Antonio R. Rubio Plo

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Analista de política internacional, escritor y profesor de política comparada.
Michael Ignatieff es el autor de "Las virtudes cotidianas"

Ignatieff: virtudes cotidianas, pero universales

El subtítulo del último libro del Michael Ignatieff, "Orden moral en un mundo dividido", describe su última obra: "Las virtudes cotidianas" (Taurus, 2018). El intelectual canadiense intenta demostrar que hay unas virtudes universales comunes a todos los seres humanos por encima de nacionalidades y culturas.

Más sobre Shostakovich: ¿un compositor oficial de la Unión Soviética de Stalin?

La aparición de la novela del escritor británico Julian Barnes "El ruido del tiempo" (2016) trae a la actualidad al compositor Dimitri Shostakovich, considerado como el último gran sinfonista de la historia de la música.

El ‹‹Telegrama largo ›› de George Kennan

 Este hecho representa un hito en la historia de las relaciones internacionales, datado al inicio de la guerra fría, y que situó a su autor entre los principales representantes estadounidense del realismo político. Fue la antítesis del idealismo wilsoniano que, desde 1917, y con un intervalo prolongado entre las dos guerras mundiales, había presidido la política exterior de EE.UU. La guerra fría, con todos sus riesgos de devastación nuclear, requería de una nueva estrategia: la contención.Las reflexiones siguientes no pretenden ser, en ningún caso, un análisis histórico. Aspiran a ser una doble profundización, con ecos del pasado y del presente, en la que se repasan algunas opiniones de aquel estratega de la política de contención. ¿Qué puede aportar George Kennan, con amplios rasgos de poeta en su análisis de la realidad, a un mundo en el que no existe una superpotencia con los rasgos de la URSS, y que se caracteriza por una inestabilidad en la que pretenden asentarse nacionalismos y populismos radicales?IDEOLOGÍA, CIRCUNSTANCIAS Y PSICOLOGÍALa tesis fundamental de The Sources of Soviet Conduct es que la política exterior de la URSS está determinada, a la vez, por la ideología y por las circunstancias. Los contemporáneos de Kennan, sobre todo en los primeros años de la guerra fría, solo parecían dar importancia a los peligros de la difusión ideológica del comunismo. Se explica así ese anticomunismo primario, bien representado por la «caza de brujas» del macartismo. En un discurso pronunciado en 1953 en la universidad de Notre Dame, nuestro autor arremetió contra ese populismo, anclado en la sospecha y la venganza, que empujaba a los norteamericanos a los mismos hábitos de pensamiento y acción que sus adversarios soviéticos. Kennan detestaba el macartismo, sobre todo, por ser un antiintelectualismo. Y es que no le gustaban los análisis de trazo grueso como los de la doctrina Truman, que parecía entender el comunismo como un cuerpo ideológico, coherente, unitario y autoconsciente. El anticomunismo elemental no caía en la cuenta de que su rival no era más que un conjunto de teorías vagamente definidas, obsoletas y contradictorias. El comunismo soviético no tenía, ni mucho menos, el alto grado de coordinación que se le atribuía. Por eso, al igual que De Gaulle, Kennan sabía separar lo ruso de lo soviético. Presintió las disensiones de la URSS con China y otros países comunistas. Más allá de las diferencias ideológicas, estaba persuadido de la llegada del día en que EE.UU. abriera canales diplomáticos con dichos países.Uno de los legados de Kennan en su célebre «telegrama largo» es valedero para todos los tiempos: los adversarios también son seres humanos. Lo hemos visto recientemente en El puente de los espías, ese singular film de Steven Spielberg. Los líderes soviéticos eran los herederos del marxismo-leninismo, pero no cabe buscar en esa ideología, o en cualquier otra de signo radical, un manual de uso, a no ser que nos dejemos encandilar por la propaganda. Antes bien, los dirigentes se mueven en función de las circunstancias, que necesariamente son cambiantes. Cabe, por tanto, el...
La conciencia nacional de Naguib Mahfuz. Un tribunal para la historia de Egipto

