Daniel Capó

33 publicaciones 0 Comentarios
Licenciado en Derecho. Columnista, crítico literario y asesor editorial.
Vista de Quebec. © Nicepix / Shutterstock

Juan Claudio de Ramón: “Canadiana”

Estamos ante un libro de viajes, memorias y experiencias. Pero bajo la apariencia de una culta –y entretenida– miscelánea, Juan Claudio de Ramón nos ha regalado una obra imprescindible para entender no sólo Canadá sino también para entendernos a nosotros mismos.

Jiménez Lozano y sus “Memorias de un escribidor”: la tradición talmúdica

Estamos ante el relato de la hermosura de lo pequeño, de las vidas insignificantes y olvidadas, de las personas sencillas, que nos recuerda el hilo ético y estético de la tradición talmúdica.

González Férriz: “Tengo una mirada ambivalente sobre el 68”

En esta larga conversación, Ramón González Ferríz desgrana las ideas centrales que recorren su libro "1968. El nacimiento de un mundo nuevo", plantea inquietudes y reclama ensanchar el marco conceptual del liberalismo contemporáneo.

Damián Flores y la luz de la memoria

Este texto acompaña el catálogo de “Barcelona. La luz de la memoria”, exposición de Damián Flores en la galería Alejandro Sales; Julián Romea, 16, Barcelona. Desde el 11 de junio.

Javier Gomá: “Hay que contrarrestar la ideología dominante que consagra al aguafiestas”

En su reciente "La imagen de tu vida" (Galaxia Gutenberg, 2017), Javier Gomá nos ofrece una sentida reflexión sobre el misterio de la memoria ejemplar y de la vida cumplida como fuente de luz ética.

Alfred Brendel. El pianista que es Europa

Descubrí a Brendel en Capri, frente a los faraglioni, tomando un té con mi mujer. Llovía fugazmente y la luz – más veneciana que mediterránea – me recordó a un Tiépolo

“La dialéctica de las dos Españas es un mito del pasado”

El gran escritor Valentí Puig publica en Galaxia Gutenberg "Fatiga o descuido de España". En el libro, a modo de diálogo platónicos, reivindica la alta cultura, la moderación y el respeto a la pluralidad.

Jane Austen. Una geografía de lo humano

Un breve homenaje a la autora inglesa en la conmemoración de su bicentenario.

Por qué amamos las biografías

Abundan en nuestros días las biografías;que husmean los detritos de la vida, como un obsequio a la banalidad de la existencia.

Pascal Quignard: un grande de Europa

El autor de "Todas las mañanas del mundo" publica ahora sus "Pequeños tratados" en la editorial Sexto Piso. Una obra que, por inteligencia y clasicismo, nos obliga a situar a Quignard en el podio de la literatura europea de nuestro tiempo.

Armando Pego: “La defensa de la conciencia, al modo de John Henry Newman, es decisiva en el momento actual”

A propósito de la culminación de su Trilogía güelfa (Ed. Vitela), Armando Pego, escritor y profesor de Filosofía en la Ramon Llull, conversa con Daniel Capó sobre libertad de conciencia, pedagogía, liturgia y cristianismo.

Rudyard Kipling, Crónicas de la Primera Guerra Mundial

"Crónicas de la Primera Guerra Mundial", soberbia recopilación de los ensayos periodísticos y reportajes que Kipling escribió durante la contienda para el Daily Telegraph y los medios norteamericanos, ejemplifican la peligrosa mutación que se dio a principios de siglo

Kipling en la Gran Guerra: literatura y propaganda

El siglo XX se inició bajo el signo de la pujanza germánica. El comunismo aún no había penetrado en Rusia –el triunfo de Lenin sería otra de las consecuencias imprevistas de la Primera Guerra Mundial– y el creciente poder de los Estados Unidos no situaba entre sus prioridades a la esfera europea. El factor impredecible de la Historia acude de inmediato cuando pensamos en la extraña evolución de un siglo que ha sido bautizado justamente como “el siglo de la  muerte programada”. En el año 1900 todavía cabía esperar que una paz perpetua prosperara en todo el continente. El Imperio Austrohúngaro, después de tres décadas de fuerte crecimiento económico, seguía conformando el tapiz central de Europa. Alemania carecía de una proyección colonial notable, pero su músculo industrial resultaba indiscutible. La vieja Inglaterra despertaba de la época victoriana como la gran potencia marítima de la época. “Rule Britannia”, cantaban los océanos mientras el suave tedio de una prosperidad moderada cundía entrelos países. Ignacio Peyró, en su espléndido prólogo a las Crónicas de Kipling, subraya la plácida atmósfera primaveral de este periodo. «Forma parte del acervo de las desilusiones humanas –escribe– que la Primera Guerra Mundial estallase en una cota nunca vista de optimismo histórico». La guerra de 1914 no sólo destruyó las ensoñaciones de paz, sino que terminó –junto con su epílogo del 39 al 45– con la llamada “edad  europea”. Fue una contienda larga y brutal que arrancó con el aplauso colectivo de los pueblos, convenientemente azuzados por la prensa nacionalista. «Por toda Europa –anota el historiador húngaro John Lukacs– había poblaciones desmoronadas, campos surcados por trincheras enormes, repletas de cuerpos heridos y cadáveres de cientos de miles de soldados. En 1916, más de medio  millón de soldados franceses, británicos y alemanes murieron en Verdún y en el Somme». Fue al mismo tiempo una guerra hondamente literaria; recreada, quiero decir, por la lúgubre escritura de unos jóvenes cuya vida se forjó entre las armas. Del Adiós a todo eso, de Robert Graves, a Tempestades de acero, el gran canto épico de Ernst Jünger, la experiencia bélica trastocó la Bildung de una generación que terminaría añorando –como en el caso de Joseph Roth– el papel sedante de los imperios. Porque lo característico de la Primera Guerra Mundial –o, al menos, uno de sus rasgos principales– fue el paso de un concepto antiguo de patria a uno moderno de nación, sujeto por tanto al poderoso dictado de las masas. «La época de las guerras de gabinete quedó atrás; ya sólo hay guerras entre pueblos», había predicho a finales del siglo XIX Helmuth von Moltke el Viejo, vencedor de la Guerra Franco-Prusiana de 1870. Y, en los enfrentamientos entre pueblos, las distintas narrativas nacionales asumen un protagonismo nuevo y creciente hasta el punto de que las ideas inculcadas en las masas terminan confundiéndose con la realidad. Cabe afirmar que, en las guerras del siglo XX, rigió una propaganda masiva que se construiría, como leemos en Sonámbulos, el fundamental libro del historiador australiano...

