos obliga a pensar moral y políticamente: Robinson Crusoe cobra interés cuando aparece Viernes y no antes. Ya lo dicen los anglosajones: It takes two to tango. En otras palabras, hacen falta dos para poder bailar. Además, con dos basta: la coexistencia es ya problemática en el Jardín del Edén -paradisíaco estado de naturaleza- a causa del error de Eva que padece Adán. Es porque somos muchos, en fin, que tenemos que decidir cómo queremos ser: no hay individuo sin humanidad. Ya nos parezca esta última una bendición o una condena. Sucede que la pluralidad está de moda. O mejor dicho, se ha impuesto por sí misma en este turbulento comienzo de siglo: allá donde miremos vemos grupos humanos enfrentados entre sí, recelosos del prójimo, dedicados a tener razón. Ahí están las migraciones masivas que sacuden el paisaje político europeo, el terrorismo islamista que resucita viejas divisorias religiosas, el tribalismo moral que agudiza la polarización política en el interior de las democracias occidentales, los disturbios raciales que disipan el espejismo de la Norteamérica postracial, la brecha entre las distintas Gran Bretañas que nos trae el Brexit, la cólera de los populistas contra el establishment y la de los usuarios de las redes sociales entre sí. De repente, el otro nos irrita: desandamos el camino recorrido desde Rimbaud ("yo es otro") y echamos mano de Sartre ("el infierno son los demás"); pasamos de la zozobra interior a la beligerancia exterior. Y es que creíamos habitar una cómoda casa con jardín en las afueras, pero nos hemos descubierto de viaje en un vagón de metro atestado. A esta creciente irritabilidad misantrópica se opone la idea de que la pluralidad, además de inevitable, es benéfica. ¡En la variedad está el gusto! Pocos acontecimientos simbolizan mejor la versión mainstream de esta tesis que los Juegos Olímpicos: la pluralidad se convierte allí en una diversidad multicolor que se...

Verano eterno

No diga verano, diga vacación. Dejando a un lado a esos actores secundarios que son los trabajadores del sector turístico, el estío es la temporada del sujeto vacacional: él ejerce como protagonista de un hormigueo global que hará las delicias de los analistas de datos masivos en el sótano correspondiente. Es en el verano cuando nos preguntamos unos a otros por el destino de nuestro asueto, asumiendo la necesidad universal de "cambiar el chip", como dicen los españoles en frase gastada pero reveladora. Reveladora, quiere decirse, de una mentalidad con arreglo a la cual los paréntesis vacacionales tienen como función aliviarnos la carga del trabajo -aunque con ello carguemos de trabajo a otros - para así poder seguir contribuyendo a la factoría de la modernidad. Y es que hasta los soviéticos tenían su dacha. Vaya por delante que hemos avanzado mucho desde que Monsieur Hulot paseara por las playas norteñas de Francia sembrando el caos burgués. Naturalmente, todavía hay familias que se suben al coche y conducen sin pausa hasta el apartamento de la playa, abuela incluida. También allí quedan restos de la batalla cultural, suavizada por la lujuria y el deseo de ganancia de los aborígenes, que retratara Luis García Berlanga en ¡Vivan los novios! Pero la panoplia de posibilidades vacacionales se ha estirado hasta lo indecible, como efecto de la hiperdiferenciación del capitalismo en el lado de la oferta y la individualización expresiva en el lado de la demanda: queremos cosas distintas y el mercado las ofrece, sin que podamos descartar que queramos cosas distintas por ofrecerlas el mercado. De manera que nos encontramos con el resort playero tradicional y la ruralidad con encanto, las aventuras selváticas y las junglas urbanas, el aislamiento waldeniano y el turismo de Holocausto, el desenfreno ibicenco y el campamento infantil, a ferragosteños y septembrinos. ¡A cada cual, lo suyo! Pero todos -o casi todos- en movimiento. Aquellas líneas de Radio Futura: "Es el fin del invierno, iré cerca del mar / Vestiré como un dandi, daré largos paseos / Pensaré en los detalles de mi próximo plan". Aunque el plan a trazar hoy sea, justamente, el de las vacaciones. Si uno espera al mes de junio, lo encuentra todo reservado: hay quienes organizan sus vacaciones en plenitud romántica y están separados a la hora en que despega el avión. Este panorama sirve asimismo para subrayar la importancia que los reclamos estimulares tienen en el capitalismo tardomoderno. Frente a la manida tesis de Guy Débord sobre la sociedad del espectáculo, aquella que introduce una falsa conciencia en nuestra subjetividad y nos hace vivir como esclavos felices, habría que enfatizar la medida en que el capitalismo contemporáneo persigue eficazmente el gozo del individuo: un puro disfrute de alto contenido "sensacional" que ofrece múltiples rendimientos temporales: la anticipación del gozo, el gozo mismo, el recuerdo del gozo. Por eso dice Colin Campbell que el consumo de masas es de raigambre más romántica que protestante: más hedonista que severa. Si el viejo capitalismo industrial se asentaba en la...