La conciencia nacional de Naguib Mahfuz. Un tribunal para la historia de Egipto

El 6 de agosto de 2015 fue inaugurada una ampliación del canal de Suez, una obra de 72 km. que reduce el tiempo de navegación y permite que los barcos circulen en los dos sentidos. La ceremonia fue presidida por el mariscal Abdel Fatah al Sisi, presidente de Egipto, que llegó al poder hace dos años tras la destitución del presidente islamista Mohamed Morsi. Luego, afianzó su poder por medio de las elecciones a la jefatura del Estado de junio de 2014, en las que superó los 23 millones de votos. La ampliación del canal tuvo una gran relevancia mediática, con asistencia de destacados mandatarios extranjeros como François Hollande, y pretendió ser al mismo tiempo un acto de fervor nacionalista. Una ocasión de demostrar de que con Al Sisi, Egipto está consiguiendo la estabilidad y la prosperidad, después de los sucesos de la Primavera Árabe con el derrocamiento de Hosni Mubarak, perpetuado en la presidencia entre 1981 y 2011. De todos estos acontecimientos de ritmo vertiginoso, en poco más de cuatro años, podría haber sido un excelente cronista el premio Nobel de Literatura egipcio, Naguib Mahfuz (1911-2006), el escritor que concibió la historia de Egipto como un todo desde los tiempos faraónicos a los actuales. Fue, sin duda, un autor arabo-egipcio, alguien que rechazaba la uniformidad de los islamistas radicales y sabía escudriñar los rasgos diversos y complejos de la condición humana, por encima de los factores culturales y religiosos. UN LUGAR ENTRE LOS INMORTALES DE EGIPTO En cierto modo, podríamos definir a Mahfuz como un nacionalista laico, influenciado en el periodo de entreguerras por aquellos intelectuales de su país que buscaban las raíces de su cultura e independencia política en los tiempos faraónicos. Se identificaba también con Saad Zaghlul, el líder del movimiento nacionalista de 1919 contra la ocupación británica, alguien que creía en la indivisible unidad patriótica de cristianos y musulmanes egipcios. Pero estas tendencias quedarían en un segundo plano, pues el nacionalismo panarabista, triunfante con la revolución de Nasser, se centró más en los rasgos árabes y africanos de Egipto. El escritor no abandonó del todo sus preferencias históricas, si bien subrayó, en su discurso de aceptación del Nobel, la profunda influencia en su obra de las civilizaciones del antiguo Egipto y del islam. Mahfuz reflexionó sobre la milenaria historia de Egipto de un modo a la vez clásico y original. Lo hizo en su libro Before the throne (1983), calificado por su autor de novela histórica, pero que es a la vez una obra de filosofía política, con empleo de diálogos que podrían recordarnos a los de Platón o de Luciano de Samosata, si bien existen otros precedentes del tema en la literatura del antiguo Egipto o en la islámica medieval. Esta novela de Mahfuz ha tenido una cierta difusión gracias a su versión inglesa (Anchor Books, Nueva York, 2009), realizada por Raymond Stock, profesor de la Drew University, y que escribe habitualmente sobre Oriente Medio en publicaciones de difusión internacional. En la obra, sesenta y tres gobernantes de...