Benedetti Michelangeli. El aprendizaje del silencio

Arturo Benedetti Michelangeli (1920 – 1995) es el pianista de la transparencia. Pilotó un caza de combate durante la II Guerra Mundial, hizo de probador de Ferraris, practicaba el alpinismo. Su técnica era perfecta, inmaculada, precisa como un reloj.
Nueva Revista

José Andrés Rojo: “Siempre estamos negociando; nunca somos iguales a nosotros mismos”

 “Es necesario decirle adiós a nuestros muertos –leemos en Camino a Trinidad, el último libro de José Andrés Rojo-. Y consuela saber que algunas cosas pueden seguir vivas”. La buena literatura, por ejemplo, sedimentada en una memoria que se confiesa libre. Ambientada en parte en la Bolivia de Hugo Bánzer, Camino a Trinidad (Pre-Textos) es una excelente novela, sobria y meditativa, que reflexiona sobre el misterioso azar que atraviesa, con sus interrogantes, el sentido de nuestras vidas. Empecemos por la biografía. Usted es nieto del general Rojo, héroe republicano de la Guerra Civil, a quien le ha dedicado una magna biografía. Al terminar la guerra, su abuelo se exilió, si no recuerdo mal, primero a Argentina y después a Bolivia, donde nace usted en 1958. Quería preguntarle en primer lugar por la sombra de su abuelo en la familia. ¿Qué recuerdos guarda de él y de qué modo su personalidad y su ejemplo conformaban un capítulo del “léxico familiar”? No guardo recuerdos del general porque no llegué a conocerlo. Regresó a España -estaba ya enfermo y creía que iba a morirse enseguida-en 1957. Aguantó una larga temporada, hasta 1966, unos cuantos años antes de que mi familia se trasladara a Madrid en 1971. Así que no coincidimos nunca. Pero ha estado siempre presente, de la misma manera (imagino) que en tantas otras familias siguen pesando en los hijos y los nietos los abuelos y, de paso, aquella remota Guerra Civil. Esa antigua herida dura quizá un poco más en los que tuvieron que irse y luego volvieron. Como si no pudieran terminar de quitársela de encima. Yo tenía que haber sido boliviano y terminé siendo español. Al final no eres de ninguna parte. El léxico familiar, en nuestro caso, está por eso lleno de lagunas, no hay continuidad. Hay muchas palabras que vienen de lejos y que ya no sabes qué significan. Me embarqué en escribir sobre mi abuelo porque quería entender qué significaba aquello de que, en la guerra, “había cumplido con su deber”. La honradez de su posición nos ha marcado a todos, pero de manera muy distinta.   En el año 71 usted regresa a España, estudia Sociología y termina, ya en el año 92, trabajando en uno de los periódicos centrales de la democracia española, El País. Su itinerario, siendo singular, es también representativo de una España determinada: la que regresa del exilio y participa vitalmente, tras la muerte de Franco, en la construcción de un país democrático y plenamente europeo. Hoy en día, en cambio, hay una corriente social importante en España que rechaza de plano la Transición y la democracia que surgió del 78, achancándoles todo tipo de déficits democráticos. Me gustaría preguntarle por este periodo y por la evolución que ha vivido el país desde que usted llegó en el 71 hasta nuestros días. ¿Qué lectura hace de este casi medio siglo?Madrid era, cuando llegué en 1971, una ciudad gris e infinitamente triste. Yo venía de un país pequeño y pobre de solemnidad, y...
Nueva Revista

G. de Cardedal (II): “Urge plantear las cuestiones científicas en relación con la fe cristiana”

 Nacido en Ávila en 1934, Olegario González de Cardedal ejemplifica el valor de la teología española en este último siglo. Formado en Múnich y en Oxford, profundo conocedor de la teología centroeuropea que ha definido el pensamiento cristiano desde el Concilio Vaticano II, en la ingente obra de Olegario González de Cardedal se persigue el diálogo entre la tradición y la actualización del mensaje cristiano al lenguaje y las claves hermenéuticas de nuestra época. Merecedor del prestigioso Premio Ratzinger en 2011, Olegario González de Cardedal acaba de publicar Ciudadanía y cristianía (Ed. Encuentro), una honda reflexión sobre el vínculo que existe entre el humanismo, la ciudadanía y la cristianía. Nueva Revista digital dialoga con el autor, entre otros temas, sobre el aggionarmento de la fe, el nuevo ateísmo, los gestos proféticos de Benedicto XVI y los retos de la evangelización en una sociedad líquida y desligada. ¿Cree usted que sería posible en España plantear los debates que se han dado en países como el Reino Unido, Alemania o Italia entre un miembro de la jerarquía de la Iglesia y un intelectual no creyente? Que yo sepa, en España no se ha intentado y quizás sea debido a que resulta muy complicado encontrar figuras que puedan o quieran hacerlo.Es una tristeza pero en España nos falta el diálogo público y crítico sobre las cuestiones fundamentales de la vida humana y de la sociedad; no solo sobre las cuestiones religiosas o teológicas. El desconocimiento del cristianismo por nuestros intelectuales es sobrecogedor, unas veces por la ignorancia que supone y otras por la insolencia con la que se expresan. No salimos de un clericalismo decimonónico. Y tampoco tenemos en la Iglesia hombres y mujeres del campo de la ciencia, de la cultura  y de la Universidad que con toda libertad y rigor planteen las cuestiones científicas, teóricas y  prácticas en relación con la fe cristiana. En este orden reina un silencio mortal. La ausencia de esas personalidades de valor trasversal, cualificadas por su dignidad, saber y capacidad de diálogo, es una indigencia moral suprema en nuestra sociedad. El papa Benedicto XVI nos invitó a pensar “como si Dios efectivamente existiera”, en lugar de “vivir como si Dios no existiese”. Es una cuestión importante porque plantea la pregunta de Ciudadanía y cristianía. Brevemente, en su opinión, ¿qué pueden aportar la fe y la razón cristianas al mundo secular de hoy? ¿Cómo pueden iluminar y acompañar los problemas actuales? De hecho, en su libro, usted señala que ésta es precisamente para Joseph Ratzinger la pregunta crucial: “En un mundo donde se apaga la luz de Dios, ¿permanece entera y encendida la luz del hombre?”. En los últimos años se ha utilizado la frase de Hugo Grocio (1583-1645) para proponer una comprensión de la vida humana sin Dios y vivir como si él no existiera. Pero el texto original de Grocio está en otra línea. “Aun cuando concediéramos la hipótesis impía de que Dios no existe, permanece válido el derecho natural como fundamento del Estado y de...
Nueva Revista

G. de Cardedal (I): “La pregunta por Dios y por el hombre son diferentes pero inseparables”

 Nacido en Ávila en 1934, Olegario González de Cardedal ejemplifica el valor de la teología española en este último siglo. Formado en Múnich y en Oxford, profundo conocedor de la teología centroeuropea que ha definido el pensamiento cristiano desde el Concilio Vaticano II, en la ingente obra de Olegario González de Cardedal se persigue el diálogo entre la tradición y la actualización del mensaje cristiano al lenguaje y las claves hermenéuticas de nuestra época. Merecedor del prestigioso Premio Ratzinger en 2011, Olegario González de Cardedal acaba de publicar Ciudadanía y cristianía (Ed. Encuentro), una honda reflexión sobre el vínculo que existe entre el humanismo, la ciudadanía y la cristianía. Nueva Revista digital dialoga con el autor, entre otros temas, sobre el aggionarmento de la fe, el nuevo ateísmo, los gestos proféticos de Benedicto XVI y los retos de la evangelización en una sociedad líquida y desligada. A la hora de reflexionar sobre Ciudadanía y cristianía me gustaría mirar hacia atrás y detenernos un momento en ese acontecimiento fundamental para el catolicismo que fue el Concilio Vaticano II. Medio siglo más tarde, ¿qué lectura realiza usted de aquel concilio y de su posterior aplicación? ¿Defiende la hermenéutica de la continuidad o la de la ruptura? Fue un Concilio renovador de la propia vida interna de la Iglesia con  la cualificación y  fortalecimiento para el encuentro con la conciencia moderna. Sin él hubiéramos permanecido en un choque de fondo con la cultura contemporánea.  Fue expresión  de la decidida voluntad de la iglesia de ser fiel al Evangelio en un tiempo nuevo. En él se manifestaron las distintas tendencias a la hora de comprender el tiempo propio y las primacías del evangelio. La aplicación ha sido  muy diferenciada: según las diferentes  iglesias locales, según los grupos y minorías directivas, y por la aplicación de los documentos conciliares en unos u otro campos que el Concilio trató de iluminar. En la historia de la Iglesia ha habido concilios dogmáticos, concilios de reforma y los que yo llamaría “concilios de complementariedad”: aquellos que prolongan y completan la lectura de los anteriores, como en cristología Calcedonia relee y perfecciona la lectura de Éfeso. Entre la ruptura violenta y la continuidad perezosa está la continuidad creadora. El Vaticano II fue un concilio incomparable con los anteriores, requirió una actitud interior nueva capaz de leer la historia de los hombres desde la perspectiva de Dios. No identificó nuevas herejías, ni propuso nuevos dogmas ni enumeró nuevas reformas institucionales o disciplinares, sino una relectura de la totalidad de lo cristiano desde sus fuentes y raíces originantes  y a la vez desde la nueva posición de los hombres del siglo XX  ante la realidad. En este sentido, tienen razón quienes hablan del concilio como acontecimiento, como un nuevo espíritu, desde los que hay que entender los textos conciliares. Pero ese espíritu no puede ser contrapuesto a la literalidad de los documentos, tal como quedaron al final. Durante el Concilio se popularizó el concepto de aggiornamento, que pasaba por la puesta al...