Nueve cartas al Brexit

1. Obsolescencias políticas. Se vuelve a demostrar que el referéndum es un instrumento inadecuado para la toma de decisiones trascendentales en sociedades complejas e interdependientes. Hablar de "voz del pueblo" para referirse a cuerpos sociales desmembrados en multitud de partes dispersas -Londres/periferia, Inglaterra/resto, jóvenes/mayores, residentes/expats, nacionalistas/cosmopolitas- carece de sentido: lo que emerge se parece más a una ventriloquía por agregación. También ha quedado claro que su sola convocatoria abre un espacio emocional cuyas dinámicas no pueden preverse ni controlarse. Por efecto de las lógicas de la opinión pública, acaso reforzadas en la era digital, hipérboles y falsedades dominan enseguida la conversación mayoritaria, dejando el matizado análisis de hechos y argumentos racionales en un segundo plano. Hay, claro, Altos Debates que tienen lugar simultáneamente; pero el tenor general del debate público propende a la mendacidad y la exageración. No es casualidad que Nigel Farage, líder oficioso de la campaña por la salida, haya dejado ya claro en la mañana de autos que quizá se exageró al decir que el Brexit permitiría desviar una cantidad millonaria de libras a la Seguridad Social británica. Y es que una sociedad en estado refrendatario tiende de manera natural a primar las emociones y las falsas razones sobre los buenos argumentos. Nada de lo que sorprenderse: somos sujetos sometidos a déficits de racionalidad, distorsiones perceptivas, renuentes a informarnos, sensibles a las influencias afectivas. Sin la mediación representativa, estas deficiencias se hacen mucho más evidentes. Se colige de aquí que los plebiscitos no son el instrumento más adecuado para el gobierno democrático. Máxime cuando quienes con más denuedo se movilizan en ellos son los más convencidos y, por tanto, los más dogmáticos: término de origen religioso que nos coloca en la pista correcta. 2. La paradoja del liderazgo. No tendríamos Brexit sin David Cameron; o sea, sin su decisión de convocar un referéndum cuya intención original no era sacar a Gran Bretaña de la Unión Europea, sino acabar con la guerra intestina del Partido Conservador. "Así que el gran apostador terminó por perder", ha escrito flemáticamente The Economist: tras ganar dos referéndums, Cameron perdió el más relevante de todos. Pero, ¿tiene sentido que una decisión que afecta tan gravemente el destino político de un país y el de la estructura multinacional del que se excluye sea tomada por un solo hombre y además por razones espúreas? En sociedades interconectadas por medios digitales, interdependientes por efecto de los vínculos económicos y culturales que la globalización ha profundizado, ¿qué pensar de este resto tribal, esta suerte de decisionismo democrático? No hay una solución fácil: el gobierno de la "multitud" es técnicamente imposible y moralmente indeseable. De modo que la importancia de los buenos liderazgos -o del liderazgo en general- es más patente que nunca. Pero no hay forma de asegurarnos de que tendremos más Obamas que Trumps, ni de que alguien con las credenciales iniciales de Cameron no desarrollará la afición a equivocarse jugando a la ruleta rusa de las consultas populares. Durante épocas de crisis, dicho sea de...