Las dudas sobre el ascenso pacífico de China

 John J. Mearsheimer, profesor de la Universidad de Chicago, es uno de los principales representantes de la escuela del realismo en las relaciones internacionales. Tras el final de la guerra fría, este autor comenzó la redacción de una obra que sería de referencia en su materia, The Tragedy of Great Power Politics (W. W. Norton & Company, Nueva York, 2014). Un título ajeno al optimismo de la década de los noventa, cuando se nos aseguraba que había llegado el final de la Historia, con el triunfo de un internacionalismo liberal con énfasis en la paz y la cooperación, surgidas, sobre todo, por la armonización de sistemas políticos y económicos. Democracia liberal y economía de mercado llegarían a todas partes de la mano de la globalización, una vez cerrada la página de los regímenes comunistas. Sin embargo, Mearsheimer emprendió la tarea de escribir un libro, más de historia que de prospectiva, que recordaba que la lucha de las grandes potencias por la hegemonía no era un tema de siglos pasados. Además el título subrayaba la idea de tragedia, lo que sirve para recordar que la política, tanto en el nivel doméstico como en el exterior, se asemeja siempre a una tragedia, entendida esta como la crónica de una ascensión y de la posterior caída.En teoría, el mundo de la posguerra fría estaba controlado por una única superpotencia, EE.UU., pero progresivamente la opinión pública norteamericana, y no tanto sus políticos, empezó a darse cuenta de que el escenario global no era tan pacífico. Lo demostraron las intervenciones de Washington en Irak (1991), Bosnia (1995), Kosovo (Afganistán), Irak (2003), Libia (2011)..., sin contar la actual guerra contra el Estado Islámico, que Obama parece ejercer con su peculiar leading the behind. Todos estos conflictos tienen en común que EE.UU. no luchó contra una gran potencia. Sin embargo, la posibilidad de que un día los norteamericanos encontraran un rival de su envergadura se hizo realidad con la ascensión de China, gigante económico más que militar, pero poco a poco presente en todos los continentes.En 2001, cuando apareció la primera edición de The Tragedy of Great Power Politics, la ascensión de China estaba en sus inicios y no mereció un excesivo espacio en el libro. Esto se ha subsanado con un capítulo adicional, en la actualización de 2014, y en el que Mearsheimer trata de dar respuesta a este interrogante: ¿Será pacífica la ascensión de China? Nuestro autor lleva años contestando negativamente a la pregunta y defendiendo sus tesis frente a otros realistas que no están de acuerdo con él. Uno de los casos más conocidos fue su debate con el exconsejero de seguridad nacional de Carter, Zbigniew Brzezinski, en 2005. Este último afirmaba que los chinos solo pretendían hacer dinero, pero no la guerra. Dicho de otro modo, la ascensión de China sería similar a la de Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong o Singapur: un triunfo de la economía de mercado. Por el contrario, Mearsheimer creía en la posibilidad de una China más...

Octavio Paz e Irán: el valor de la metahistoria

 El acercamiento de Paz a la situación internacional de su época no nació, sin embargo, de sus experiencias diplomáticas. No añadió nada nuevo a la profundidad de sus análisis el hecho de que fuera nombrado embajador de México en la India (1962-1968). Antes bien, este y otros destinos diplomáticos le sirvieron, desde la perspectiva de su inmutable universalidad, para reflexionar sobre las culturas del continente asiático, que tanto le habían interesado desde sus primeros viajes a tierras del Extremo Oriente a comienzos de la década de 1950. Es probablemente el aspecto menos difundido de un escritor empeñado en buscar un hilo conductor al laberinto de la historia y las culturas de México y América Latina.Octavio Paz no era precisamente un meticuloso analista de la actividad política. Los detalles secundarios no le interesaban porque pretendía centrarse en esencias capaces de explicarlo todo. El núcleo de sus reflexiones trascendía el hecho político en sí mismo. Era un perfecto representante de lo que podríamos llamar metahistoria o metapolítica. Esto es algo que ciertos investigadores de las ciencias sociales, a la búsqueda perpetua de categorías empíricas, nunca podrán entender, pues se sale de los consabidos gráficos y tablas estadísticas. De ahí que en alguna ocasión, saliendo al paso de quienes quieren cuantificarlo todo, el escritor mexicano se atreviera a decir que en las facultades de ciencias políticas habría que estudiar las tragedias de Esquilo y Shakespeare. Por desgracia, esta ocurrente propuesta de Paz no está llamada a tener éxito, ni en su tiempo ni en el nuestro. Nos hemos olvidado del componente trágico de la política y hemos querido reemplazarlo por las ilusiones del marketing. En cualquier caso, el estudio de la actividad política no puede obviar el estudio de las ideas. En esto coincidían Octavio Paz e Isaiah Berlin: en el reconocimiento de la fuerza que tienen las ideas políticas. Esta fuerza ha demostrado ser más arrolladora en el caso de las ideologías, como los totalitarismos del siglo xx, elevada a la categoría de religión. También tiene una fuerza similar el mesianismo político-religioso. Paz vio un ejemplo de este último en la república islámica de Irán. En concreto, analizó la llegada al poder del ayatolá Jomeini en su ensayo La rebelión de los particularismos, publicado inicialmente como artículo de prensa e incluido con posterioridad en su libro Tiempo nublado, cuya primera edición es de 1983.Octavio Paz certificaba en aquel ensayo, contra lo que creía el marxismo dominante en la intelectualidad de Occidente y en vastas áreas geográficas del planeta, el retorno de creencias, ideas y movimientos que se suponía desaparecidos de la superficie histórica. Lo escribió en momentos en que no había finalizado el siglo xx, y ni siquiera la guerra fría. Nuestro autor consideraba desde hace tiempo petrificadas a las revoluciones marxistas, en su versión soviética o de socialismo de países subdesarrollados. Sus ideales originarios habían desembocado en estructuras opresivas y burocratizadas. Esta denuncia, procedente de un desengañado del comunismo, había causado grandes sinsabores a Octavio Paz entre los intelectuales latinoamericanos,...