Ferran Caballero: “En España lo débil no es la democracia, sino el Estado”

Una charla en profundidad sobre lo malo -y lo no tan malo- de nuestra situación política a raíz de la lectura del “Maquiavelo para el siglo XXI” (Ariel) del joven filósofo catalán.

Jordi Amat, II: ‹‹no hay nueva transición a la vista››

 Libro a libro, el ensayista y filólogo Jordi Amat (Barcelona, 1978) ha buceado a lo largo de estos últimos años en el ADN histórico del catalanismo político y cultural. Ahora, en su nuevo libro, La primavera de Múnich, Amat se adentra en el papel que desempeñó el conocido “contubernio” en la construcción de un relato democrático que hizo posible, más adelante, la Transición. En esta larga entrevista con Nueva Revista, Jordi Amat reflexiona sobre todos estos temas que iluminan nuestro problemático presente.– En La Primavera de Múnich usted sigue investigando las raíces de la memoria democrática reciente en nuestro país. Dos figuras antagónicas resultan centrales en el libro: Dionisio Ridruejo y Julián Gorkin; y una fecha: 1962. Me gustaría empezar por lo biográfico: ¿quién fue Gorkin, al cual Paul Preston, en una cena con usted, tildó de “hijo de puta”?   Ahora, tras demasiados años entre libros y archivos, veo a Gorkin tal y como Gregorio Luri –otro maestro al que usted y yo admiramos- lo tipificó tras leer La primavera de Múnich: tal vez sea, en el campo de la agitación intelectual, el español neoconservador más destacado. Pero antes querría aclarar lo de Preston. Para él, como historiador de la Guerra Civil y heredero confeso de una determinada interpretación de nuestra tragedia, como discípulo del brigadista de la historia que fue Southworth, Gorkin fue, básicamente, un mixtificador del relato de la guerra porque instrumentalizó el relato de algunos conversos al anticomunismo en su batalla contra el estalinismo. Por eso lo calumnia, como también hace, pongamos por caso, un Ángel Viñas. Pero es que precisamente es esa batalla lo central de la trayectoria completa de Gorkin. Y si aceptamos, como deberíamos aceptar, que la lucha contra el estalinismo es uno de los proyectos más necesarios de los combates políticos e intelectuales del siglo XX, la figura de Gorkin cobra una nueva dimensión. Porque él fue eso. Militante del PC a principios de los veinte, a finales de esa misma década fue purgado y, como había hecho siendo funcionario de la Komintern, no paró de trabajar en la agitación ideológica, pero a partir de 1930 en sentido contrario. Primero aún agitó en pro de posiciones revolucionarias –durante la República, la guerra (no olvidemos su encarcelamiento y condena a muerte a raíz de los Fets de Maig) y en su primer exilio-, pero desde mediados de los cuarenta, exiliado en México (donde sufrió diversos atentados ordenados por el espionaje estalinista), transitó hacia posiciones socialdemócratas y europeístas. Vinculó la consolidación de esa evolución, que hizo a la sombra de su amigo Victor Serge, a sus campañas contra el estalinismo. Clave fue su papel en la investigación sobre el asesinato de Trotski y, siguiendo con en esa lucha democrática, se profesionalizó ya en París desde 1948 gracias a las redes de la inteligencia norteamericana. Fue, pues, un soldado ideológico en la Guerra Fría, en complicidad con gentes que repensaban su programa política en el contexto de la primera Guerra Fría. Entre finales de los 40 y principios...

Jordi Amat: ‹‹el catalanismo enriquecía nuestra memoria democrática común››

 Libro a libro, el ensayista y filólogo Jordi Amat (Barcelona, 1978) ha buceado a lo largo de estos últimos años en el ADN histórico del catalanismo político y cultural. Ahora, en su nuevo libro, La primavera de Munich, Amat se adentra en el papel que desempeñó el conocido “contubernio” en la construcción de un relato democrático que hizo posible, más adelante, la Transición. En esta larga entrevista con Nueva Revista, Jordi Amat reflexiona sobre todos estos temas que iluminan nuestro problemático presente. –Quería preguntarle en primer lugar por la importancia de la tradición a la hora de configurar la memoria política y cultural de un país. Usted ha trabajado sobre tres líneas de investigación que confluyen en la España democrática: el catalanismo político, el diálogo entre los escritores en catalán y en castellano durante el franquismo, y sobre el papel que desempeñó Munich –o no– en la construcción  de un relato democrático en nuestro país. Hablaremos de estos tres ámbitos, pero me gustaría empezar por el catalanismo, al que usted ha dedicado un libro importante: El llarg procés. En su opinión, ¿qué trascendencia ha tenido la tradición política del catalanismo en la construcción de la memoria democrática española en general y catalana en particular? En la catalana dicha tradición, que es transversal en lo ideológico, constituye, casi es obvio decirlo, su columna vertebral. En la española, desgraciadamente, diría que a día de hoy actúa como un apéndice que ya no es necesario leer. Y no lo lamento sólo porque yo siga siendo algo parecido a eso que tradicionalmente implicaba ser catalanista –concebido como una variante del regeneracionismo español–. Lo lamento porque, así lo creo, la corriente central de la tradición política del catalanismo aportaba un ingrediente básico que podía ir enriqueciendo esa memoria democrática común. Pero, antes de enumerar esos ingredientes, valdría la pena, tal como usted ha planteado la entrevista, apuntar qué entiendo por memoria civil. No creo que sea una definición canónica, ni mucho menos, sólo digamos que a mí me sirve. A diferencia de la historia, cuyo propósito es elaborar un relato no fijo pero sí más o menos estable para saber cómo sucedió el pasado, la memoria civil –como la memoria individual- cambia permanentemente porque es el relato vivo del que una sociedad se va dotando para comprenderse a sí misma y proyectar la imagen de la sociedad que querría ser. En la medida que la historia nos vaya precisando cómo fue desarrollándose la tradición de la cultura política democrática en España, contaremos con más elementos para elaborar un relato que actúe como un espejo para determinar el grado de profundidad de nuestra democracia presente. Esa es la función de la memoria democrática. Y, en ese relato, la tradición del catalanismo regeneracionista, como decía, aporta un ingrediente clave: el del reconocimiento pleno de un otro con el que se han establecido lazos de convivencia fecundos y complejos. Reconocimiento del otro que habla una lengua distinta, con los mismos derechos que la propia. Del otro que, de modo natural,...