Falsos inocentes. Hitchcock en la era del espectador

Kent Jones y Serge Toubiana han vuelto a poner de manifiesto la vigencia de la obra cinematográfica de Alfred Hitchcock recuperando en un documental la célebre conversación que el director inglés mantuvo con Françoise Truffaut en 1962.
Nueva Revista

Lúculo desencadenado

Alguien caracterizó una vez al ser humano como un animal que guisa. O sea, un animal que refina su ingesta de otros animales -o de distintas especies vegetales- y convierte así un acto banal dentro de la cadena trófica en un contenido de cultura. Desde ese punto de vista, podríamos contemplar el actual protagonismo de la gastronomía en la cultura de masas como un salto evolutivo. Aunque también habrá quien, enfrentado al protagonismo televisivo de un chef estrella, opine que nos encontramos más bien ante una desadaptación a gran escala que anuncia el ocaso de la civilización.Naturalmente, no conviene exagerar. Pero no cabe duda de que hay algo llamativo en la manera en que lo foodie se ha convertido en signo destacado de nuestro tiempo. Desde luego, no es un fenómeno del todo nuevo. El mismísimo Michel de Montaigne, allá por la segunda mitad del siglo XVI, anticipaba la alianza entre retórica y gastronomía cuando describía su charla con el mayordomo italiano de un cardenal: "Me ha pronunciado un discurso sobre el arte de la comida con gravedad y gesto magistrales, como si me hablara de algún punto importante de teología". Entre otras cosas, destaca como si escribiera hoy mismo, el mayordomo le ilustraba sobre el arte de la administración de las salsas o las diferencias entre ensaladas según la estación. Pues bien, se diría que ahora, en la sociedad del espectáculo, todos somos ese mayordomo.Y es que hemos asistido en los últimos años a una exacerbación de la gastronomía y lo gastronómico que ha desbordado todos los límites imaginables. Es claro que la comida nunca ha sido sólo comida: debido a su centralidad antropológica y al hecho de que satisface un apetito del que pueden derivarse placeres animales, la cocina ha entretenido desde siempre nuestras conversaciones y dado lustre a más de una rememoración. Ésta solía ser dolorosa allí donde el subdesarrollo dejaba su sello: los alemanes de distintas épocas han soñado con una Schlaraffenlad, o utopía caracterizada por la abundancia infinita de alimentos, un poco a la manera en que nuestro Carpanta se imaginaba en la posguerra pollos asados cuando paseaba por Madrid. Pero en la era de la abundancia, habiendo pasado España de la cartilla de racionamiento a la consulta compulsiva de Trip Advisor, la comida se ha convertido en una de las bellas artes. O mejor dicho, en la enésima. Porque la comida no ha hecho sino caer inevitablemente bajo la influencia de los procesos de mercantilización y estetización propios de la tardomodernidad.Esto significa, entre otras cosas, que se produce una hiperdiferenciación de la oferta que convive con eso que Marx llamaba el fetichismo de la mercancía: con la salvedad de que en este caso la mercancía es un cocido maragato acompañado de literatura. Si somos más precisos, de hecho, el capitalismo contemporáneo ofrece menos el cocido maragato eo ipso que la experiencia del cocido maragato. Y juega así hábilmente -menos "el capitalismo", claro, que sus actores indidivuales- con la propensión humana a recrear y...
Nueva Revista