Las alternativas a Occidente en la geopolítica del siglo XXI

Kupchan, no obstante, no califica, como su compatriota Fareed Zakaria, el tiempo actual como un siglo posamericano, aunque comparta con este autor la necesidad del multilateralismo y la cooperación entre los Estados. En realidad, Kupchan se refiere a un mundo en el que no dominará ninguna gran potencia sobre las otras. Su perspectiva se aproxima al concierto de potencias para garantizar la paz y seguridad globales, tal y como sucedió en la Europa posterior a las guerras napoleónicas.Su libro es un ejemplo de la preocupación de encontrar puntos de referencia que sirvan de guía en un mundo complejo, que ha ido dejando de lado las falsas ilusiones de la posguerra fría, cuandos muchos creyeron en que una única superpotencia impulsaría en todo el globo la democracia y la economía de mercado. Las reacciones inmediatamente posteriores al 11-S también han originado una profunda frustración, pues las guerras de Afganistán e Irak fueron concebidas con el propósito de crear «cabezas de puente» democráticas, que serían fieles aliados en un mundo musulmán del que habían surgido toda clase de extremismos y terrorismo. Pero la retirada americana de estos países no lleva aparejada, sin embargo, la estabilidad que Washington hubiera deseado. Por si fuera poco, la crisis económica y financiera, sobrevenida en 2008, ha aumentado las incertidumbres sobre el destino del mundo occidental, donde no se ha cerrado por completo la brecha de los desencuentros entre Europa y EEUU, aunque estos no sean tan marcados como en la primera Administración de George W. Bush. En esta prospectiva sobre el siglo XXI, Charles A. Kupchan es sumamente pragmático y realista, en contraste con los difundidos trabajos de George Friedman, el director ejecutivo de Stratfor, empresa privada americana en servicios de inteligencia. Los análisis de uno de sus últimos libros, Los próximos cien años (Ed. Destino), recurren con frecuencia a los ejemplos históricos, al igual que Kupchan, pero sus conclusiones son radicalmente diferentes, pues Friedman predice que el siglo XXI será un siglo americano, en el que habrá guerras con países que sentirán envidia, miedo y deseo de resistencia a sus pretensiones. No obstante, el resultado final será la victoria de una nación a la que Friedman sigue considerando joven.El fin de las potencias hegemónicas y las alternativas a la democracia occidentalToda obra de prospectiva se apoya en amplios fundamentos históricos, que sirven para entender la realidad actual y futura, si bien los hechos no se repiten necesariamente. El triunfo de Occidente empezó con la época de los descubrimientos, aunque alcanzó su cénit en la era de los imperialismos coloniales, si bien Gran Bretaña ya había construido las bases de su supremacía en el siglo XVIII. Sin embargo, la Pax Britannica se iría diluyendo, cuando otras potencias como EEUU, Alemania y Japón irrumpieron en el escenario mundial a lo largo del siglo XX. El proceso descolonizador de la posguerra hizo el resto, aunque Londres, consciente de sus debilidades, había fomentado desde hacía largo tiempo una relación privilegiada con Washington. En cambio, los años posteriores a...