J. Jiménez Lozano, I: ‹‹Nadie está obligado a sumarse a una crisis espiritual››

José Jiménez Lozano (Langa, 1930) es uno de los escritores españoles más relevantes del último medio siglo. Distinguido con el Premio Cervantes en el año 2002, la obra de Jiménez Lozano toma cuerpo y anuncia su verdad precisamente en esa intersección en la que se concretan las pequeñas verdades de los anhelos, las miserias, los gozos y las alegrías del hombre. A raíz de la publicación de sus nuevos diarios, Impresiones provinciales (Confluencias), conversamos con José Jiménez Lozano sobre su obra y los grandes temas que alumbran su literatura. - Su trayectoria como dietarista es larga, ya desde los lejanos Los Tres Cuadernos Rojos, un libro que resultó seminal para la dietarística española. ¿Qué le incitó entonces a llevar y publicar un diario y qué cree que aporta este género, en apariencia menor, a la literatura de un país? No tengo ni idea de por qué se me ocurrió publicar lo que, en realidad no es un diario, ni un dietario, sino pequeños apuntes o notas sobre la naturaleza, algo que me cuentan o que leo o veo, pero no pensé nunca en aportar nada a la literatura. Por lo pronto, no sé si son literatura exactamente. Me es más que suficiente con que, a quien lea esas páginas, le interesen o le susciten una cavilación o una melancolía. - En Los Tres cuadernos rojos aparecen muchos de los temas que conforman la particular mirada de José Jiménez Lozano. Una de estas ideas cruciales es el sentido casi artesanal del valor de la literatura. Usted ha afirmado que “el escritor es alguien que no tiene apenas nada propio, pues todo se le regala y se le da”. Y también que la misión del escritor consiste en entregar de nuevo aquello que ha recibido, de modo que formaría parte de una cadena.  Si le entiendo bien, usted se refiere al valor de una tradición que nos sustenta y de la cual nos alimentamos. Hoy en día, en cambio, asistimos a un eclipse de la tradición y me atrevería a decir que también del sentido artesanal de la vida… Efectivamente, he dicho que al escritor se le concede todo, porque no es de la nada de donde saca sus historias o sus poemas, sino que, como decía Henry James, tiene el don “de imaginar lo desconocido por lo conocido, de averiguar la implicación de las cosas, de juzgar el todo por una parte, la cualidad de sentir la vida en general tan intensamente que va bien encaminado para conocer cualquier rincón especial de ella”. Así parece que funciona un escritor. Y también creo que de algún modo nuestra escritura es un eslabón de una gran cadena, desde hace unos cuatro mil años. Ciertamente ha habido una siembra de liquidación del pasado, de nuestros pensares y sentires,  como si este pasado fuera el equivalente de los anuncios de un periódico de hace dos meses. De tal manera que lo que usted llama el “sentido artesanal de la vida” suena al estilo normal del vivir, heredado de siglos y no diseñado por ideólogos sociales....

Gabriel Magalhães: ‹‹Los portugueses, de cuando en cuando, volvemos a ser los hermanos siameses de los españoles››

  La biografía del escritor portugués Gabriel Magalhães, nacido en Angola en 1965, sustancia como pocas el latido doble del espíritu ibérico, entre Portugal y España. Se crió de niño en el País Vasco, se doctoró en Salamanca, es profesor en la Universidad de Beira Interior, en Covilhã y, recientemente, se ha acercado con fascinación a la gran cultura catalana. En su último libro, Los españoles (Ed. Elba), reflexiona sobre nuestro país desde la fascinación por su complejidad. - Uno de los aspectos que más me ha interesado de su libro es que busca definir a los países desde su dinamismo, tanto interior como exterior. Más tarde hablaremos de España, pero me gustaría empezar por Portugal. Usted afirma que “los países son mitos”: ¿cuál es el mito portugués que explica su historia? Y, a su vez, ¿cuál sería el dinamismo que late en su relación con sus dos grandes vecinos: España y el Atlántico? Tiene usted razón. A mí me interesa más, en este libro, la evolución de las naciones que su, muy teórica, eternidad esencial. En el caso de mi país, a lo largo de la historia podemos encontrar varias caras de Portugal. Varios heterónimos. Es como si las naciones fueran programas de ordenador que van sacando nuevas versiones. La España de hoy, por ejemplo, no es la de la década de 50 del siglo pasado; en muchos aspectos, intenta incluso ser lo contrario. Además, todas las naciones, para existir individualmente, crean su propia leyenda. Su mito. Esta “mentira” no lo es completamente: por eso, habrá que ponerle comillas. De hecho, las buenas patrañas poseen una parte de verdad, y la falsedad de las patrias constituye un buen ejemplo de esto. Existen, de hecho, sensibilidades culturales específicas, a partir de las cuales se redondea el círculo cerrado del imaginario nacional. Si esto no se hiciera, las nacionalidades acabarían descubriendo que consisten, ante todo, en una relación con otras realidades nacionales. En el caso portugués, hemos inventado el mito de nuestro destino imperial, que nos permitió olvidar nuestra pobreza. Portugal siempre ha tenido problemas económicos, y los viajes son un modo de superar –de superar y olvidar– esa limitación. Nuestro imperio fue una enorme y hermosa fantasía. También hay la idea de un papel místico de la cultura lusa. Pero este mito me cuesta criticarlo porque creo en él. Soy portugués y, para serlo, debo conservar la ingenuidad de no dudar que mi país posee un destino espiritual particular. Permítanme, pues, que mantenga esta ilusión infantil. No me gusta la lucidez absoluta, que se parece mucho a la muerte. En lo que respecta al tema del Atlántico y de España, representan un poco los dos extremos de nuestro movimiento pendular. El rechazo de la unión ibérica, que ocurrió en el siglo XIV, nos precipitó en el océano. Sólo somos independientes porque fuimos capaces de transformar el mar en una parte de nuestro territorio. Pero, de cuando en cuando, volvemos a España. Volvemos a ser el hermano siamés de nuestros vecinos ibéricos. El último regreso ha ocurrido recientemente,...