Noticia del extranjerismo

Si la identidad es una comparación, las crisis de identidad son comparaciones de las que salimos malparados. O sea, dignidades heridas debido a un complejo de inferioridad sobrevenido. Así ha sucedido con España, tan aficionada a subsumirse en la mirada extranjera para hacerse una idea de sí misma como inclinada a buscar en el exterior los modelos de virtud a los que dice querer aproximarse. Inevitablemente, el resultado es en ambos casos y en las dos direcciones una grosera simplificación que denota la singular obsesión nacional con lo extranjero, convertido de hecho en un auténtico régimen de percepción no carente de elementos disciplinarios. Si, como planteara Edward Said, los novelistas y poetas occidentales se habían "inventado" a Oriente, sustituyendo su heterogénea realidad por un compuesto de imágenes e ideas gradualmente implantadas en nuestra psique colectiva, algo parecido han hecho los españoles con lo foráneo: de la Leyenda Negra a Dinamarca, pasando por los viajeros románticos y el estrellato de los hispanistas extranjeros. Hay un extranjerismo de factura española que es a la vez resumen de nuestras frustraciones y expresión de nuestras inseguridades. Pensemos en cómo, durante las distintas campañas electorales del pasado año, Dinamarca se erigió en el patrón comparativo que servía para desnudar los vicios nacionales y marcar el camino a seguir para la redención de un sistema político y social corrompido desde los cimientos. Bien es cierto que el mismísimo Francis Fukuyama, en su monumental díptico sobre los orígenes y evolución del orden político, también alude a Dinamarca; pero su Dinamarca es menos una estadística matizada por Borgen que el arquetipo de la buena democracia. Simultáneamente, se ha renovado la atención que prestábamos a los corresponsales extranjeros, privilegiados agentes epistemológicos que, inflitrados en nuestro cuerpo social, carecen de las anteojeras de los nativos y pueden ver con más claridad nuestros defectos. ¡Con qué sádica delectación hemos leído los innumerables reportajes titulados The pain in Spain y las crónicas que arrancaban describiendo la visión alucinada del aeropuerto de Ciudad Real emergiendo de la planicie manchega! Sobre las anteojeras del propio corresponsal, dispuesto a identificar rastros de la Guerra Civil en la más banal de las conductas, apenas hemos reflexionado. Ni siquiera los independentistas catalanes han escapado a esta superstición, como testimonia ese "el món ens mira" que oscila entre la aseveración y el anhelo. Si me apuran, incluso el aura que rodea a Luis Garicano, ministro de Economía en el shadow cabinet de Ciudadanos, confirma por enésima vez el prestigio adicional de que goza quien ha hecho su carrera fuera de nuestro país. Tiene su sentido. Sabemos demasiado de España y es inevitable pensar que quien se ha abierto paso en la meritocracia liberal anglosajona tiene algo valioso que enseñarnos. Dada la dificultad que experimentamos para discernir al capaz del incapaz en un contexto social donde el clientelismo y el familismo bloquean las señales de mercado correspondientes, es lógico nos deslumbren aquellos marcadores de mérito que provienen de sistemas que -sin ser perfectos- discriminan en mayor medida a los mejores...
Nueva Revista

Raíces profundas: sobre la posibilidad del ecologismo conservador

 Hasta tal punto estamos acostumbrados a cartografiar la realidad social con arreglo al eje izquierda/derecha, que éste parece haberse convertido en una categoría a priori del entendimiento político: defensa del aborto a la izquierda, libre mercado a la derecha. Sin embargo, es dudoso que exista una ontología política que determine espontáneamente esa adscripción: es sorprendente saber que fue Reagan quien legalizó el aborto en California cuando era gobernador del estado o que la crítica conservadora del libre mercado ha rivalizado a menudo con la formulada por la izquierda. Naturalmente, sería absurdo desdeñar esta divisoria como un mero capricho de los encuestadores: sin la autoidentificación de los ciudadanos a uno y otro lado de la misma -asociada a emociones decisivas para la movilización política- no es posible entender las dinámicas del proceso político y la competición electoral. Pero esa misma identificación conduce fácilmente a juicios de valor apresurados sobre la valencia política de determinados problemas cuya naturaleza, al margen de los clichés, es irremediablemente ambigua. Tomemos en consideración la siguiente historia, relatada por Kelly Reichardt en su película Night moves (2013). Josh y Dena son dos jóvenes norteamericanos preocupados por el medio ambiente de su comunidad local. Ambos llevan vidas tranquilas, que incluyen la colaboración con una granja ecológica dedicada a la producción de alimentos orgánicos con sello local. Su indignación con la destrucción ecológica, no obstante, crece hasta tal punto que se sienten en la necesidad de actuar: hacer algo para cambiar las cosas. ¡Porque las cosas tienen que cambiar! A tal fin, elaboran un sofisticado plan que ha de culminar en la voladura de una presa que consideran dañina para el entorno. Por desgracia, un inocente campista muere en la inundación así provocada y ambos se convierten en prófugos de la justicia. Horrorizados por las consecuencias de su acción, comprenden tarde su error. ¿Son estos activistas de izquierda o de derecha? En la medida en que son anticapitalistas, podríamos responder que su adscripción natural está en la izquierda. Sin embargo, el deseo de preservar el medio ambiente de la predación humana es intrínsecamente conservador. Y, como se ha señalado más arriba, el rechazo del capitalismo no es patrimonio de la izquierda. Más aún, el conservadurismo propende a la crítica del progreso con la misma facilidad que la teoría frankfurtiana, si bien por razones distintas: el conservador lamenta la pérdida de las tradiciones y otorga presunción de validez a aquellas instituciones sociales que han pasado la prueba del tiempo, mientras la izquierda benjaminiana deplora su facilidad para sacrificar a los subalternos de la historia en nombre de las abstracciones. En ambos casos, se contempla con disgusto el predominio de la sociedad sobre la comunidad, que socava por igual los vínculos locales del conservadurismo y la solidaridad de clase de la izquierda. En una palabra, nada impide que un conservador pueda ser ecologista o que un ecologista pueda ser conservador. Si alguien ha defendido con entusiasmo esa posibilidad es Roger Scruton, singularísimo pensador británico que publica monografías con la misma facilidad con la...