Obama y Lawrence de Arabia: caminos de audacia y ambigüedad

En las semanas que precedieron a la toma de posesión de Barack Obama, todos querían conocer al mínimo detalle los gustos y aficiones del presidente electo. La obamanía, que sigue dominando mayoritariamente en medios de comunicación americanos y extranjeros, buscaba saber como si de valiosos tesoros se tratara, cuáles eran las películas, los actores o los libros favoritos del nuevo presidente. En concreto, se mencionaron algunas películas, y en primer lugar Lawrence de Arabia.Dada la opacidad que rodea al mundo de la política, la dificultad de percibir al político como hombre en una época en la que una vida puede configurarse por medio de una estrategia de marketing, cualquier dato puede ser un indicio para el analista, que con frecuencia suele percibir la escena política como una especie de linterna mágica, en la que es difícil distinguir lo real de lo virtual. Cabe preguntarse qué ve Obama en este filme épico, apología de un héroe tan tenaz como solitario. En cualquier caso, el coronel Lawrence era un ambicioso, alguien que se complacía en identificarse como un hombre peligroso porque soñaba con los ojos abiertos y de este modo podía convertir sus sueños en realidad, según escribiera en Los siete pilares de la sabiduría, libro de enigmático título, propio de alguien que había bebido en fuentes bíblicas, pero que prefería creer que su redención era obra exclusiva de sí mismo.Con todo, se puede encontrar un episodio en la autobiografía de Obama, La audacia de la esperanza, que se diría inspirado por haber visto la conocida película sobre Lawrence. El autor relata un suceso que seguramente habrá sucedido en muchos colegios y entre muchos adolescentes: unos compañeros ponen a prueba el valor de otro, obligándole a que un fósforo encendido se apague entre las puntas de sus dedos. Lo vemos al comienzo de la película, pues Lawrence lo hace ante el asombro de sus compañeros de armas. Uno de ellos le pregunta ingenuamente en qué consiste el truco, y obtiene la sorprendente respuesta de que hay que comportarse como si no doliera.Estamos ante un hombre que quiere ser dueño absoluto de su destino y que está preparándose para la llegada de los padecimientos físicos o morales. Parece que quiere alzarse por encima de la condición humana, y lo entenderemos mejor si sabemos que Así hablaba Zaratustra de Nietzsche figuraba entre los libros favoritos de Lawrence, aunque también estuvieran entre ellos Los hermanos Karamazov de Dostoievski, si bien el militar británico no sacara de aquí destellos de esperanza, y Moby Dick de Herman Melville. Por cierto, la novela de la gran ballena blanca está también entre los libros favoritos de Barack Obama. No nos gustaría creer, sin embargo, que el presidente pueda admirar al obstinado y trágico capitán Achab, un ejemplo más de esos transgresores que consideran la realidad como su principal enemigo.¿ES SIEMPRE RECOMENDABLE LA AUDACIA?De Thomas Edward Lawrence podemos valorar sus apreciaciones sobre la guerra de guerrillas, y en particular su artículo de 1920 en The Sunday Times sobre la...