J. Jiménez Lozano, II: ‹‹La esperanza es prueba de la igualdad radical del género humano››

 José Jiménez Lozano (Langa, 1930) es uno de los escritores españoles más relevantes del último medio siglo. Distinguido con el Premio Cervantes en el año 2002, la obra de Jiménez Lozano toma cuerpo y anuncia su verdad precisamente en esa intersección en la que se concretan las pequeñas verdades de los anhelos, las miserias, los gozos y las alegrías del hombre. A raíz de la publicación de sus nuevos diarios, Impresiones provinciales (Confluencias), conversamos con José Jiménez Lozano sobre su obra y los grandes temas que alumbran su literatura.En su último diario, Impresiones provinciales, usted escribe “La gente de mi edad ha asistido como en primera fila a toda este deflecamiento o reniego cultural de Europa, y a la politización de la burbuja posmoderna, y a todas sus prohibiciones culturales y existenciales y hasta de lenguaje dentro de ella. Y a las liquidaciones de los herejes sambenitados de distintas maneras”. Me gustaría preguntarle por este reniego cultural. ¿Qué le ha sucedido a Europa para caer en este proceso de auto-odio? ¿Se trata de una consecuencia del triunfo de las filosofías de la sospecha y de la corrección política o hay algo más?Seguramente de trata en gran el triunfo de esas filosofías en las clases dirigentes europeas que luego se ha extendido y democratizado como la última conquista de la recién descubierta verdad de la que a la vez se dice que no existe. Y esta verdad-no verdad destruye toda la herencia intelectual, estética  y moral europea, que comienza a renegarse y a odiarse. Y un reniego y odio y autodesprecio tales de la vieja Europa se han convertido hasta en cédula acreditativa de pertenecer a la “intelligentsia”, y desde luego de ser modernos, y esto es todo un halago para muchos.Y luego también está ahí esa especie de cansancio del vivir que se da en sociedades con experiencia del vivir fácil, desahogado y tedioso que busca aventura, como lo dicen  las palabras de aquel pequeño rey godo, Teodorico, refiriéndose a los romanos  decadentes: “Los romanos idiotas quieren ser bárbaros, pero los barbaros inteligentes quieren ser romanos”. Dulces suicidios, doradas eutanasias, eróticos delirios de un banquete de Trimalción, o de cualquier otro poderoso, al final de los cuales se sacaba un esqueletito humano para poner una cierta pimienta en el aburrimiento digestivo. - El eclipse de Europa va de la mano de la crisis del cristianismo como elemento vertebrador de la cultura y de la sociedad. Usted vivió en primera persona y con cierto optimismo el aggiornamento del Vaticano II. ¿Qué lectura hace de la evolución del catolicismo en este último medio siglo y su obsesión, a favor o en contra, con el zeitgeist de la época?El cristianismo, aparte de una fe, es un cultura que hizo Europa: el mundo de los evangelios, más los judíos, más los griegos, más los romanos, más todo lo que ha producido este “totum” y su devenir. Sólo hace falta recordar el modo de ser protestante o papista. Vidas y expresiones artísticas y hasta de cocina tan distintas....

Antoni Puigverd (II): ‹‹La identificación romántica entre España y Castilla sigue vigente››

 Columnista de referencia en La Vanguardia, poeta y ensayista, Antoni Puigverd (La Bisbal d’Empordà, 1954) acaba de publicar en castellano y en catalán La ventana discreta. Cuaderno de la rueda del tiempo (Libros de vanguardia, 2014), un generoso dietario que se lee como un ensayo sobre el paso del tiempo, el sentido del arte, la cultura y la vida y, en definitiva, el valor intelectual de la discreción en una época definida por el exhibicionismo y el culto a la inmediatez.·           En el libro, usted huye de lo fugaz para reflexionar sobre el sentido de lo humano: indaga sobre los sentimientos y se pregunta por la transmutación de los valores. Hay una perplejidad en La ventana discreta que reivindica la necesidad intelectual de la duda, especialmente en un mundo azotado por los dogmatismos maniqueos. “La duda, ciertamente, corroe la propia identidad”, escribe. Creo que todos los grandes humanistas de Europa, de Montaigne a Erasmo, estarían de acuerdo con esta afirmación. Lo propio de la democracia serían las identidades imperfectas, prudentes, más que las grandes exhibiciones de la voluntad... ·         Una visión cínica sostiene que  la democracia mantiene la guerra por medios pacíficos y que esto es ya un gran avance. Lo es, ciertamente. Pero nunca aleja realmente el peligro de la guerra. Es más, la violencia verbal maniquea puede llegar a ser una forma de guerra menos cruenta, pero no menos dañosa para las personas y los bienes. El bullying puede no ser físico, pero destroza igual a quien lo sufre. Para conjurar la guerra real o simbólica, es necesario el rigor cívico. Y uno de los ingredientes esenciales del rigor  cívico es la contención. La contención implica aceptar límites a tu identidad personal o colectiva. Aceptar que no podrás desarrollarlos al máximo. Aceptar la imperfección.  Para no quedarme en mera retórica abstracta lo concretaré a partir de mi identidad catalana. Una parte de catalanes, ahora aparentemente menor que en otros tiempos, aprendimos a aceptar el límite que implica la existencia del otro a fin de garantizar el bien mayor: una  sociedad de equilibrios. Lo aprendimos durante el franquismo, cuando nuestra lengua era perseguida y nuestra identidad invisibilizada. A conseguir este equilibrio empleamos las mejores de nuestras energías en el antifranquismo y después en democracia. El catalanismo integrador cree que no hay nada más importante que la unidad civil. Unidad que se funda en la aceptación de la diferencia y en el respeto a las minorías. Es distinto del nacionalismo de origen herderiano, que preside la vida española y que preside también ahora, desde hace unos años, la vida catalana. Aunque ambos nacionalismos son modernos y democráticos, amén de tener un discurso integrador, pues se jactan de aceptar al diferente, no pueden resistir la tendencia al uniformismo, a la ilusión de la pureza, a la persecución de la homogeneidad, al perfectismo nacional, lo que implica la construcción de un relato falso sobre el pasado, en el que la historia juega un papel predominante. Desde hace años, debido a la fuerza...

Antoni Puigverd (I): “La carrera de la celebridad pone en valor la gracia del retraimiento”

 Columnista de referencia en La Vanguardia, poeta y ensayista, Antoni Puigverd (La Bisbal d’Empordà, 1954) acaba de publicar en castellano y en catalán La ventana discreta. Cuaderno de la rueda del tiempo (Libros de vanguardia, 2014), un generoso dietario que se lee como un ensayo sobre el paso del tiempo, el sentido del arte, la cultura y la vida y, en definitiva, el valor intelectual de la discreción en una época definida por el exhibicionismo y el culto a la inmediatez. ·         Me gustaría empezar hablando de La ventana discreta, su último libro. En la tradición hispánica –católica en general–, el dietario ha sido un género poco frecuentado entre los escritores, quizás por un sentido del pudor o por algún tipo de énfasis barroco en la exterioridad. Ese déficit –resuelto sólo en parte en el siglo XX con nombres como Josep Pla o José Jiménez Lozano– ¿se traduce en una cierta falta de tono íntimo y de reflexión en la literatura española? ¿Podemos decir que hay culturas literarias vertebradas, al menos en parte, por el cultivo del diario y otras que no?  ·       No me atrevería a contestar en términos generales, porque, aunque estoy de acuerdo con su aserción inicial, no podemos olvidar que la cultura francesa, de matriz católica está vertebrada por  Montaigne, el mayor dietarista. Y no podemos olvidar que un nombre capital de las letras italianas es Leopardi, cuyo colosal Zibaldone es una verdadera enciclopedia del género. Sin embargo, es en la cultura británica ciertamente en la que el dietario se convierte en un género de primer orden. En lo que se refiere a la cultura peninsular, El libro del desasosiego de Pessoa, la prosa de Azorín y la obra de Josep Pla son exponentes formidable del género. En el caso catalán, además, resulta que nuestro prosista más brillante es Pla, verdadero creador del catalán literario contemporáneo y, por consiguiente, para cualquier autor catalán actual, su lectura es determinante. A esta influencia hay que añadir, en mi caso, la de Gaziel, el gran periodista, las prosas de El pas de l’any de Joan Maragall i el formidable poemario novecentista de Josep Carner, Els fruits saborosos, que identifica una fruta con una edad y con un momento del año para reflexionar sobre la vida y el tiempo. Un libro delicioso.   ·         De hecho, el siglo XX ha sido pródigo en dietaristas: de Cesare Pavese a Cyril Connolly, de Ernst Jünger a Franz Kafka. En catalán, como usted señala, contamos con una obra maestra indiscutible: El quadern gris, de Josep Pla; y con una magnífica obra menor que releí precisamente este verano: El vel de Maia, del poeta y traductor Marià Manent. ¿Se reconoce en esta tradición? ¿Qué le acerca al Pla dietarista y qué le separa de él? ·         Me reconozco, como no puede ser de otra manera, en la tradición de Josep Pla, aunque a  distancia. A pesar del tópico de la boina y de su interés por la agricultura, el paisaje y el clima, Pla es expresión...