La hora del lobo

 Durante el episodio cubano de la segunda parte de El padrino, un recién llegado Michael Corleone asiste a un control policial que impide avanzar a su coche. De repente, uno de los retenidos se lanza al interior del coche de los agentes gritando un “viva la revolución” y haciendo estallar una granada. Impresionado, Michael se interesa por la identidad de los revolucionarios. Su conclusión, tras lo que ha visto, es clara: si no tienen reparo en morir, pueden ganar. Horas después, se verá obligado a abandonar precipitadamente la isla cuando, ante la peligrosa proximidad de las tropas lideradas por Fidel Castro, el dictador Fulgencio Batista deje la isla. Michael tenía razón: es difícil luchar contra quien está dispuesto a inmolarse por una causa. Y el sofisticado atentado perpetrado por el Estado Islámico el pasado viernes ha vuelto a recordárnoslo, antes incluso de que pudiéramos olvidarlo. Pero no pueden ganar. Hechos simples, causas complejas: resumen aproximado de la atrocidad cometida en París la noche del pasado viernes. Sabemos quién, qué, cómo; pero el porqué, algunos porqués, permanecen borrosos. De ahí que la serenidad haya de imponerse como método de trabajo, ahora que se debate cómo actuar para evitar que los atentados yihadistas amenacen la supervivencia de nuestras sociedades liberales. Máxime cuando la atención a los matices no está reñida con la contundencia de la represión que demanda la obstinación asesina del Estado Islámico: la violencia legítima de los Estados democráticos rara vez fue más legítima. Distinto asunto es que sea suficiente, o produzca los efectos deseados. Tampoco está claro que el paso de las palabras a los hechos -de la promesa retórica de la unión transnacional a los cadáveres repatriados separados por naciones- vaya a producirse sin vacilación. En un contexto así, con ánimo de evitar tanto la afirmación tajante como la equidistancia elusiva, quisiera aproximarme al problema formulando un conjunto de observaciones que no poseen carácter exhaustivo ni pretenden agotar las explicaciones posibles a un problema de la máxima relevancia para el mantenimiento sin adulteraciones de las formas de vida civilizadas. 1. El conflicto entre lo viejo y lo nuevo. Mientras Estados Unidos tiene cada vez más problemas para reclutar nuevos soldados, según The Economist, el terrorismo islámico causa más de cien muertos en París: así podría resumirse lo sucedido en una sola frase. Pero el reproche que pudiera plantearse ante la presunta "debilidad" occidental debe formularse con cuidado: las sociedades liberales recelan del uso de la violencia porque la violencia cumple una función cada vez menos destacada en sus rituales y formas sociales, y ese mismo refinamiento civilizatorio dificulta el uso de la fuerza allí donde puede llegar a hacerse necesario. Por su parte, lo viejo en el yihadismo es su resistencia a aceptar la contaminación global de las culturas y el consiguiente debilitamiento del islam tradicional, algo que queda expresado con claridad cuando, en uno de los comunicados emitidos tras los atentados, descalifican París como ciudad de costumbres abominables. Escribe Peter Sloterdijk en Has de cambiar tu vida: "En las...