El legado de Diego Saavedra Fajardo

En 1748 se publicaba en Alemania Locuras de Europa, un opúsculo del diplomático español Diego de Saavedra Fajardo, fallecido en Madrid exactamente un siglo antes. Se trata de unas observaciones sobre la política exterior de los principales Estados europeos en los años anteriores a la paz de Westfalia, que consagraría el sistema de equilibrio entre los Estados como el fundamento básico de las relaciones exteriores en el Viejo Continente.Cien años después de Westfalia, la hegemonía europea se estaba desplazando desde Francia a Gran Bretaña, países que habían estado una vez más en bandos opuestos al firmarse en 1748 la paz de Aquisgrán que puso fin a la Guerra de Sucesión de Austria. Sería cuestión de poco tiempo, con la paz de París en 1763, que los británicos asumieran el control de las colonias francesas de América del Norte. La hora de protagonismo francés en la escena internacional tocaba a su fin, si bien se recuperaría efímeramente con Napoleón. ¿Quién sabe si el impresor de esta obra póstuma de Saavedra Fajardo quería mostrar lo acertado de los juicios del español sobre la política exterior francesa, que tarde o temprano labraría su propia ruina.Las interpretaciones sobre esta obra de Saavedra son de lo más dispares en las escasas monografías que se han hecho sobre ella. No obstante, no pretendemos hacer aquí un trabajo de análisis, literario o político, sino algunas reflexiones sobre la voluntad de hegemonía que siempre tiene aspectos trágicos como bien supieron exponer Plutarco o Shakespeare. Por lo demás, siempre será interesante recordar a un personaje un tanto olvidado, puesto de actualidad en el Año Saavedra Fajardo, conmemorativo del 360 aniversario de la muerte del diplomático murciano. Una destacada aportación de la Región de Murcia para presentar otros aspectos de la historia de España que no sean ese currículo minimalista reductor de nuestra historia a hechos cercanos al mito como la España medieval de las tres culturas, la Ilustración de Carlos III y la Segunda República.Hay quien considera que Saavedra es un nostálgico de la idea imperial de los Austrias, un fiel servidor de Felipe IV que mantiene con entereza las posiciones de la monarquía católica, en un tiempo en el que un monarca como Felipe IV pretende asemejarse a los reyes de Israel o Judá que sufren derrotas militares como castigo de sus pecados. Así lo atestigua su correspondencia con sor María de Ágreda, donde se muestra convencido de que él, otro ungido del Señor, ha de hacer penitencia por ver si Dios aparta de su reino su mano justiciera. Pero Saavedra Fajardo, hombre de confianza de Felipe IV, no hace uso de estas poderosas imágenes del Antiguo Testamento. Sus consejos se asientan en la experiencia o el sentido común, que ha puesto al servicio de la monarquía española como propagandista. Su tarea no es la del análisis sosegado sino la de las respuestas urgentes, capaces de ejercer algún tipo de influencias en las diplomacias de otros Estados.Los resultados tenían que ser forzosamente ingratos, pues los gobernantes de...

Del dominio al liderazgo global

Cuando Zbigniew Brzezinski publicó en 2007 su ensayo Second Chance. Three Presidents and the Crisis of American Superpower hubo quien afirmó haber leído entre líneas que el libro era un manifiesto en favor del candidato Barack Obama, pese a que entonces aún no se había dilucidado la pugna entre Hillary Clinton y el senador por Illinois. Era lógico pensar que las simpatías del autor se dirigían hacia Obama, entre otras cosas porque Bill Clinton, cuya presidencia es analizada junto con las de los Bush, no salía muy bien parado en el libro. El principal reproche era que Clinton desaprovechó una oportunidad histórica: en 1995 la superpotencia americana había llegado a su cenit. El panorama internacional era favorable a Washington: no existía la Unión Soviética y sí la débil Rusia de Yeltsin; la maquinaria militar americana había impuesto su paz en Bosnia-Herzegovina ante la endémica incapacidad europea; China estaba todavía lejos de ser una potencia emergente; el proceso de paz palestino-israelí capeaba sus dificultades. En pocas palabras, vivíamos en los felices años noventa, aunque lejos de las ilusiones del nuevo «orden mundial» proclamado por el primero de los Bush. Pero Brzezinski reprochaba a Clinton no tener una estrategia clara, sobre todo en su segundo mandato. El presidente creía en la fuerza imparable de la globalización, como si ésta fuera un fatal determinismo histórico, pero la fe casi kantiana en la democratización y en el libre comercio no eran suficientes para abordar los desafíos a la seguridad global, tal y como los presentaba el pro- pio Brzezinski en su conocida obra de 1997, El gran tablero mundial.LAS CONTRADICCIONES DE LA ADMINISTRACIÓN CARTEREl citado libro, elevado a clásico de la geopolítica, era en el fondo una crítica a los puntos débiles de la Administración Clinton, un reproche a la falta de visión hecha por un estratega cuyo trabajo consiste en anticiparse a los acontecimientos. Pero es más fácil aconsejar desde la independencia de la vida académica que desde un puesto próximo al poder, como el que el propio Brzezinski desempeñaba como consejero de seguridad nacional de Jimmy Carter. El estratega tuvo la ocasión de vivir las tensiones y las contradicciones de aquella presidencia, pues como buen americano de origen polaco veía los mayores riesgos para la seguridad en el conflicto Este-Oeste, y no tanto en los problemas derivados de las relaciones Norte-Sur, tal y como opinaba Andrew Young, aquel embajador afroamericano en la ONU que se ganó a pulso el sobrenombre de Big Mouth. No es extraño que el realismo moderado del secretario de Estado, Cyrus Vance, se sintiera llamado a desautorizar o a hacer uso de un clamoroso silencio ante algunas declaraciones de Young o de Brady Tyson, representante en la Comisión de los Derechos Humanos en Ginebra. Brzezinski tuvo que vivir las habituales tensiones, que tanto confunden a la opinión pública, derivadas de la calculada ambigüedad entre «radicales» y «moderados» de una misma Administración, y que conocemos bastante en las latitudes españolas y europeas. Lo malo es que esas ambigüedades,...