Arias Maldonado: “No es extraño que el nacionalismo sea xenófobo o el populismo nacionalista”

Una conversación en profundidad a propósito de uno de los ensayos más esperados del año: "La democracia sentimental" (Página indómita), del profesor Manuel Arias Maldonado, titular de Ciencia Política en Málaga.

Gregorio Luri (II): “La pedagogía se ha rendido a la psicología”

 Conversar con Gregorio Luri constituye un lujo intelectual. Su tono, sereno y penetrante, ilumina el presente desde las grandes claves de la filosofía. En esta ocasión, utilizamos su último ensayo, ¿Matar a Sócrates? (Ed. Ariel), para dialogar sobre la actualidad del pensamiento socrático, las dificultades que afronta la democracia, la necesidad de cultivar la atención y el riesgo de caer en la intransigencia de la verdad. -          “Sin las arbitrarias normas políticas caemos en manos de las ciegas leyes naturales”, escribe usted en ¿Matar a Sócrates? De hacer caso a Timothy Snyder en Tierra Negra, este experimento ya se realizó durante el nazismo y es curioso constatar cómo el Holocausto alcanzó sus máximas cotas de barbarie precisamente allí donde la arbitrariedad había sido sustituida por la naturaleza y la lógica de la selección natural… -          Un soneto amoroso es un recurso arbitrario, pero eficaz, de embridar la barbarie del deseo. Se trata de saber, entonces, qué tipo de convivencia deseamos, la que se expresa inmediatamente en el deseo natural o la que se expresa de manera mediata en la arbitrariedad cultural. En nuestro tiempo –y esta es una de esas cosas que sólo se descubren contemplando el presente desde el pasado- nos gusta creer que estamos perdiendo el miedo al deseo, que la libertad es la libertad de nuestros deseos. Sin embargo, exigimos a la ley que reconozca que “mi cuerpo es mío”, es decir, nuestro derecho exclusivo de propiedad sobre nuestros deseos. ¿Quién nos iba a decir que Locke sería el gran profeta de los progres posmodernos? Sobre el valor cultural de la arbitrariedad, me remito a la obra más platónica de Nietzsche, “Más allá del bien y del mal”. -         Usted nos presenta a un Sócrates respetuoso de las leyes e incluso, si se fuerza el paralelismo, contrario al “derecho a decidir” unilateral. Al mismo tiempo, subraya la potente conexión que existe entre la democracia y la piedad, que pervive de algún modo en nuestros días. ¿Qué entendemos por piedad y cómo afecta a nuestro sentir democrático? Y ¿hasta qué punto la democracia necesita apoyarse en un sentimiento de piedad previo para sostenerse?  -         Sócrates no establece ninguna restricción a la interrogación. No hay nada, ni humano ni divino, que no pueda ser puesto en cuestión. El corolario de la interrogación socrática, como sabemos, es la cicuta. Platón quiere preservar la interrogación filosófica de la restricción de la cicuta y para ello saca a la filosofía del ágora, que pasa inmediatamente a estar ocupada por los filósofos terapeutas, y la recluye en la Academia. Sócrates es el filósofo demócrata. Platón, no; pero no por capricho, sino porque ha descubierto que la actitud de su maestro es impía. No respeta a los dioses de la ciudad. Y una ciudad es una ciudad en virtud de los dioses que venera. La piedad es la actitud de humildad ante la realidad de las cosas humanas y, por lo tanto, la voluntad de diferenciar las virtudes políticas y las teóricas. El teórico, en tanto que tal, es...

José Antonio Zarzalejos: “El reformismo es la opción inteligente”

Director durante años de ABC y de El Correo, el periodista y ensayista José Antonio Zarzalejos (Bilbao, 1954) nos ofrece en Mañana será tarde (Planeta) un profundo análisis de los males que corroen a la democracia española y de los reformas inmediatas que nuestro país necesita. El autor reivindica la labor de una España moderada y reformista, que contemple el futuro no desde el inmovilismo sino desde la exigencia de no dar la espalda a la historia y asumir los retos del presente. Hablamos con José Antonio Zarzalejos sobre su nuevo libro y sobre la situación general española.  - “Mañana será tarde” constituye un diagnóstico valiente de la situación moral y política en la que se encuentra España. Mientras leía el libro, pensé de inmediato en otro debate, ya clásico, que conforma el ADN de la democracia liberal moderna. Me refiero al debate entre Edmund Burke y Thomas Paine y que sugiere la posibilidad de un liberalismo de estirpe conservadora junto a otro de carácter progresista. “Mañana será tarde” se inserta precisamente en la tradición burkeana que sostiene que, ante situaciones de crisis de Estado hay que reformar con inteligencia las instituciones para así preservarlas de cara a las futuras generaciones. ¿Ha llegado el momento de activar el reformismo inteligente? ¿Es el inmovilismo una alternativa?  -En España hay una larga tradición pendular: la demolición o la paralización. La primera es revolucionaria y arrasadora y la segunda estúpidamente conservadora. De modo que nuestro constitucionalismo es trágico porque no ha sido reformista sino maximalista. La inteligencia es siempre aquella que ajusta, corrige, adapta y complementa, que conserva y desecha según las circunstancias, que mantiene los elementos estructuralmente válidos y arroja lastra cuando el lastre lejos de estabilizar la embarcación la sumerge, la hunde. Sí, el reformismo es la opción claramente inteligente. Siempre lo ha sido.  - En un artículo publicado en La Vanguardia hace aproximadamente un año, el  exsecretario de Estado de Economía Alfredo Pastor, afirmaba que la Transición ha muerto de éxito. La idea me pareció interesante: gracias a la Constitución del 78 hemos recuperado las libertades individuales y colectivas, hemos ingresado de pleno derecho en Europa, se ha facilitado la alternancia política y el despliegue autonómico y, en fin, se ha consolidado un digno Estado del Bienestar. A pesar de sus evidentes limitaciones, ¿no le parece excesivo el descrédito que sufre actualmente la democracia española?  -No, no me parece excesivo. ¿Cómo me lo va a parecer con los casos de corrupción debidos a factores criminógenos que son endógenos del sistema? O la mediocridad de la clase dirigente o la perversión que ésta ha provocado en el desarrollo constitucional. ¿La abdicación del Rey no es algo diferente a un deterioro en la cúspide del Estado por prácticas personales e institucionales inadecuadas? Cuando han ocurrido tantas cosas, entre ellas el vuelco del 24-M de 2014, me parece que está justificada la irritación con un sistema que ha funcionado verdaderamente por debajo de las expectativas.  - En el prólogo del libro, Antonio Muñoz Molina habla de la...