Psicopatología del independentismo

 Mucho se ha discutido sobre las causas del nacionalismo catalán con motivo de su reciente ebullición separatista, momentáneamente frenada en las urnas tras el fracaso del plebiscito fantasma convocado por sus líderes bajo el disfraz de las últimas elecciones autonómicas: tanto se discute como se discrepa. Y se discrepa sobre las causas tanto como sobre las soluciones, hasta el punto de que es legítimo dudar que las haya. En ese caso, podría aducirse, el problema no existe: disfrutemos del espectáculo que depara la ingeniosa escenificación independentista con la sonrisa sardónica de quienes ya lo han visto todo, abrazando en consecuencia la orteguiana conllevancia a la que tan acostumbrados estamos. ¡Quién pudiera! Pero no podemos. El discurso separatista se halla tan enquistado en la conversación pública catalana -así como, por contaminación, en la española- que no cabe descartar una trayectoria, sea gradual o acelerada, que conduzca hacia una mayoría secesionista. Es importante entender que bastarían unos pocos puntos porcentuales favorables a la independencia para que la situación política experimentase un giro considerable. Y ello porque algunos hechos tienen una fuerza que trasciende con mucho la prefiguración que de los mismos, con la ley en la mano, nos hacemos. Por ejemplo, esa mínima ventaja provocaría que la comunidad internacional abandonase su discurso westfaliano y reconociese la valencia simbólica del hipotético sorpasso, momento en el cual todas las deslealtades y desobediencias del nacionalismo -no digamos su labor, precisamente, "nacionalizadora"- serían arrojadas a los márgenes de la historia oficial y consideradas anécdotas de hemeroteca. Sin duda, sería ésa una pobre victoria, fracturada como está en dos mitades la propia sociedad catalana, conducidos sus habitantes al antagonismo civil por una élite política a la que, por lo demás, una buena parte de esos mismos ciudadanos han votado sin interrupción; pero victoria sería. Naturalmente, es imposible saber si esa ventaja llegará o no a materializarse. En principio, el futuro luce separatista: el ritmo y la intensidad de las políticas nacionalizadoras no decaerá, como tampoco cesará la progresiva desaparición de aquellas cohortes generacionales que mayor número de ciudadanos contrarios al separatismo parecen contener. Sucede que el espíritu del pueblo no siempre se aparece allí donde se lo espera, y bien pudiera tener lugar un retroceso del separatismo entre los nuevos votantes, como ha pasado en Québec. No en vano, las recientes elecciones autonómicas pueden también interpretarse como la pérdida de una oportunidad de oro para el independentismo, que no habría alcanzado una mayoría capaz de legitimar su proyecto en las mejores condiciones posibles: una crisis económica, una oposición descabezada y, como guinda, el impopular gobierno en Madrid de un gobierno popular, cuya sola existencia significa para muchos independentistas que España es Franco y Cataluña podría ser Dinamarca. Es precisamente sobre la psicología del independentismo, tal como puede reconstruirse a partir de sus argumentos y contradicciones, de lo que quisiera hablar: del separatismo, pues, como fenómeno psicosocial. Y ello, para contribuir de un modo indirecto a la comprensión de un problema endiablado, una auténticabattle for hearts and minds que remite...

La nueva vieja izquierda

 En 1922, el sociólogo norteamericano William Ogburn acuñó el concepto de "retraso cultural" para referirse al desajuste entre las condiciones materiales de vida y las actitudes y comportamientos sociales: mientras las primeras cambian con rapidez, o al menos vienen haciéndolo durante la modernidad, los segundos presentan mucha más resistencia al cambio. De ahí un retraso que, en períodos de cambio tecnológico a la vez acelerado y sostenido, amenaza con perpetuarse: como si en la tortuga nunca pudiera alcanzar a Aquiles. Ahora bien, a la vista del actual panorama político y atendidos los discursos dominantes, habría que preguntarse si ese cultural lag no afectaría también a las mismísimas ideologías políticas, provocando un desajuste entre los problemas sociales y las soluciones políticas propuestas. Desajuste que, como es natural, afectaría en mayor medida a aquellas ideologías que se oponen más frontalmente a la organización social vigente.Tal es el caso de la izquierda radical, cuyos representantes, en los últimos años, han tomado al asalto las posiciones socialdemócratas o amenazado su predominio a la izquierda del espectro político: véase a Syriza en Grecia para lo primero y a Podemos en España para lo segundo. Inesperadamente, una variante de este desplazamiento ideológico se ha producido en el interior del venerable partido laborista británico, cuyo veterano diputado Jeremy Corbyn se ha hecho con el liderazgo ante la perplejidad de blairitas y demás especies reformistas del género labour. A pesar de la abierta oposición de estos últimos, el alambicado sistema de elecciones primarias del partido, que otorga un notable protagonismo a los sindicatos, sumado al apoyo decisivo de los jóvenes, ha terminado por aupar al liderazgo del partido a quien hasta hace poco era un representante maginal de su ala más nostálgica. La sorpresa es tanto mayor, desde el punto de vista de la competitividad electoral del laborismo, si tenemos en cuenta la estruendosa derrota sufrida hace unos meses por Ed Miliband, quien aspiró a la presidencia del gobierno dotado de un indiscutible carisma negativo y apoyado en un programa notablemente escorado a la izquierda; al menos, para los parámetros de la pragmática sociedad británica. ¡Cómo no se habrá pagado, en las casas de apuestas británicas, una apuesta temprana por Jeremy Corbyn, el gran underdog!Tras el anuncio de su aplastante victoria, ha tenido lugar la habitual marea de entusiasmo en los medios de comunicación y redes sociales, que saludan la presunta novedad como lo que no deja de ser: una buena historia que vender a votantes y espectadores. ¡La socialdemocracia se radicaliza! Sin embargo, el comprensible entusiasmo por esta nueva izquierda esconde una realidad programática más bien decepcionante. Ni los enemigos del capitalismo liberal ni los amigos del debate de ideas pueden sentir demasiado interés por los planteamientos que Corbyn -pero también Podemos y Syriza- están poniendo sobre la mesa. O en las pantallas, ya que la metáfora de la mesa se nos va quedando anticuada. Y por ahí, precisamente, van los tiros.Es sabido que la nueva política no tiene, en sentido estricto, nada de nueva. Ni...