Episodios nacionales, centenarios y exposiciones

Hay fechas ligadas a acontecimientos históricos, cuya sola mención Haviva recuerdos e imágenes, mensajes y discursos superadores del tiempo inmediato en que los hechos tuvieron lugar. Las fechas se elevan así a la categoría de mito, en el que es difícil distinguir los hechos reales de las leyendas. No es tanto una cuestión de falsedad o de verdad, pues los meros sucesos son tozudos y no se puede hacer con ellos historia virtual aunque lo hagan algunas empresas fabricantes y distribuidoras de videojuegos históricos al ritmo de contratas o subvenciones. Mas lo cierto es que vivimos en tiempos en el que las nuevas lecturas, las reinterpretaciones, están a la orden del día, en el que más que escrudiñadores de archivos se necesitan «cocineros» para condimentar los hechos de acuerdo con los paradigmas de lo política y socialmente correcto. Todo esto es plenamente aplicable a la conmemoración del bicentenario de 1808, del levantamiento de los españoles contra el ejército napoleónico de ocupación. Lo mismo que existe un uso alternativo del Derecho que supera con presuntos afanes de mejora políticosocial las leyes de referencia, existe un uso alternativo de la Historia que repite machaconamente que no existen los hechos sino las interpretaciones.Navegamos por tiempos de deconstrucción, en los que se nos insiste en que todo carece de sentido y en que los textos o los testimonios tienen que independizarse radicalmente de sus autores. Es el relativismo en grado máximo, en el que la mejor interpretación es la que ha escogido uno libremente. Todo esto es muy propio de una sociedad poshistórica, posmoderna, que se cree de vuelta de todas las cosas y está instalada no en la esperanza de un paraíso futuro, terrenal o celestial, sino en un supuesto bienestar de eterno presente.En la hora del triunfo del individualismo colectivo, del ciudadano individualista que intuyera Tocqueville en La democracia en América, las conmemoraciones históricas dificilmente despertarán entusiasmos o energías dormidas. Y es que estamos en una sociedad, un tanto infantilizada, que no mira al pasado, ni mucho menos al futuro, porque en el fondo cree que ambas dimensiones temporales son cosas de viejos.NACIÓN Y LIBERTADRecordamos unos hechos de hace doscientos años, algo que en los libros de texto solía referirse como «la Guerra de la Independencia», pero que seguramente hoy sonará como políticamente incorrecto porque las únicas independencias legítimas, ya que no existen las colonias afroasiáticas, parecen ser las representadas por los secesionismos en Estados con fronteras internacionalmente reconocidas, un fenómeno en ascenso tras la caída de los regímenes comunistas. Sin embargo, en la rebelión de 1808, inseparable de su corolario que son las Cortes y la Constitución de 1812, se ha situado históricamente el nacimiento de la nación española, algo reconocido mayoritariamente por políticos e historiadores del siglo XIX y del primer tercio del XX, un periodo en el que las ideas de nación y libertad iban inequívocamente unidas, pues a partir de entonces, según recuerda Fernando García de Cortázar, se pone en marcha la idea de la libertad a...
Nueva Revista

La marginación de la OSCE

ESPLENDOR Y DECLIVE DE UNA ORGANIZACIÓN

Nueva Revista

Entre la novela filosófica y la historia

Para el estudioso de la sociedad internacional, Jean Christophe Rufin, acaban por resultar insuficientes las estadísticas e informes de comisiones especializadas y adquieren más importancia las experiencias y sentimientos personales. Una breve reseña de su vida.