Lecciones de Lee Kuan Yew

El poder económico e industrial se desplaza hacia el Pacífico: Japón, Corea del Sur, Singapur, Taiwán, Vietnam; y, sobre todo, los dos viejos imperios orientales: la India y China. La textura cultural de Asia forma parte del mito: geografías lejanas y opacas para los occidentales, idiomas y hábitos incomprensibles a nuestra mirada, disciplina extrema, rigor moral confuciano o politeísmo informe en la religión hindú. Su veloz adaptación a la modernidad – eficiencia tecnológica, calidad educativa, dinamismo comercial – no ha dejado de constituir una sorpresa para el europeo medio que vive de espaldas a la globalización. Mientras la UE continúa inmersa en un proceso de consolidación supranacional, Washington dirige sus sensores hacia el Este. Las prioridades cambian. Ya nadie duda de que China se convertirá, al cabo de unas décadas en el gran poder geoestratégico del Pacífico. Marchamos hacia un espacio bipolar, de equilibrio renovado. ¿Cómo interpretar el futuro? ¿Cómo analizar la partida de ajedrez que se ha iniciado entre Occidente y Oriente? Kissinger ha hablado con frecuencia del sabio dirigente singapurense Lee Kuan Yew, recién fallecido, como punto de referencia hermenéutico. Nacido en 1923 de una familia de origen chino, Kuan Yew se formó en Inglaterra todavía durante la época de la colonización británica. Vivió la Guerra Mundial y la ocupación japonesa; más tarde lideró a su país en su camino a la independencia y, lo que resulta más importante, en el tránsito del Tercer Mundo al primero. Caso peculiar, Lee Kuan Yew dirigió Singapur con mano de hierro durante cuarenta años, forjando el carácter de una de las naciones más competitivas del orbe. ¿Cómo? Centrándose en la educación – su país es líder mundial en Matemáticas -, la meritocracia, el I+D, la estabilidad política, el esfuerzo empresarial y las facilidades comerciales. Para repartir – en forma de bienestar-, primero hay que lograr ser eficaces en un contexto planetario de gran dificultad, ha repetido en innumerables ocasiones sin apelar nunca al victimismo colonial. Así, en una entrevista concedida a los medios internacionales en 1996, declaraba: “Visité Hungría y me sorprendió la diferencia entre los húngaros y los chinos. Los húngaros y los chinos han tenido en común un desastre similar, un gobierno comunista durante 40 o 50 años. Hungría está junto a Austria y la provincia de Fujian está enfrente de Taiwán. Los húngaros imploran: "América, Europa, por favor, ¡ayúdennos con un Plan Marshall!". Quieren que alguien los saque del agujero para acortar distancias con Austria. En Fujian no se lamentan diciendo: "¡Ayudadnos, hermanos taiwaneses!". Lo que dicen es: "Por favor, vengan a hacer negocios con nosotros. Trabajemos juntos". La actitud supone una diferencia enorme en sus resultados económicos. Cuando la actitud mental de la gente es positiva, los resultados son inconfundibles.” Algo de esto sucede entre Occidente y Oriente. Desde la óptica europea, a Lee Kuan Yew se lo ha acusado repetidamente de autoritarismo. Él se ha defendido aludiendo a la diversidad cultural, una brecha que no se salva con análisis superficiales. Abrirse al mundo ha sido otra de sus...

Gregorio Luri (I): “El siglo XX nos enseña de los peligros del sometimiento a la estricta racionalidad científica”

Conversar con Gregorio Luri constituye un lujo intelectual. Su tono, sereno y penetrante, ilumina el presente desde las grandes claves de la filosofía. En esta ocasión, utilizamos su último ensayo, ¿Matar a Sócrates? (Ed. Ariel), para dialogar sobre la actualidad del pensamiento socrático, las dificultades que afronta la democracia, la necesidad de cultivar la atención y el riesgo de caer en la intransigencia de la verdad.  -          En ¿Matar a Sócrates?, usted se plantea una pregunta que le hubiera resultado pertinente a su admirado Leo Strauss: ¿de qué modo el pasado sirve para iluminar el presente? La cuestión cobra actualidad para alguien que no haya leído su libro: ¿por qué necesitamos a Sócrates? ¿Cuál es su vigencia en un mundo animado por el impacto veloz de la tecnología?  -          Para contemplar el presente hay que salir de él. Hay dos salidas posibles; hacia el futuro (que es la historicista) y hacia el pasado (que es la humanista). Cuando contemplamos el presente desde el pasado no encontramos respuestas para nuestros problemas presentes, pero sí descubrimos que nuestros problemas importantes son muy antiguos. Tan antiguos que podrían estar indicándonos la presencia de algo que podemos llamar propiamente “naturaleza de las cosas humanas”. Por eso la interrogación socrática sigue iluminándonos.  Esta interrogación nos muestra que es posible acceder a la singularidad de las cosas humanas desde la manera natural como los hombres se expresan cuando hablan de sus problemas. En tiempos de Sócrates no había “ciencias humanas”, ni “ciencias de la educación”, ni “ciencias políticas”. Esto, lejos de enturbiar su actividad filosófica, le permitió acceder a la manera como los hombres se ven a sí mismos cuando no tienen posibilidad de ser pedantes.  La posibilidad de acceder a la comprensión de las cosas humanas desde ellas mismas, es decir, desde el lenguaje en que son formuladas en el mundo de la vida, podría ser la manera adecuada de aproximarse a lo humano, es decir, a lo político, siempre y cuando entre las cosas humanas y las cosas no humanas haya una diferencia esencial. Sócrates nos muestra que la hay. Por eso mismo, el asombroso progreso del conocimiento científico, sigue permitiéndonos ser socráticos.  -          En el libro, usted se refiere a la doble fuente de la cultura clásica europea: Atenas y Jerusalén, la razón griega y el sentido ético del judeocristianismo. Si Sócrates sitúa la quintaesencia de su pensamiento en un mandamiento único –¡atrévete a pensar! –, el cristianismo añade la primacía del mandamiento del amor, hasta el punto de que un autor tan perspicaz como el teólogo ortodoxo John Zizioulas se atreverá a sostener: “amo, luego existo”. Pero habría un tercer elemento, muy propio del judaísmo, que ha llegado trastocado a la modernidad: el valor de las lágrimas. Catherine Chalier ha escrito al respecto un ensayo bellísimo, que nos recuerda cómo la mirada pura de la razón resulta demasiado acerada sin el velo de las lágrimas. Las emociones nos humanizan, siempre que no sirvan para reforzar los rasgos más identitarios de la personalidad. Al judaísmo le interesaban...

A la carta. Cuando la correspondencia era un arte

Para el filósofo coreano Byung-Chul Han, las cartas constituyen el alimento predilecto de los fantasmas. “Los besos escritos – apunta – no llegan a su destino. Los fantasmas los cogen y se los tragan por el camino”. Han piensa en la comunicación digital – de Twitter a Facebook o al correo electrónico –, pero cita a Kafka y su correspondencia con Milena, ese resto de un mundo clásico y burgués llamado a extinguirse durante el siglo XX. “¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas podían comunicarse mediante cartas? – se preguntaba el autor checo –. Se puede pensar en una persona distante, se puede aferrar a una persona cercana; todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas”. Y, sin embargo, ¿qué es la literatura sino un registro de los espectros que iluminan o ensombrecen la vida? Los fantasmas se alimentan de nuestros besos escritos, del mismo modo que nosotros nos alimentamos de ese diálogo – ficticio o no – que se sostiene en el espacio y en el tiempo, entre el que escribe y el que lee. En A la carta. Cuando la correspondencia era un arte (Elba, 2014), Valentí Puig antologa uno de los rostros posibles de la civilización, antes de que la inmediatez de lo digital sustituyera la espera, siempre anhelante, de la respuesta epistolar: de Franklin D. Roosevelt escribiendo a Winston Churchill un 8 de diciembre de 1941 – “Hoy estamos todos en el mismo barco con usted y el Imperio británico, y es un barco que no será hundido, que no puede ser hundido” – a Francis Scott Fitzgerald exhortando a su hija que no se preocupase “por la opinión de los demás, por el pasado ni por el futuro, por el triunfo ni por el fracaso, a menos que fuese culpa suya”. En su selección, Valentí Puig nos ofrece un sabio recorrido por la arquitectura privada de estos dos últimos milenios, un testimonio del valor de la mirada: una mirada concreta y personal, culta y universal, sobre las estancias nobles de la civilización. Como en todas las artes antiguas, la correspondencia exigía cumplir con el sosiego de un tiempo ritualizado. En una época anterior a los emoticonos, la densidad semántica del texto suplía la asepsia ocasional de los sentimientos. Al igual que en la literatura, lo importante sucede por debajo, como una luz que traspasa las teselas agrietadas de un mosaico. “En las cartas – escribe Valentí Puig – se hace crónica de la historia privada de las naciones, con el contrapunto de una emoción personal”. Confidencias amorosas, coquetería insustancial, filosofía política, decepción y desengaño, las artes de la educación… todo cabe en este género. Entre los clásicos, Lord Chesterfield, que se esmeró en enseñarle a su hijo las virtudes parisinas de la désinvolture; Flannery O’Connor, cuyas cartas iluminan una parte sustancial de su obra; y, por supuesto, el embajador Kennan, en cuyo epistolario la Guerra Fría pasa por el tamiz del pesimismo. Los tres volúmenes de las cartas de Isaiah Berlin...