No es mejor callar: Auschwitz y los límites de la representación

En uno de sus muchos guiños a la hemeroteca, Jean-Luc Godard dejó dicho que un travelling es una cuestión moral. Aludía con ello a la influencia de que goza el cineasta -patrón del arte más democrático de la cultura de masas- cuando presenta ante los espectadores una determinada versión de la realidad y no otra. Y si alguien ha tomado al pie de la letra esa afirmación es su compañero de Nueva Ola Jacques Rivette, crítico primero y luego director, quien como es sabido denunció como "abyecto" el movimiento de cámara que en Kapò (Pontecorvo, 1960) se aproxima al cuerpo de un suicida que acaba de arrojarse sobre la alambrada electrificada de un campo de concentración nazi. Desde entonces, no ha habido ningún intento de relatar el exterminio nazi de los judíos europeos que no haya producido -con las debidas variaciones- su polémica correspondiente. Sucedió con La lista de Schindler (Spielberg, 1993) y con La vida es bella (Benigni, 1997), por mencionar los ejemplos más conocidos. Y vuelve a pasar, aunque con menor intensidad que antaño, con El hijo de Saúl, la película del director húngaro Laszlo Némes que ganó el Gran Premio Especial del Jurado en el último Festival de Cannes y acaba de estrenarse en España. Significativamente, la película comienza con una imagen fuera de foco, que da paso a la figura de un hombre demacrado que camina con la mirada fija y un gesto de extrema concentración. Desde ese momento, la cámara no se separará de él: se trata de un miembro de los Sonderkommando de Auschwitz, unidades formadas por prisioneros judíos encargadas de limpiar los hornos tras la cremación de los allí ejecutados, allá por el otoño de 1944. Más concretamente, se trata de un húngaro llamado Saúl Ausländer, o sea, Saúl el Extranjero, a quien seguimos por todo el campo -a través del cual se mueve con una libertad desde luego ficticia- en sus distintos quehaceres: por un lado, el cumplimiento de sus macabras funciones; por otro, el desempeño de las tareas de resistencia que conducirán a una revuelta rápidamente sofocada por los soldados alemanes. Mientras tanto, conocemos sus relaciones con los demás miembros de la siniestra unidad, no siempre buenas, así como el mercadeo -tambien sexual- entre prisioneros y carceleros. Mientras vacía una de las cámaras de gas, Ausländer topa con el cuerpo moribundo de un niño, pronto rematado por los verdugos, al que reconoce como su hijo: un delirio al que una ambigua escena posterior presta cierta credibilidad. Sea como fuere, Ausländer se consagra a la tarea -¿redentora?- de darle sepultura, con ayuda de un rabino cuya búsqueda constituye uno de los motores de la trama. Ésta, en la medida en que la entrevemos mediante el particular y riguroso punto de vista escogido por el director, incluye una visita nocturna al bosque cercano donde el exterminio se ejecuta pistola en mano, entre inmensas hogueras y fosas donde son arrojados los cadáveres, así como la fallida revuelta de los miembros de la unidad una vez...