La tierra prometida, o el gran libro del sionismo

Hay una paradoja que se oculta detrás la génesis del sionismo. Su nacimiento, en la segunda mirad del siglo XIX, coincide con una de las raras épocas de paz y de tranquilidad que han conocido los judíos europeos: las murallas de los guetos se demolían, las universidades y los colegios se abrían a la ciudadanía, el peso de muchos prejuicios religiosos iban desvaneciéndose a medida que el culto a la Ilustración crecía. De forma casi inmediata, los judíos ocuparon una posición central en el seno de las sociedades europeas. Pusieron en marcha industrias, ocuparon cátedras universitarias, dirigieron medios de comunicación y bancos, amasaron fortunas. La llegada de una aparente libertad permitió el surgimiento de un renovado dinamismo que afectaría a todos los campos del saber: el político y el financiero, el universitario y el artístico. Disraeli y Mendelssohn, Gustav Mahler y Franz Kafka, por citar tan sólo unos nombres. ¿Por qué cristalizó precisamente en ese clima de bonanza la propuesta del sionismo político? ¿Qué necesidad había? Ari Shavit empieza su portentoso ensayo My promised Land. The triumph and tragedy of Israel narrando la historia de su abuelo, un lord inglés que formó parte del primer grupo de veintisiete peregrinos británicos que se asentaron en Palestina a finales del XIX. Era un hombre culto y rico, un burgués cosmopolita y urbano – todo lo cosmopolita y urbano que se podía ser en la época  victoriana –, destinado a colonizar un territorio árido y remoto. ¿Por qué abandonó Inglaterra? ¿Cuáles eran sus sueños? ¿Y cuáles sus miedos? ¿Podía prever, aunque fuera en la nebulosa de una pesadilla, los campos de Auschwitz y Treblinka, las cámaras de gas, la “Solución final”? ¿Y, por otro lado, no vieron que el sueño del sionismo exigía convivir junto a los árabes – musulmanes y cristianos – que vivían en Palestina? El sionismo, nos dirá Shavit, germinó en una encrucijada ideológica: era socialista y nacionalista, creía en el colonialismo y en sus bondades a la vez que amaba la libertad y la fraternidad. Tenía algo de experimento – como un mesianismo secularizado -, pero también respondía a la necesidad vital de la supervivencia. ¿La historia del Estado de Israel hubiera sido distinta sin la declaración unilateral de guerra por parte de los países árabes en 1948 y sin el recuerdo del horror de la Shoah? Seguramente sí. “No hay un solo momento de mi vida – reconoce Ari Shavit – en que no haya experimentado el miedo. Y ni uno solo en que no haya conocido la ocupación”. El nuevo Israel, por tanto, se mueve entre el miedo a desaparecer – una nación pequeña rodeada de enemigos – y la quiebra de los ideales que promovieron su fundación. Shavit, uno de los más brillantes columnistas del periódico liberal Haaretz, recorre los recovecos de su país, como quien bucea en los recuerdos de familia. Rastrea crónicas periodísticas; se detiene en los libros, en la correspondencia, en las memorias de los ciudadanos anónimos que han hecho Israel. Se encara a los...

“Sonámbulos”. Nacionalismo y Guerra del 14

En marzo de 1909, ante el parlamento del Reich, el canciller Bernhard von Bülow afirmó que “la mayoría de conflictos que el mundo ha visto en las últimas diez décadas no los ha provocado la ambición principesca ni la conspiración ministerial, sino la agitación apasionada de la opinión pública que, a través de la prensa y el parlamento, se ha extendido al ejecutivo.” ¿Cuánto hay de verdad en esta afirmación?, se pregunta el historiador Christopher Clark en Sonámbulos (Galaxia Gutenberg), su fascinante indagación acerca de los orígenes de la I Guerra Mundial. El giro populista de la sociedad de masas, canalizado por la presión de los grupos nacionalistas y la pujanza de los medios de comunicación resultaba preocupante desde hacía tiempo. “Si perdemos la confianza de la opinión pública –advirtió el zar Alejandro III-, todo estará perdido”. El patrioterismo más zafio se unía a la xenofobia, la volubilidad o las posturas belicistas. Ningún político en el poder deseaba enfrentarse a una campaña hostil, mientras los gobiernos intentaban encauzar la línea editorial de los periódicos de acuerdo con sus peculiares intereses. “A comienzos de 1905 – escribe Clark -, los rusos repartían unas 8.000 libras al mes a la prensa parisina con la esperanza de estimular el apoyo de los ciudadanos a un cuantioso préstamo francés. El gobierno de Francia subvencionaba a los  periódicos profranceses en Italia (y en España durante la conferencia de Algeciras), y durante la Guerra ruso-japonesa y las de los Balcanes los rusos sobornaban a los periodistas franceses con grandes sumas.” El clásico veredicto de Qohelet – “nada nuevo hay bajo el sol” – emparenta con el pensamiento maquiavélico de que el príncipe, antes de decretar sus leyes, debe engatusar primero al pueblo para alinear con él sus intereses. Un estudioso como George L. Mosse ha reflexionado con lucidez acerca de los procesos de nacionalización de las masas que condujeron a dos contiendas mundiales y a la destrucción de Europa. Quizás la Gran Guerra del 14 se debió a una especie de baile de sonámbulos, donde lo imprevisible sucedió a pesar de la política o quizás a causa de una política asediada por intereses contrapuestos, emociones exacerbadas y desavenencias insolubles. En esto se asemeja a cualquier otra época. Frente a la admirable sencillez de los relatos que explican la II Guerra Mundial – Churchill contra Hitler, la civilización parlamentaria de Occidente contra el Mal absoluto -, la I Guerra Mundial se sumerge en una nebulosa letal de difícil hermenéutica. “Nunca seré capaz de comprender cómo ocurrió”, afirmó Rebecca West, entre otros motivos porque cualquier narrativa que pretenda culpabilizar a un único actor – Alemania, Rusia o la Península Balcánica, por poner ejemplos recurrentes – pierde de vista la polisemia de este conflicto. Sus sangrantes consecuencias marcan el breve siglo XX – de 1914 a 1989 – con la destrucción de tres imperios – el austrohúngaro, el zarista y el otomano -, la caída del Reich y la llegada del totalitarismo soviético. Su lectura, cien años después, nos permite calibrar...